Fran lo mirabacon incredulidad.
Aquel huevo,
al estilo de
los Kinder,
que le habían
pasado
sus hermanos
tenía una
sorpresa en su interior,
como era lógico, pero lo
que Fran encontró
—¡Una portería en miniatura! Sin muñequitos, pelo titas ni nada. ¿De qué te sirve esto si no
le dejó sin palabras:
tienes un futbolín? —Bueno, tampoco ibas a jugar mucho con ella ya a tu edad—dijo Juan. —Sí, pero no creo que lo quieran ni los niños de enfrente.Fran recordó la colección de juguetes de los huevos Kinder que hizo de pequeño. Dos cajas
—Me da cosa tirarlo porque es plástico y está el medioambiente de plásticos como
de galletas llenas de muñequitos, cochecitos, piezas sueltas y engranajes. Recordó como en
el interior de aquellas cajas algunas de las sorpresas habían perdido piezas y quedaban
inútiles para jugar, pero todas tenían un sentido. No como aquella portería que sostenía en
sus manos.
está—comentó Fran. —Pues los niños de enfrente lo cogerán—respondió Juan. —A mí se me ocurre los del bar de la otra calle, que tienen un futbolín. —Pero lo tienen completo. Bueno, guárdala y de algo servirá. —Creo que lo llevaré al punto limpio, aunque no sé en qué compartimiento irá. —Pues vale, hemos comprado el huevo para tirarlo. —No, el chocolate se puede comer y está bueno. —Por lo menos. Pero para eso traemos una tableta. —También es parte del huevo Kinder, aunque casi nadie se acuerde de ella—sentenció
Fran.












