Una vez más nuestro
protagonista observó lo que tantas veces había comentado. En el
parque cualquier perro corría detrás de una pelota salvo Diez. Los
únicos juguetes de perro que Diez apreciaba eran los papeles, un
muñeco de trapo que gustaba de morder y un hueso de cuero de los que
los veterinarios recomendaban para que hiciesen ejercicio mandibular.
En el parque solo el dueño de un perro de los muchos que había
había traído una pelota, pero cuando la lanzaba todos corrían tras
ella. Diez no. Diez se quedaba frotándose en los setos o en los pies
de su amo. Parecía no importarle en absoluto. Sen acercaba vagamente
a algún perro, y en especial a una perra de raza labradora, y se
perdía entre la multitud. A Fran a veces llegaba a exasperarle la
indolencia de Diez. En fin, también eso era parte de la personalidad
de su perro, por eso le quería. Pero le gustaría a veces que se
comportara de forma un poco más despierta.
En estas estaba nuestro
héroe cuando Diez de pronto echó a correr con entusiasmo. Esta vez
parecía decidido a coger la pelota antes que ningún otro perro.
¿Sería verdad que por fin había entendidola esencia del juego?
¿Por una vez Diez corría tras la pelota? Pues no. Cuando por fin
uno de los otros perros la atrapó, Fran compredió lo que pasaba:
Diez corría tras la labradora de antes, que a su vez iba tras la
pelota. Una vez ésta la atrapó, Diez aún la persiguió aún un
buen rato. Cuando Fran recogió a su perro estaba algo decepcionado
pero a la vez feliz de que por una vez jugase.
Tendré que traerme la
labradora a casa, pensó para sí nuestro protagonista.
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