—¿Pero por qué no vas a comer al comedor con todos? —preguntó Izan, aquel compañero dominicano de trabajo de nuestro protagonista.
—Estoy más cómodo así, no es nada personal —dijo nuestro protagonista en aquella pequeña sala vacía mientras daba cuenta de lo que se había llevado de comer en el tupper.
Fran sabía que era un mal gesto hacia sus compañeros. No deseaba despreciarlos, pero es que... sinceramente, ver esos microondas que no da tiempo a limpiar, esos fregaderos con restos de los trabajadores de la empresa que vaciaban allí sus restos, la imposibilidad de fregar en esas condiciones sus cubiertos eran más de lo que él podía soportar. Ignoraba si su visión era la de muchos trabajadores que simplemente se callaban o era él especialmente remilgado, pero la verdad es que él prefería comer aparte en algún reducto de sus zonas de trabajo. Pero algo había que decirle a Izan para quedar bien.
—¿Pero estás molesto con alguien, hermano? —dijo Izan.
—No, es que...—dijo Fran esforzándose por construir una historia creíble—... que tengo una alteración que me estresa mucho, demasiado, comer donde hay mucha gente moviéndose y el médico y mi especialista me han prescrito esto.
—Ah, comprendo hermano. Pues que aproveche
—Gracias —dijo Fran con cierta culpabilidad también por haber mentido de esa manera a un compañero, pero aquello era superior a él.
Al cabo de unos diez minutos Fran acabó su tupper y se disponía a salir de la sala cuando apareció Sofía, otra compañera de trabajo.
—¿Qué haces aquí? ¿No comes con los demás? —preguntó aquella chica extremadamente delgada y renegrida.
—No, es que no puedo con todo el trasiego.
—Ah, vale —dijo Sofía—. Pues yo voy a comer aquí porque digamos que el microondas, los fregaderos y la higiene del comedor no me convencen ¿sabes? No se lo digas a nadie.
—Bueno, gente remilgada siempre hay —dijo Fran pensando que era mejor no remover el tema tal como estaba.






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