Una vez másFran observó
la estantería
de una tienda
de tebeos
donde se
exhibían
números dela antología
de Snoopy
que estaba expuesta en una balda. Y una vez más veía que se acababan en el año 82.
―Nada, Fran. Tampoco la encuentro por Wallapop. Vas a tener que comprarte otra
vez la colección ―dijo Juan. ―Pero es que era muy buena y tengo hasta los años 80. Es dejarla incompleta justo
al final. ―Bueno, pero están sacando otra edición que no es mala. ―¿Y encima tendré que deshacerme de los que ya tengo? Son fácilmente 200 pavos. ―Ponla a la venta. Ya viste que yo te compré el tomo tres de Akira. Se puede hacer. ―Pero es una putada. Fran recordaba la máxima de su hermano de no empezar a comprar una colección
de cómic hasta estar seguro de que la editorial la sacaba entera, porque podían
ocurrir cosas como esa. Pocas cosas causaban más desazón que no poder acabar lo
que se había empezado y que se había llevado adelante con disciplina e ilusión a la vez. ―Te lo digo siempre, Fran. Aquí ves por qué. ―Pero eso no era factible en esta colección. Tu sabes que se comprometieron a sacar
un número nuevo cada medio año y llevarlo a cabo en más de 12. No iba a esperar tanto. ―Ya lo ves. Como si hubieras tenido que esperar 30 años. Ahora te has quedado colgado. ―¿Y cuánto tardará en salir completa la nueva edición? ―No puedo saberlo. Así que comprar una de las tiras para bien o para mal más presentes e influyentes del
siglo XX se había convertido en un asunto de fe. Fran se tragaba la rabia que sentía en
aquel momento a la industria editorial. Pensaba que habían tirado todo su esfuerzo y
dinero por el retrete. Pero era un riesgo que se corre en la afición de los comics. Y
parece incontrolable. Al final, como en toda actividad, los que mueven el dinero son
los que provocan los problemas.








