Fran observaba una vez más esa puerta de su armario caída en en suelo. Había
intentado atornillar la jamba donde
iban las bisagras, pegarla con cola,
cambiarla por una nueva más fuerte...
No había manera de reparar ese armario.
—Tendrás que comprar uno nuevo, Fran
—le dijo Juan—. Este armario no da más
de sí. —Pero tengo que meter allí la ropa y
tengo que protegerla. Y no quiero gastar
dinero en eso. —Pues es lo que hay.Fran se quedó pensando en aquello, pero
al ir más tarde hacia el baño pasó por el cuarto
—Eres un vago y un dejado increíble, Fran —le dijo Juan cuando lo notó. —¡Pero si esta solución la he tomado de ti mismo! ¡El caso es censurar! —¡Vas a comparar el ambiente y la elegancia que tienen mis chaquetas y mis abrigos
de Juan y observó una realidad innegable: su hermano había quitado las puertas de sus
armarios hacía tiempo y no tenía problemas con organizar la ropa ni con la estética. Eso
era lo que decidió que debía hacer con su propio armario y lo dejó abierto por delante.
con tus anoraks neumáticos! Una ropa así se esconde, no se luce. —¿Pero vas a comparar mi estilo al vestir con el tuyo? ¿O con ni cuarto? Ocúpate de
lo tuyo que yo ya haré lo que tenga que hacer. —¿Comprar otro armario? —Está bien como está. —Pues entonces comprar abrigos y chaquetas nuevas desde cero. —Vamos, gastar pasta en cantidad es lo que quieres que haga. —Eso, para que te des cuenta de lo que cuesta ganarla.Fran pensó que podría haberle contestado muchas cosas a su hermano, pero lo cierto
es que a él tampoco le convencía ese armario sin puerta. Parecía que lo único que
podía hacer era, efectivamente, asumir el sablazo y en cuanto ingresara su próxima
paga reemplazar el armario.













