martes, 7 de julio de 2026

Una lección vergonzosa

 


Aquel día estaba nuestro protagonista en el andén del metro esperando el convoy que le llevara a su trabajo y distraído mirando las noticias del Atleti y del mundo en el móvil, cuando una voz le sacó de sus pensamientos.


¿Le ayudo? preguntó aquel hombre a aquella madre.

Sí, gracias. Coja usted y subamos.


Nuestro protagonista sintió un arrebato muy desagradable de vergüenza y remordimiento por no haberse dado cuenta de que aquella mujer necesitaba ayuda para subir el cochecito de sus niños. Mientras veía a ese hombre subir con ella incluso pensó en ofrecer su ayuda pero no, había llegado tarde. Esa mujer ya estaba atendida y meter más gente en el embolado entorpecería en vez de ayudar. Él mismo lo había visto muchas veces cuando alguna persona sufría algún problema de salud y había personas que se arrimaban entorpeciendo a los equipos de socorro. Como queriendo confirmar sus pensamientos, una señora muy empingorotada agarró el cochecito por detrás y preguntó si podía ayudar y, por más que la madre necesitada le dijo que no hacía falta se, empeñó en agarrarlo y subir. Pues en la segunda oportunidad que he tenido de comportarme como un buen ciudadano he conseguido lo que quería, pensó para sí. Entonces llegó el metro y, perdido como estaba Fran en sus pensamientos, estuvo a punto de perderlo. Subió pensando que casi había perdido dos trenes en tres minutos. Se sentó en el vagón y volvió a enfrascarse en su móvil y otra pregunta volvió a sacarle de sus meditaciones.


¿Quiere sentarse?dijo aquella mujer a un anciano que andaba de pie.


Nuestro protagonista volvió a avergonzarse de no haber visto a una persona necesitada y ya empezaba a fustigarse a sí mismo mentalmente. Pero el anciano respondió:


No, gracias. Me bajo en la siguiente y prefiero estar a de pie.


Fran agradeció a los hados que le hubieran permitido pasar dos veces por la misma vergüenza sin sentirse del todo como un gusano, pero no dejó de darse cuenta de que debía ser más consciente del mundo que le rodeaba.



domingo, 5 de julio de 2026

Varias generaciones de fútbol cara a cara

 


Una vez más el mundial estaba aquí. Fran, que ya iba teniendo cierta edad recordaba la gran diferencia que había entre la forma de vivir este evento antes y después de que su país ¡al fin! lograra ganar una edición. En los años de la famosa maldición de los cuartos que habían supuesto aproximadamente la primera mitad de la vida de nuestro protagonista, cuando llegaba el gran torneo había ilusión, sí, pero la posibilidad de ver a la selección campeona parecía una utopía. Desde 2010, en cambio, la esperanza y la ilusión parecía mucho más realista. Sobre todo cuando la selección venía de ganar el último torneo disputado. En aquella edición, sin embargo, nuestro protagonista no podría ver el primer partido. Ahora trabajaba. Pero cuando salió observó a la gente que venía de verlo comentar que las cosas no habían ido bien. De pronto el ambiente en la calle era mucho más sombrío. Por fin una televisión de un bar se cruzó en el camino de Fran y le aclaró el desastre: España había empezado empatando a cero con Cabo Verde. Desde luego no era lo que el país esperaba. Fran entonces giró la cabeza y vio a aquella chica de unos 20 años con los colores de la selección pintados en la cara y la expresión de circunstancias. Pero recordó: en el famoso mundial donde todo cambió, su país no empezó empatando sino aun peor: perdiendo contra Suiza. Él mismo, el propio Fran, recordaba haber estado en el lugar de aquella veinteañera, con la cara pintada de la selección sintiéndose como si llevara puesta en la frente una etiqueta de perdedor.


Pero nosotros ganamos el mundial—pensó para sí—. Que aprendan lo de la generación Z.

Joder —dijo a sus espaldas otra voz de otro joven—. Yo vi de muy crio a España ganar el mundial. Yo quiero volver a verlo ya.

¡La España de los 80 y 90 te daba yo!—dijo Fran, por lo visto en tono más alto de lo que creía.

¿Cómo?—preguntó aquel chaval.

Nada —contestó Fran algo avergonzado—, que esto no ha hecho más que empezar, ya verás cómo no ha para tanto.


Los días que siguieron dieron la razón a nuestro protagonista, pero lo cierto es que el mundial parecía ahora más lejano que hacía unas semanas, porque la selección había mostrado sus vulnerabilidades, mientras otros equipos parecían muy entonados ¿Cómo acabaría eso? A través de épocas, países y generaciones el fútbol apasionaba a todos. Más cuando los tíos María Cristina y Paco comentaron a Fran lo que habían oído en su reciente viaje a Italia:


Muchos italianos decían que su hijo, o sobrino, o nieto tenía 11 años y nunca había visto a Italia en un mundial.


Así que incluso una de las grandes históricas del torneo estaba pasando una época incluso peor que la famosa maldición de cuartos. El fútbol es cíclico.



miércoles, 1 de julio de 2026

La niña jirafa

 


No me gusta que lleves eso así —dijo esa madre a aquella niña de unos diez años—. No has nacido en la tribu de las mujeres jirafa esas, así que no tienes porqué hacerte daño en el cuello.

Pero a mí me gusta, mamá. Y no me hace daño.


Fran se reía observando la escena y asombrado ante el gusto de aquella infante por ese collar tan feo y que a ojos vista le apretaba el cuello. Al mismo tiempo vio a un hombre pasear un perro y recordó que hacía tiempo los collares que solían llevar los canes había sido cambiados por arneses de hombros precisamente para evitar axfisiarlos. Una medida de clemencia que había tenido la sociedad con los animales domésticos no la quería esa niña para sí misma. Como adivinando los pensamientos de nuestro protagonista, su madre dijo:


Te voy a poner una correa y a pegarte un tirón cada vez que te vea con eso.

Que no me molesta, mamá, de verdad.

Pues yo voy a hacer que te moleste.


Fran las perdió definitivamente de vista y recordó un reloj que él había tenido más o menos en la misma época en que tenía la edad de esa niña que le daba alergia, pero que se negaba a quitarse. Pensó en que la obstinación de aquella niña se le pasaría el día que se viera una marca en el cuello en el espejo. Incluso él recordaba que al perro Trece que tuvo en tiempos le pilló ya muy mayor el cambio de paradigma y parecía preferir su collar de hierro al arnés. La única forma de que cambiara llegó cuando aquel collar reventó por el uso. Sí, eso era. Lo que debía hacer la madre de esa niña era reventar el collar antes de que le dejara una marca en el cuello. Y yo igual debería hacer lo mismo con este cinturón que llevo. Pero bueno, yo puedo adelgazar, esa niña no puede cortarse un trozo de cuello.



lunes, 29 de junio de 2026

Colocarse en el trabajo

 


Fran seguía atento a su trabajo y sus tareas cuando aquel olor se hizo presente. Hacía algunas semanas se hubiera asustado por ese olor a cosméticos y productos de limpieza, pero ahora ya había interiorizado que cuando ocurría eso era porque la señora de la limpieza, muy eficaz y hacendosa, limpiaba el puesto de trabajo vecino.


Antes aquí esperaba para venir, pero desde que Ramírez teletrabaja hace su labor normalmente—explicó a nuestro personaje Jesús Sacristán, su superior.

Bueno, me da igual. Lo único es que los primeros días me asustaba que ese olor pudiera ser que hubiera algún escape o avería.

Si hay una avería ya me enteraré yo, que ese es mi trabajo.


Fran siguió tomando notas en su ordenador, aunque aquella ráfaga de olor como a esmalte se le había subido un poco a la cabeza y le mareaba para escribir. Incluso había cometido algunas faltas de ortografía normalmente impensables en él. Quien lea este documento, pensaba, va a creerse que soy un analfabeto. Sin embargo la misma mujer de la limpieza le sacó de sus pensamientos:


Avísame cuando acabes que le toca a esto un fregote por la pantalla.

Fran resolló y disimulando un gesto de contrariedad respondió:


Está bien, pero acaba rápido, por favor.


Mientras aquella mujer frotaba hacendosa pantalla y teclado, otro olor, en esta ocasión de goma quemada vino de otra zona de la oficina.


Ahora sí que se nos quemaba un ordenador, pero ya está controlado —dijo Sacristán.


Por lo menos, pensaba Fran, podría quemarse todo entero y librarnos de trabajar unos días. Cansarse y colocarse a la vez no debe ser bueno.



miércoles, 24 de junio de 2026

Cenizas (Álvaro Ortiz, 2012)

 


Se suele decir que en este cómic hay mucho de las road movies, lo cuál es muy evidente, pero sobre todo yo veo esa especie de realismo mágico y sobrenatural que siempre transmite Álvaro Ortiz—comentó sobre Cenizas nuestro protagonista.

A mí me asombra el uso que hace aquí de los paisajes y escenarios el, un autor que nunca ha destacado por su detalle —respondió Juan.


Cenizas era uno de los mejores trabajos del autor maño. Partiendo de la idea de tres amigos treintaañeros que deben emprender un viaje para cumplir la última voluntad de un amigo fallecido, Ortiz nos transporta por un viaje lleno de aventuras, personajes inolvidables y reflexiones profundas, siempre con el trasfondo sobrenatural característico de su autor.


Creo que te gusta porque aparte de todas las virtudes que siempre tiene Ortiz es divertido.

Los personajes secundarios me recuerdan mucho a los Coen.

Es un cómic muy cinematográfico, casi todas las referencias que usas, como ves, son de películas.

Pero es asombroso lo bien que se adapta el dibujo aparentemente simple de Ortiz a todos los escenarios y situaciones que nos aborda aquí. Y cómo se mezcla lo onírico con lo real, como él hace siempre.

Para mí todo eso de los estilos de dibujo es secundario. Da igual el método que use uno, si es bueno consigue lo que quiere.

Pero Ortiz destaca mucho más como guionista, no me lo negarás.

Los personajes principales también quizás estén un poco trillados, pero los lleva tan bien que uno simpatiza con ellos desde el primer momento

Y otro género más que ha tocado Ortiz. A ver si después de los cómics de críos que hace da otra vuelta en su carrera.

Si se decide a hacer el cómic ese de Caravaggio que pensaba hacer.

Puede ser.



Ficha del cómic, aquí

lunes, 22 de junio de 2026

Una nube viviente


Pues como ya es junio hace un sol espléndido en todo el Retiro. Es agradable venir—dijo Carolina a Fran.

Bueno, por aquí parece un poco nubla...—comenzó a decir Fran antes de observar que lo que en verdad sucedía era que se había metido en medio de un enjambre de moscas o mosquitos—. ¡Me cago en la leche! Esto es lo peor del verano.


Mientras seguía caminando Fran miró sus brazos y la parte del muslo que no le cubrían los pantalones cortos para estar seguro de que no le hubiera picado ninguno de aquellos pequeños chupasangres. Recordó los problemas que había tenido con los mosquitos alguno que otro año.


Habrá que ir pensando en comprar los antimosquitos o poner mosquiteras en las ventanas. Porque estas van a ser las únicas nubes que veremos en mucho tiempo.

Sobre todo aquí en Madrid. Este verano podríamos intentar salir a algún sitio.

Sí, y volver muy morenitos. Pero de momento somos pobres. Tenemos el pack de lo malo del verano con los putos bichos y en cambio la playa y los paseos marítimos o las excursiones nos quedan lejos. Pero bueno, tú últimamente de excursiones has tenido bastantes.

También puedes comprar helados.

No, que me estoy poniendo como una foca. A ver si al final voy a tener suerte de que no me vean en la playa con todas las lorzas colgando.

No, ni vas a ver el sol con todos los mosquitos.

Por lo menos podrían venir de un modo que fuera molón y espectacular. Yo que sé, una plaga de langostas de esas que cubren y devastan todo.

Los mosquitos también fueron una plaga bíblica, ¿eh?

Pues ni siquiera son una plaga con aspecto divino.




miércoles, 17 de junio de 2026

Videoteléfono

 


Aquel horrible sonido chirriante sobresaltó a Fran. Se puso a pensar qué podría ser. Se movió por toda la casa y al fin localizó el origen de aquel zumbido en el nuevo videoportero automático que habían instalado en las viviendas de su inmueble. Por él vio llegar a Juan de la calle. Se disculpó y le dijo:


Ya llego, ahora mismo te abro.

¡Ya era hora! No puede ser tan difícil apretar un puñetero botón!


Nuestro protagonsita observó el cuadrado plástico donde se enmarcaba el nuevo aparato sin ver nada. Por fin encontró una tecla con algo que parecía un dibujo esquemático de una llave. Apretó allí y vio a su hermano entrar.


Cuando suba me oyes—escuhó Fran decir a Juan por el telefonillo.


Efectivamente Juan se puso a despotricar cuando llego a casa. Que si Fran nunca se daba cuenta de las cosas, que si hay que enterarse y abrir, que ser más rápido...


¡Joder, que yo nunca había visto este aparato! No hay que ponerse así.

¡No me vengas con esas! ¿no sabes abrir un telefonillo?

Que sí, pero es que...


Aquí volvió a sonar el estridente zumbido que había sobresaltado a Fran. Sin duda seria Carolina.


Sí, es ella—dijo Fran—. La veo por la pantalla.

Pues déjame a mí que tú no sabes—dijo Juan—. A ver, ¿dónde hay que dar?

En la llavecita, Juan —dijo Fran.

¿En qué llavecita?

¡Coño, la tecla de abajo!

¿Cual?¿No sabes abrir ni decirme cómo?

¡Sí, que tú no sepas abrir también será mi culpa!—gritó Fran.