miércoles, 7 de octubre de 2026

Ni peso ni tensión.

 


Por fin la farmacia

donde solía

acudir nuestro

protagonista

a controlar

su peso había

reabierto
tras las obras de

mejora que había emprendido. Fran observó que la báscula donde él solía
pesarse había sido cambiada por otra de color verde y, aparentemente, más compleja. Fran
se alegró al ver que, según una indicación que había, aquella báscula pesaba gratis. No era
que los 20 céntimos semanales que le suponía controlar su peso en la anterior fueran ruinosos,
pero siempre es mejor conseguir lo que uno quiere sin pagar. De modo que se subió a la
plataforma. La báscula empezó a emitir unos sonidos extraños y, pasados unos segundos,
una locución grabada advirtió a nuestro protagonista que ya podía recoger el papelito con
su peso, pero en la ranura donde debía aparecer no salió nada. Fran acudió al nuevo mostrador
donde observó que ya no estaba la familia de farmacéuticos que atendía antes allí y con la que
tenía confianza, sino dos chicos muy jóvenes con aspecto de estar contratados de la forma
más barata que permitiera ese sector.

—No puedo ver mi peso—dijo nuestro protagonista. —Sí, ya lo hemos dicho al responsable. Dice que cuando pueda la arreglará —respondió
aquella chavala rubia con un piercing en la nariz.

Fran comprendió que esa chica no era más que el último escalafón del establecimiento y
que no valía la pena protestarle. Se dirigió de nuevo a la báscula y observó que según las
indicaciones también tomaba la tensión. Bueno, esto también vale la pena controlarlo, se
dijo Fran. Se sentó y apretó el botón. Notó cómo se inflaba dentro del fragmento de tubo
donde debía meter el brazo algún tipo de acolchado interior. Y luego se quedó
parpadeando una lucecita, sin dar ningún ruido ni indicación.

—Eso no va bien desde que lo pusieron. A ver si lo arreglan —dijo la joven farmacéutica
desde su mostrador.

Fran había trabajado de último mono en varios sitios y sabía lo cargante que era que te
echaran en carga cosas sobre las que no tenías control. De modo que no quiso decir nada
a la chica. Pero salió de aquella farmacia maldiciendo las básculas gratis, las obras de
reforma y el nuevo modelo comercial de todo, que parece destinado a gastar lo menos
posible sea como sea.




lunes, 5 de octubre de 2026

La zanja del vagabundo

 


Fran observaba

aquellas

obras con

preocupación.

El descampado

de Atocha donde
tantas veces

había visto

a aquel animal que tanto había captado su atención
estaba completamente desbrozado, horadado y precintado. Aunque no tenía más
lazos con ese gato que verlo al pasar, para él era un animal especial.

—Bueno, Fran, no exageres—le dijo Carolina—. Siempre has dicho tú que con el buen
aspecto que tenía debían cuidarlo los de la oficina de al lado, o sea que si es así ahora
lo habrán cobijado.
—Pero con lo que le gustaba tirarse aquí y para que pongan esa mierda de tuberías que
no sé ni a dónde van ni lo que llevan está sin su sitio favorito.
—A ver, se ha buscado su sitio y tiene quien le cuide. No te preocupes, que además
es un animal al que se le ve grande y fuerte.
Fran estaba a punto de reanudar la marcha, cuando vio al gato salir del agujero que
había para las tuberías. Al parecer todo ese tiempo había estado en el mismo sitio
sin ningún problema. Carolina creyó que el asunto ya estaba terminado.
—Bueno, ya no sufres por él, ¿no? ¿Nos podemos ir? —Parece que le gusta la zanja, cuando la suelden no sé qué hará. —Fran, de verdad, que ha vivido mucho tiempo con su descampado y su oficina y no
necesita nada más, déjalo estar.
—Deberían cavarle otro agujero como ese. —Sí, irán los de las oficinas con picos y palos. Menos mal que no es tuyo el bicho
con lo que sufres.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Infierno de cobardes (Clint Eastwood, 1973)

 


 —¿Otra de Clint 
Eastwood justiciero
en el oeste? La
verdad es que
es tu palo total
—preguntó
Carolina Gordal
a nuestro protagonista.
—Bueno, esta
es especial,
porque el
personaje de
Clint Eastwood
no viene sólo a
aplicar la justicia
a los malhechores
sino también a quienes
los cobijan.

En Infierno de cobardes el personaje de Clint Eastwood, nuevamente sin nombre, llega a
un pueblo que vive aterrorizado por las fechorías de una banda de malhechores que está
encarcelada pero a punto de salir. Tras un primer encontronazo con tres forajidos de los que
se deshace sin pestañear, es contratado para defender el pueblo contra los malhechores
que los aterrorizan. Pero a cambio va exigiendo un montón de tareas costosas, agotadoras
y humillantes a los habitantes del pueblo.

—Es un verdadero tirano. Es peor él que los forajidos —comentó Carolina —Bueno, tiene sus motivos. —Y todo el pueblo es muy cobarde, tragando sin rechistar. —Por ahí van los tiros de la historia. —Pero al final es Clint Eastwood el malo. —Bueno, Clint Eastwood es el forastero y punto. —Luego los personajes que salen el predicador, el enano, el barbero... Todos la verdad es
que tienen su gracia. Uno se queda mirando la película por ellos
—Y luego está el asunto de cómo coge y se cepilla a dos mujeres del pueblo. Ese detalle
sí que creo que hoy lo hubieran cambiado. Pero como película de acción y fábula moral es,
cuando menos, diferente. Vale la pena verla.


Ficha de la película, aquí.

lunes, 28 de septiembre de 2026

El grelo

 


—¿Y eso cómo
crece tanto?
—preguntó Carolina
en la terraza
donde nuestro
protagonista
criaba sus
plantas y
señalando un tronco
verde con algunas
hojas levemente
pilosas que crecían
desde un tiesto
pequeño hasta
un tamaño casi
arbóreo.
—Eso es una planta de grelos, aunque te parezca increíble. —¿Te la dio el Grelos? —No, que es una planta de grelos.

Así era. Desde que en aquel pequeño tiesto donde nuestro protagonista quería sembrar salvia
había crecido ese extraño tallo, Fran le había chutado su aplicación de identificación de plantas
y esta le había indicado que era un nabo o grelo, que son dos partes de la misma planta. Fran
no podía creerlo, pues él no había sembrado ni comprado tales semillas. Igual aún es pequeña,
pensaba, le volveré a preguntar cuando crezca. Pero la aplicación insistía y además al crecer
su aspecto era inconfundible.

—Pues para colmo parece que da para una ración de grelos, pero en el espacio de esa maceta
no creo que puedan crecer muchos nabos—dijo Carolina.
—Eso, encima eso. La parte mala, toda la que quieras. La buena ni se ve y tiene pinta de
ser poca —repondió nuestro protagonista.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ponerlos con lacón? —Creo que los voy a dejar como planta ornamental. —Qué bonito. ¿Vas a vender ramilletes de grelos? —Prefiero eso a comer esta vil hierba. —Bueno, cuando eche flores avísame. —No te rías, que igual te las comes en caldo. Vamos a probar otra parte de esta planta.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

El tesoro de Carolina

 


―¿Te das cuenta de
lo que he
encontrado,
Fran? Hacía
años que
no veía este
sujetador.
Nuestro
protagonista
observaba la escena
con asombro y
alivio. De modo
que el gritería que
había proferido
Carolina en su
cuarto no se debía más que a haber encontrado aquella vieja prenda, que como cabía esperar
estaba en un estado propio de haber desaparecido durante años.
―Bueno, lávalo y quítale la pelusa que encima te vas a escocer las tetas si te lo pones
―dijo nuestro protagonista.
―Si lo he encontrado es que va a pasar algo maravilloso. ―Sí, que tendrás más mudas. Anda, no me des la brasa y échalo a lavar. ―Pero, ¿te das cuenta de que llevaba cinco años o así sin él? ―Bueno, me la trae floja. Yo también perdí, y del todo los que llamaba mis calzoncillos
mágicos y te aseguro que se supera.
―Esos estaban ya hasta desteñidos, Fran. Este está perfecto y me va a poner otra vez
irresistible como estaba.
―Bueno, pues me alegro de que para recuperar tu esplendor haga falta tan poco. Y algunos
volviéndose locos por la eterna juventud.
Fran se olvidó del asunto hasta dos días más tarde. Entonces se encontró a su hermana
frotando frenéticamente el sujetador en la ducha. Entonces entendió que con Carolina
aquel hallazgo era todo un acontecimiento. ―¿Pero qué haces? ¿por qué no usas la lavadora? ―En la lavadora desaparecerá. Voy a seguir conservándolo. ―Bueno, yo sólo te digo que hagas lo que quieras con tus caprichos y tus tonterías, pero
que no nos enteremos los demás ―sentenció nuestro protagonista, que creyó que era
mejor dejar a su hermana con su ilusión y no insistir para poner en orden cosas que no
eran suyas.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Riesgos de la afición al cómic

 


Una vez más

Fran observó

la estantería

de una tienda

de tebeos

donde se

exhibían
números de

la antología

de Snoopy

que estaba expuesta en una balda. Y una vez más veía que se acababan en el año 82.

―Nada, Fran. Tampoco la encuentro por Wallapop. Vas a tener que comprarte otra
vez la colección ―dijo Juan.
―Pero es que era muy buena y tengo hasta los años 80. Es dejarla incompleta justo
al final.
―Bueno, pero están sacando otra edición que no es mala. ―¿Y encima tendré que deshacerme de los que ya tengo? Son fácilmente 200 pavos. ―Ponla a la venta. Ya viste que yo te compré el tomo tres de Akira. Se puede hacer. ―Pero es una putada. Fran recordaba la máxima de su hermano de no empezar a comprar una colección
de cómic hasta estar seguro de que la editorial la sacaba entera, porque podían
ocurrir cosas como esa. Pocas cosas causaban más desazón que no poder acabar lo
que se había empezado y que se había llevado adelante con disciplina e ilusión a la vez.
―Te lo digo siempre, Fran. Aquí ves por qué. ―Pero eso no era factible en esta colección. Tu sabes que se comprometieron a sacar
un número nuevo cada medio año y llevarlo a cabo en más de 12. No iba a esperar tanto.
―Ya lo ves. Como si hubieras tenido que esperar 30 años. Ahora te has quedado colgado. ―¿Y cuánto tardará en salir completa la nueva edición? ―No puedo saberlo. Así que comprar una de las tiras para bien o para mal más presentes e influyentes del
siglo XX se había convertido en un asunto de fe. Fran se tragaba la rabia que sentía en
aquel momento a la industria editorial. Pensaba que habían tirado todo su esfuerzo y
dinero por el retrete. Pero era un riesgo que se corre en la afición de los comics. Y
parece incontrolable. Al final, como en toda actividad, los que mueven el dinero son
los que provocan los problemas.


lunes, 14 de septiembre de 2026

La camiseta pródiga

 

 

—Muchas gracias,
Fran. Sabía que
la encontrarías
—dijo Juan Gordal
mientras miraba
y remiraba
aquella camiseta
que tanto le gustaba.
—Bueno, no es
eso lo que me dijiste.

Fran recordaba
todas las veces
que Juan le
había llamado monstruo destructor, alimaña, plaga, etc por haber perdido esa camiseta. La
prenda era una de las favoritas del armario de Juan, y se había traspapelado tras poner
nuestro protagonista una de sus coladas. Juan había montado en cólera casi todos los días
por la mañana desde entonces y nuestro protagonista una y otra vez prometía que la
encontraría pero eso no ocurrió hasta aquel día donde se dispuso a ordenar otra
remesa de ropa recién lavada. Cuando se la llevó esperaba que Juan se alegrara de
verla, pero se limitó a esa recepción tan fría.

—Hombre, me la habías perdido, qué menos que encontrarla. Y trataste de ignorarme
muchas veces.
—No, desde el principio te dije que la encontraría, pero que no debíamos obcecarnos. —Bueno, déjala ahí y vete.

Fran cumplió y salió de la habitación de su hermano pensando en lo que habría hecho
él en ese caso. Entonces Juan le llamó:

—¡Ah, Fran! —Dime. —Que mañana te voy a preparar un arroz para agradecerte esto. —Bueno —dijo Fran sonriendo—Ya sabes que puedo pasarme sin ello.