—¿Cuantho es esta placa de coca-colo? —preguntó esa chica con un evidente acento nortemaericano.
—Por guapas a vosotras quince euros—respondió aquel tendedero al que había entrado de forma muy evidente por los ojos aquel grupo de chicas.Fran y Juan Gordal observaron la escena, con aquellas chavalas provenientes, según le habían dicho al tendedero de Texas, de Colorado y de California. Debían estar haciendo alguno de esos viajes por eEuropa que tantas veces hemos visto en las comedias de esa nacionalidad. Desde luego eran llamativas y atractivas, pero algo llamó la atención de los dos hermanos.
—¡No me jodas! Venirse desde Texas a un mercadillo donde hay posters, cómics y un montón de productos del sitio y se llevan un puñetero poster de coca-cola—dijo Juan.
—No tienen noción del resto del mundo, Fran. Vienen aquí a hacer lo que podrían hacer en Houston sólo que en otro sitio.
—Si yo fuera a un mercadillo americano comparable al rastro pues buscaría cosas de Miller, de Robert Crumb... Aquí tienen el Maki Navaja, a Ibáñez, a Carlos Giménez, un montón de prendas, aparatos y enseres... ¡Y cojen un anuncio de la coca-cola!
—Bueno, por lo menos parece que no se han traído las pistolas Y al vejete ese le han alegrado el día. Vamos a seguir.Más adelante los dos hermanos se pararon en otro puesto donde había un montón de figuras y juguetes de otros tiempos. Don Nicanor tocando el tambor, figuras de series de la televisión, madelmanes... Y se volvieron a encontrar a las chicas estadounidenses aparecieron por medio.
—Las deberíamos invitar a algo—dijo Fran.
—Yo con Coralia ni me lo planteo—respondió Juan—. Aunque por lo menos e han parado aquí y...Los hermanos observaron cómo entre todos los juguetes antiguos las chicas cogieron una maqueta de un helicóptero de los marines, seguramente lo menos local de ese lugar.
—Está claro que si las invitaras a algo no valdría una Mahou, Fran.
—Seguramente whisky y cerveza de ese que toman ellos —En fin, ya nos iremos nosotros a Los Ángeles a comer jamón.
—Si no nos vuelan la cabeza al llegar
—Y no te olvides de lo que te he pedido, ¿eh? —dijo Carolina Gordal a Fran cuando éste salía a la compra—. Casi no nos queda.
—De acuerdo, pero yo no sé cómo todos los días hay que traer eso.
Las bolitas de limpieza de retretes eran sin duda un producto necesario en cualquier hogar. Pero no había ocasión en que Fran saliera a la compra y que no se las pidiera su hermana. Por suerte eran baratas, nada de gasto inasumible, pero Fran estaba seguro que si se sumaran todas las que compraba al mes no bajarían de los 30 euros.
—Bueno, pues ya está. Así nuestros retretes seguirán limpios, relucientes y fragantes durante mucho tiempo.
—Durante dos días, creo yo—contestó Fran.
—Pues no meéis ni caguéis y no habrá que hacerlo.
Nuestro protagonista obró en consecuencia y, al día, siguiente, se gastó diez euros en pastillas para aquel propósito. Las dejó en un armario del cuarto de baño. Cuando Juan se quiso cepillar los dientes las encontró y no le hizo demasiada gracia.
—¡Tú no estás bien de la azotea! Mira todo el armario rebosante de pastillitas y la pasta de dientes me ha costado como cinco minutos encontrarla.
—Seguro que en ese tiempo Carolina ya ha cambiado tres veces la pastilla —dijo nuestro protagonista.Unos pocos días más tarde, Fran se disponía a salir a su trabajo. Antes de irse Carolina le pidió algo:
—A ver si traes pastillas de retrete, que casi no quedan.
—¡Ni de coña!—dijo Juan—. Que luego lo llenáis todo con ellas.Fran pensó si no sería eso lo que ocurría, que Carolina no sólo las ponía en los retretes sino por toda la casa. En todo caso, él ahora tenía que trabajar. Que sus hermanos resolvieran el asunto entre ellos.
—Toca ponerse a ello. No hay otro momento mejor —dijo Juan Gordal a Fran.
—Ahora me arremango, pero yo contaba con salir ya de casa.
Aquella tarea no se
podía planificar. Cuando
surgía surgía. Limpiar
la nevera era una cosa que no apetecía hacer
nunca y, por lógica,
sólo podía llevarse a cabo cuando se quedara vacía. Sacar bolsas, paquetes y tuppers de modo habitual para después desmontar la nevera y frotar era demasiado complicado y estropeaba a veces la comida. Si los Gordal Palacios descubrían la nevera vacía, sí, o sí, se ponían a limpiarla.
—Aquí están las baldas de la puerta, que voy a fregarlas en la pila—explicó Fran a su hermano.
—Y yo a limpiar entre las rendijas de las bandejas y a frotar la pared del fondo.
Al cabo de un buen rato de frotar y recoger, toda la nevera parecía como nueva. Sólo quedaba barrer el suelo, que había quedado cubierto de los restos de la limpieza y fregarla por fuera.
—Bueno, pues ya está hecho. Qué pesadez hacer esto—comentó Juan—. Nos habrá llevado unos tres cuartos de hora, ¿no?Nuestro protagonista miró su reloj y se sorprendió. Una vez más el realizar una labor que no gusta hacer había hecho parecer el avance del tiempo mucho más lento de lo que había sido en realidad.
—Nos ha llevado diez minutos, Juan.
—¿De verdad? Entonces aún estamos a tiempo de hacer una compra y volverla a llenar.
—Qué bien, qué alegría ver nuestra labor deshacerse tan rápido.
—Cuando toca toca, Fran.
—Parece mentira, qué jóvenes estaban entonces—comentaba Fran viendo a aquellos dos actores de tanto recorrido antes de que se hicieran un nombre,
—Ya te dije yo que esta película te iba a gustar.
Límite 48 horas era
una típica comedia de
acción con el
esquema de dos
policías, o en este caso, un policcía y un colaborador, de caracteres muy diferentes, que se ven obligados a colaborar para resolver un caso difícil. El policía interpretado por Nick Nolte, está decidido a atrapar a dos peligrosos criminales que ya han asesinado a dos compañeros suyos en un intento anterior de darles caza. La única forma de hacerlo es con la colaboración de un timador a baja escala, que tuvo problemas con los dos criminales en el pasado. Las autoridades le permiten salir de la cárcel para colaborar en la captura de los fugitivos, pero debe volver en 48 horas. Evidentemente, durante
la operación, ambos personajes van congeniando y ayudándose mutuamente en sus
respectivas situaciones.
—Aquí Eddie Murphy hacía un papel divertido, pero sin llegar a los extremos de después, que a veces se pasaba de histriónico y cargante —dijo nuestro protagonista.
—Y Nick Nolte también queda bien en el puesto de policía duro.
—Es una historia muy típica de las pelis de acción pero es agradable de ver, ¿verdad?
—Bueno, no sé si en este momento era tan habitual el enfoque. También hay quien dice que el tema racial tiene demasiada presencia.
—Puede ser, pero yo creo que precisamente eso eran lo que querían los responsables de la película, en esa época las tensiones sociales de los Estados Unidos estaban muy presentes.
—Y luego siempre está la cosa de ver a actores de recorrido en sus principios.
—Eso con el paso del tiempo, en aquel momento nadie lo pensó.
—Y además, ahora que lo pienso eso es cierto en el caso de Eddie Murphy , Nick Nolte ya tenía cierta carrera a sus espaldas.
—Bueno, en fin, una película de acción divertida.
—Las películas de acción es lo que tienen que ser.
—Muy bien, pues eso era todo. Gracias por su asistencia —dijo aquel coacher o lo que sea con el cuál habían citado a Fran en su trabajo
—No hay de qué, todo lo que sea para subir en el trabajo se hace con gusto—respondió nuestro protagonista.La verdad es que Fran estaba deseando pasar aquel trago. Es unja de las nuevas prácticas que se ponen en marcha últimamente en las empresas. Una charla motivacional, o cursillo, o como lo quieran llamar, teóricamente voluntaria pero que bien sabía Fran que si no acudía le tomarían en cuenta en el futuro para ciertas cosas. Además había que preparárselas bien, vestirse como si fuera uno a algo importante, etc. Era un alivio haber acabado con eso. Fran pasó al baño y sintiéndose mucho mejor evacuó, más por la tensión soportada que por verdaderas ganas de orinar y se dirigió al lavabo a lavarse las manos. Ahora sólo quedaba volver al puesto y... ¡un momento! ¿Qué era eso que veía en el espejo? Allí, en aquellas gafas que había llevado aquel día porque las consideraba más adecuadas a la naturaleza del evento que las lentillas que solía usar, había un enorme pegote blanco. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto ni se hubiera dado cuenta en toda la jrnada? Se las quitó y observó que era nada menos que...¡un grano de arroz! ¿Cómo había llegado allí? Seguramente de la cena del día anterior de huevos fritos con arroz. Bueno, lo primero era limpiar bien las gafas pero... ¿había pasado a aquella charla tan importante con un enorme pegote blanco en las lentes? Si era así la impresión no habría sido muy buena. Pensando en ello y comiéndose la cabeza, Alejo, un compañero de trabajo, le comentó:
—Bueno, te has puesto de punta en blanco para todo. Espero que hayas contestado bien.
—No me he quedado en blanco —dijo nuestro protagonista traicionado por su subconsciente que aún le hacía pensar en el pegote blanco.
—Se nota que eres cuidadoso, inteligente... Seguro que han tomado nota, hombre.
—Espero que no —dijo Fran.
—Pero no es el mismo —comentaba Fran con algo de desasosiego en la voz.
—Pues ve a reclamar, Fran. No sé a quién. A los del cercanías, al alcalde, a un urbano...—respondió Carolina GordalFran estaba pendiente, como siempre que pasaba por esa zona desde hacía algún tiempo, del gato negro de pelo largo de Atocha. Pero aquel día había otro enorme animal en su lugar. Un gato regordete de pelo gris y negro en rayas. La verdad es que no había ninguna razón por la que aquel gato fuera más o menos respetable que el otro, pero le creaba una extraña intranquilidad a nuestro protagonista.
—¿Es eso legal?—insistía Fran.
—No conozco la normativa, Fran—dijo Carolina—. Pero si, como tú creías, los de las oficinas del tren cuidan al negro, este también habrá venido.
—¿Pero tienen que ponerse allí, donde siempre está el otro?
—A ver, Fran, que son dos animales de la calle. Déjalos tranquilos
—Pero es que no está el otro.
—Bueno, hombre. Ni que esto fuera Palestina con Israel. Es un puñetero gato que se ha ido.Al cabo de un rato, Fran terminó por asumir que el gato negro que él extrañaba no iba a venir. Reanudó la marcha.
—Espero que esté bien protegido en donde el tren.
—No, Fran. Los de la oficina son unos cerdos que han abandonado a su gato y lo han cambiado por otro a capricho.
—Bueno, a ver si está otro día. De momento aquí se queda éste. -Pues resiste como los palestinos, qué quieres que te diga.
Fran y Juan Gordal observaban aquel tenderete del Rastro. Aunque no contenía comics ni libros no lo que ellos buscaban habitualmente en sus visitas al rastro, llamó su atención, ya que vendía aparatos de tecnología antigua. Algunos parecían sacados de películas de ciencia ficción de los 60 y 70 o de las que ahora se llaman retro-futuristas.
—Ya ves los teléfonos portátiles que había—dijo Juan—. Igualitos que los i-phone de ahora.
—Hombre, pero esa evolución quizás la imaginaran. Me sorprenden más las máquinas de escribir eléctricas.
—Yo llegué a tener una de esas.
Fran observó otro aparato que llamó su atención, ya que tuvo un período de vigencia muy corto que él conoció:
—Un télex. No duraron nada. El fax podía dar imágenes y en tiempos de internet ya son como los carruajes de caballos.
—Parece mentira, el telégrafo, uno de los inventos más revolucionarios de la etapa industrial y ya no existe—dijo Juan Gordal
Y entonces Fran vio aquel aparato. Parecía una fusión de la máquina de escribir, una tele muy primitiva, con una de aquellas pantallas gordas y un fonógrafo. Fran nunca había visto un aparato similar:
—¿Esto qué coño es? Parece un invento del profesor Bacterio.
—Pues yo tampoco lo sé. Vamos a preguntarle al de la tienda.
Mientras su hermano buscaba al dependiente, Fran escudriñaba el aparato a ver si encontraba alguna toma de corriente o algo que le permitiera deducir su uso. Al fin vino juan con el dependiente y señalando el aparato preguntó qué era y para qué servía. La respuesta del tendero dejó atónitos a los hermanos:
—Pues si os digo la verdad, yo tampoco sé qué es, pero por mi experiencia creo que podré venderlo por 120 euros.Fran y Juan se quedaron como en esas escenas de anime en que todos se caen de espaldas cuando un personaje dice algi absurdo o sorprendente. Fran comentó:
—No lo toques que los aparatos de Bacterio siempre provocaban catástrofes.