lunes, 19 de junio de 2017

El día que Diez corrió tras una pelota.

Una vez más nuestro protagonista observó lo que tantas veces había comentado. En el parque cualquier perro corría detrás de una pelota salvo Diez. Los únicos juguetes de perro que Diez apreciaba eran los papeles, un muñeco de trapo que gustaba de morder y un hueso de cuero de los que los veterinarios recomendaban para que hiciesen ejercicio mandibular. En el parque solo el dueño de un perro de los muchos que había había traído una pelota, pero cuando la lanzaba todos corrían tras ella. Diez no. Diez se quedaba frotándose en los setos o en los pies de su amo. Parecía no importarle en absoluto. Sen acercaba vagamente a algún perro, y en especial a una perra de raza labradora, y se perdía entre la multitud. A Fran a veces llegaba a exasperarle la indolencia de Diez. En fin, también eso era parte de la personalidad de su perro, por eso le quería. Pero le gustaría a veces que se comportara de forma un poco más despierta.

En estas estaba nuestro héroe cuando Diez de pronto echó a correr con entusiasmo. Esta vez parecía decidido a coger la pelota antes que ningún otro perro. ¿Sería verdad que por fin había entendidola esencia del juego? ¿Por una vez Diez corría tras la pelota? Pues no. Cuando por fin uno de los otros perros la atrapó, Fran compredió lo que pasaba: Diez corría tras la labradora de antes, que a su vez iba tras la pelota. Una vez ésta la atrapó, Diez aún la persiguió aún un buen rato. Cuando Fran recogió a su perro estaba algo decepcionado pero a la vez feliz de que por una vez jugase.

Tendré que traerme la labradora a casa, pensó para sí nuestro protagonista.

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