—¡¿Pero dónde
estará mi paraguas?!—gritó nuestro protagonista—. Es increíble, recuerdohaberlo traído.Aquel invierno
se estaba
distinguiendo
por una profusión de días lluviosos que
sobrepasaba lo usual en la ciudad de nuestro protagonista.. Y esa mañana no era
una excepción. Fran tenía que salir rápido y necesitaba el paraguas.
—Yo te dejo el mío —dijo Carolina, que estaba a punto de ponerse a teletrabajar—. Perotiene que se con vuelta, ¿eh? —No quiero el tuyo, Cárol, quiero el mío. —Bueno, si no salgo hasta la tarde y tú te vas ahora, me parece que lo lógico es que lo
uses tú.Fran era reacio a llevarse el paraguas de su hermana, pero lo cierto es que no había en
aquel momento una alternativa mejor. Resoplando y enfadado consigo mismo agarró el
paraguas de Carolina y salió por la puerta. Al volver lo dejó secándose en la bañera.
—Cuando quieras puedes cogerlo, Carolina. —Gracias, luego lo haré,Pasó el día y hasta bien entrada la tarde no salió la hermana de nuestro protagonista,
que se llevó el paraguas aunque ya no llovía.
—Bueno, lo importante es que tú lo tienes —respondió Fran. —Sí, a ver si aparece el tuyo. —Para mañana, ahora ya me voy a poner de casa. Fran reunió sus ropas de casa y se estaba vistiendo, pero de pronto... —¡No puede ser! ¿Dónde he dejado yo la parte de arriba del pijama que me iba a poner? —Joder, lo haces desaparecer todo —respondió Carolina. Mira a ver si está tras tu cama... —Ya he mirado y no aparece. —Igual deberías montar un número como David Copperfield—le dijo Carolina. —Sí, para no ser desaparecedor y encima pobre.









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