Juan Gordal devolvió a
nuestro
protagonista
aquella máquina
rasuradora
de barbas.
Se la pasaba
de vez en
cuando para
que la barba
no le creciera
más de la cuenta, para
que «no se le pusieran barbas de integrista islámico», en palabras de Fran. Pero al
devolvérselo después de usarlo le hizo una pregunta, como mínimo, sorprendente.
—¿Cuánto te has gastado en esta máquina nueva? Me alegro de que entrases en razón
sobre que la anterior era una mierda, pero te han debido soplar bastante.
—¿Cómo dices?
—La máquina rasuradora nueva. ¿Cuánto te ha costado?
Fran miró sorprendido, pues no había habido ninguna compra. Era la misma rasuradora
con la que llevaba año y pico haciéndose los arreglos. Intentó explicárselo a Juan.
—Fran, la anterior era blanca y yo te dije que no valía. ¿Cuánto te han soplado por una buena?
—De verdad que es la misma. La blanca se perdió hace mucho.
—Fran, esa no tenía ni caja y esta tiene. Venga, dímelo, que hay que controlar los gastos,
Lo cierto es que cuando hacía como año y medio Fran había comprado la máquina buena
había guardado la caja. Pero viendo a su hermano poco proclive a atender a razones,
decidió transigir.
—Bueno, han sido 60 euros—dijo pensando para sus adentros que era un cobarde, pero
pensando que evitaría la confrontación.
—¿Y para qué me dices una cosa por otra?
Fran comprendió que no iba a librarse en absoluto de las iras de su hermano y se lamentó
mil veces de haber cedido en aquella observación falsa. Ahora le tocaba aguantar a su
hermano crecido
—Sabías que no iba a aprobar ese gasto ¿verdad?
—Eso no lo sé, pero lo que tengo claro es que no voy a volver a decir una cosa por otra.