Llegó aquella famosa escena de Acorralado: Sylvester Stallone se rompió de verdad una costilla cayendo sobre las ramas de esos arboles. El grito que se le oye en la película es de dolor real. Fran, Juan y Coralia observaban la escena desde el sillon.
—Por lo menos han dejado el grito original. Ya me imaginaba yo algo así como «¡Oh, Dios mio!»—comentó Juan.
—Me sé otras escenas que salieron así de casualidad, como la de IndianaJones huyendo de la piedra enorme, que se tropezó Harrison Ford y dejaron el tropezón porque quedaba más guay—añadió Fran
—Y yo oí la de Apocalypse Now, con Martin Sheen destrozándose la mano en el espejo—comento Coralia.
No eran popcas las películas donde un accidente o el retorcimiento del director convertían la actuación en realidad. Algunas muy desagradables, como en El Último Tango En París, o la de Alien que comentó Fran:
—Ridley Scott organizó el desayuno del equipo de verdad sin decirles que el bicho saldría del pecho de John Hurt. Ponen cara de asombro real.
—Hay muchas veces que nos asombramos y pensamo que qué bien actúan y las están pasando negras de verdad.—comentó Coralia.
—Bueno, Fran, peor es en el Pressing Catch que tú veías donde encima nos reíamos cuando había lesiones de verdad y golpes reales.
—Es que allí incluso se buscaban los golpes. Pero el caso más curioso que conocí yo es el de Martes y Trece en el sketch del café tacilla, donde Josema Yuste se estaba quemando las manos con un cadé hirviendo de verdad.
—Joder, vamos a dejarlo, que hemos pasado de Spielberg a Martes y Trece. Pero sí, casos hay de gente que sufre por su arte.











