Aquel día estaba nuestro protagonista en el andén del metro esperando el convoy que le llevara a su trabajo y distraído mirando las noticias del Atleti y del mundo en el móvil, cuando una voz le sacó de sus pensamientos.
—¿Le ayudo? —preguntó aquel hombre a aquella madre.
—Sí, gracias. Coja usted y subamos.
Nuestro protagonista sintió un arrebato muy desagradable de vergüenza y remordimiento por no haberse dado cuenta de que aquella mujer necesitaba ayuda para subir el cochecito de sus niños. Mientras veía a ese hombre subir con ella incluso pensó en ofrecer su ayuda pero no, había llegado tarde. Esa mujer ya estaba atendida y meter más gente en el embolado entorpecería en vez de ayudar. Él mismo lo había visto muchas veces cuando alguna persona sufría algún problema de salud y había personas que se arrimaban entorpeciendo a los equipos de socorro. Como queriendo confirmar sus pensamientos, una señora muy empingorotada agarró el cochecito por detrás y preguntó si podía ayudar y, por más que la madre necesitada le dijo que no hacía falta se, empeñó en agarrarlo y subir. Pues en la segunda oportunidad que he tenido de comportarme como un buen ciudadano he conseguido lo que quería, pensó para sí. Entonces llegó el metro y, perdido como estaba Fran en sus pensamientos, estuvo a punto de perderlo. Subió pensando que casi había perdido dos trenes en tres minutos. Se sentó en el vagón y volvió a enfrascarse en su móvil y otra pregunta volvió a sacarle de sus meditaciones.
—¿Quiere sentarse?—dijo aquella mujer a un anciano que andaba de pie.
Nuestro protagonista volvió a avergonzarse de no haber visto a una persona necesitada y ya empezaba a fustigarse a sí mismo mentalmente. Pero el anciano respondió:
—No, gracias. Me bajo en la siguiente y prefiero estar a de pie.
Fran agradeció a los hados que le hubieran permitido pasar dos veces por la misma vergüenza sin sentirse del todo como un gusano, pero no dejó de darse cuenta de que debía ser más consciente del mundo que le rodeaba.












.jpg)
