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lunes, 28 de septiembre de 2026

El grelo

 


—¿Y eso cómo
crece tanto?
—preguntó Carolina
en la terraza
donde nuestro
protagonista
criaba sus
plantas y
señalando un tronco
verde con algunas
hojas levemente
pilosas que crecían
desde un tiesto
pequeño hasta
un tamaño casi
arbóreo.
—Eso es una planta de grelos, aunque te parezca increíble. —¿Te la dio el Grelos? —No, que es una planta de grelos.

Así era. Desde que en aquel pequeño tiesto donde nuestro protagonista quería sembrar salvia
había crecido ese extraño tallo, Fran le había chutado su aplicación de identificación de plantas
y esta le había indicado que era un nabo o grelo, que son dos partes de la misma planta. Fran
no podía creerlo, pues él no había sembrado ni comprado tales semillas. Igual aún es pequeña,
pensaba, le volveré a preguntar cuando crezca. Pero la aplicación insistía y además al crecer
su aspecto era inconfundible.

—Pues para colmo parece que da para una ración de grelos, pero en el espacio de esa maceta
no creo que puedan crecer muchos nabos—dijo Carolina.
—Eso, encima eso. La parte mala, toda la que quieras. La buena ni se ve y tiene pinta de
ser poca —repondió nuestro protagonista.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ponerlos con lacón? —Creo que los voy a dejar como planta ornamental. —Qué bonito. ¿Vas a vender ramilletes de grelos? —Prefiero eso a comer esta vil hierba. —Bueno, cuando eche flores avísame. —No te rías, que igual te las comes en caldo. Vamos a probar otra parte de esta planta.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

El tesoro de Carolina

 


―¿Te das cuenta de
lo que he
encontrado,
Fran? Hacía
años que
no veía este
sujetador.
Nuestro
protagonista
observaba la escena
con asombro y
alivio. De modo
que el gritería que
había proferido
Carolina en su
cuarto no se debía más que a haber encontrado aquella vieja prenda, que como cabía esperar
estaba en un estado propio de haber desaparecido durante años.
―Bueno, lávalo y quítale la pelusa que encima te vas a escocer las tetas si te lo pones
―dijo nuestro protagonista.
―Si lo he encontrado es que va a pasar algo maravilloso. ―Sí, que tendrás más mudas. Anda, no me des la brasa y échalo a lavar. ―Pero, ¿te das cuenta de que llevaba cinco años o así sin él? ―Bueno, me la trae floja. Yo también perdí, y del todo los que llamaba mis calzoncillos
mágicos y te aseguro que se supera.
―Esos estaban ya hasta desteñidos, Fran. Este está perfecto y me va a poner otra vez
irresistible como estaba.
―Bueno, pues me alegro de que para recuperar tu esplendor haga falta tan poco. Y algunos
volviéndose locos por la eterna juventud.
Fran se olvidó del asunto hasta dos días más tarde. Entonces se encontró a su hermana
frotando frenéticamente el sujetador en la ducha. Entonces entendió que con Carolina
aquel hallazgo era todo un acontecimiento. ―¿Pero qué haces? ¿por qué no usas la lavadora? ―En la lavadora desaparecerá. Voy a seguir conservándolo. ―Bueno, yo sólo te digo que hagas lo que quieras con tus caprichos y tus tonterías, pero
que no nos enteremos los demás ―sentenció nuestro protagonista, que creyó que era
mejor dejar a su hermana con su ilusión y no insistir para poner en orden cosas que no
eran suyas.


lunes, 14 de septiembre de 2026

El girasol subnormal

 

 

—Pero es que míralo
—dijo Fran
señalando aquella
minúscula
florecilla
amarilla
con pétalos
ralos y
marchitos—.
¿Es eso un
girasol? ¿Qué
pipas voy
a sacar de allí?
—Bueno, Fran, a mí me parece bonito —contestó Carolina—. Y supongo que al plantar
girasoles en la terraza no esperarías una explotación de pipas y aceite.
—Pero tampoco que el girasol saliera subnormal.

Carolina rompió a reír oyendo a Fran definir así aquella planta. Fran se refería con este
apelativo a ese girasol, que más que girasol parecía una margarita reseca. Esa planta
había sido la primera que había sembrado y esperaba la clásica flor radiante que parecía
un sol y luego tener un buen capítulo floral lleno de pipas, aunque era consciente de
que existían variedades de esas flores puramente compactas y ornamentales y otras de
pipas. Si hubiera aparecido una flor estéril desde el punto de vista de las semillas, pero
hermosa, seguramente también le hubiera alegrado. Pero no era ese el caso.

—Bueno, mira el ficus que trajo Juan, que era un despojo de podar otro donde trabaja
y aquí se ha convertido en una planta boyante —le dijo Carolina.
—Sí, y, curiosamente, Juan lo quiere muchísimo. —Pues tendrás tú que cuidar tu girasol. —Bueno, habrá que quererlo, como se quiere a un hijo salga como salga. Pero el
ficus al menos podía crecer. Mi girasol ha crecido y sigue deforme.
—Pues córtalo si tanto te disgusta. —No, voy a ser justo. Le daré una oportunidad. Pero cuando compre semillas
para sembrar tendré que acordarme de cogerlas de otra variedad de girasol.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

EL tiempo y el dinero de la obra

 


—¿Ya está, Cárol?
¿Lo dejas a
medias?
—preguntó
nuestro
protagonista
viendo
el resultado
del trabajo
de enyesado
del cuarto de
Don Luis
Gordal y Doña
Marta Palacios que su hermana había planeado durante días.
—Tengo que parar aquí. Esta pared no la puedo arreglar yo. A esto tiene que
venir un albañil
—Si viene un albañil va a querer hacernos todo el cuarto él —repuso nuestro
protagonista.

Que las paredes de aquella habitación necesitaban un arreglo era algo
notorio. Fran había empezado una vez ese trabajo, pero se quedó a
medias cuando se le acabó el yeso y sus hermanos le habían puesto
de vuelta y media por ello. Luego Carolina, que creyó que ella podría
hacerlo mejor decidió acabar el trabajo, pero se encontró que una de las
paredes tenía vacío y desconchones que ella no sabía reparar. Me ter a
un albañil en casa era lo que los tres hermanos, contando a Juan Gordal
querían evitar, pero parecía no haber salida.

—Para esto lo acabo yo en un día —comentó nuestro protagonista en la cena. —¡Antes de que te vuelvas a meter tu ahí dinamito la casa! Que además lo haces todo por la
espalda, tienes maldad —gritó Juan Gordal trayendo a la memoria de Fran las burradas que
en su día le había dicho cuando nuestro protagonista llevó a cabo el primer intento
—Vamos a ver —terció Carolina—, está hecho a medias. Yo creo que lo que queda sí que
lo podemos pagar.
—Pero si se mete un albañil querrá hacerlo todo —sentenció Fran —¡Pues lo hace todo! Si lo hubiéramos hecho de primeras, mirad todo el tiempo que nos
hubiéramos ahorrado—gritó Juan—. Y dinero, que ahora lo que gastasteis en Yeso y
demás no ha servido de nada.
—De acuerdo. Pero sólo digo que no volváis a decirme nunca que yo no tengo iniciativa
o no sé hacer las cosas —concluyó nuestro protagonista.


domingo, 23 de agosto de 2026

¿Hormigas vagas?

 


—La gente mata
a las hormigas,
no las cría—decía
Carolina Gordal
a nuestro protagonista.
—Bueno, pues
son animales
fáciles de
cuidar, que
se quedan en
su sitio y
que no hacen
ruido. De modo
que no veo por qué no puedo tenerlas.

Así fue la llegada a casa de los Gordal Palacios de aquella granja de hormigas. Fran se había
interesado por ellas viendo algunos videos de internet. No atenderían por su nombre ni le
recibirían como lo hicieron en su día Coll, Trece y más recientemente Diez, pero construirían
una auténtica ciudad a su vista y serían fáciles de mantener. En cualquier caso nunca se
aburriría de verlas.

—Ahora voy a abrir el tubo de ensayo en el que venían —dijo Fran cuando acabó de poner
los accesorios del hábitat de su nueva y multitudinaria mascota.
—¿Les pondrás nombre a todas? —De momento hay quince y se espera que lleguen a ser casi 100 en un año. Creo que con
llamar Catalina la Grande a la Reina ya vale—dijo Fran, siempre con una gran curiosidad
sobre la historia de Rusia.

Cuando nuestro protagonista abrió el tubo en que llegaron los artrópodos empezaron a
moverse por la caja de forrajeo de su hormiguero. Las dejó y volvió tras una hora:
moverse por la caja de forrajeo de su hormiguero. Las dejó y volvió tras una hora:

—¿Han comenzado ya a cavar galerías? —preguntó Carolina. —Ya empezarán. Al día siguiente Fran volvió a mirar el hormiguero. Seguían sin salir. Bueno, ya
se decidirán
, pensó nuestro protagonista. Y así un día, y otro, y otro... Al cabo de
una semana Fran buscó en internet lo que ocurría.
—Dicen que cuando quieran ampliar la colonia o cuando acaben el agua del tubo se
decidirán, que puede tardar varios días —dijo nuestro protagonista.
—Joder, pues va a ser cierto eso de que las mascotas se parecen al dueño. Has logrado
las únicas hormigas del mundo que se quedan donde están sin hacer nada—comentó
Juan Gordal.
—Eres un genio, has logrado hormigas vagas—añadió Carolina riéndose. —Que no, coño, que dicen que es normal, que ya cavarán galerías. —De momento con que salgan del tubo confórmate —dijo Juan. Fran se lo tomó a risa, pero lo cierto es que se pasó varias semanas preocupado observando
la tardanza de sus hormigas, hasta que por fin decidieron fundar su hormiguero.


lunes, 17 de agosto de 2026

El matriarcado antimóviles

 


—Bueno, pues aquí hemos quedado con la tía —comentó Carolina—. Ahora a armarse de paciencia, que ya sabes que es muy impuntual.

 —Por suerte ahora uno tiene cerca siempre algo para entretenerse—dijo Fran.


 Los dos hermanos habían salido aquella tarde con su vieja tía María Cristina y habían quedado en una zona concreta del Retiro. Fran se dispuso a observar su móvil en un aquel banco, pero una voz le interrumpió.


 —Estos van todos agilipollados, sin mirar otra cosa que el móvil


 Fran levantó la vista y vio que quien así hablaba era una anciana en compañía de una mujer joven que parecía ser su asistente. La anciana notó la mirada y reaccionó:


 —Perdona, hijo, que no eres tú, pero es que ahora van todos por la calle con la mierda del móvil sin mirar, te dan, cortan... Y sólo atentos al móvil

 —Bueno, bueno—dijo Fran y guardó el aparato de inmediato. Observó que Carolina que iba a hacer lo propio no se atrevió ni a abrir el bolso.


 La mujer siguió con su diatriba durante un espacio de como media hora o muy poco menos.


 —Si es que se está muy bien en el Retiro pero los atontados estos del móvil van sólo a ello...—peroraba la anciana.

 —Sí, pero ahora pondrán aquí la feria del Libro y...—decía su cuidadora pretendiendo cambiar de tema

 —Eso a ver si hace que la gente deje la mierda esa del móvil... y perdona hijo, que no iba por ti, ¿eh? Pero es que siempre están a ello y así es como se cae todo.


 Fran y Carolina observaban preguntándose si se le acabaría antes la gasolina o esa anciana o llegaría la Tía María Cristina


 —¿A qué mirabais el móvil mientras la esperabais? —dijo la anciana—. Hoy nadie piensa en otra cosa y así estamos...


 Por fin, la cuidadora de esa anciana la recogió y se movieron del banco. Fran observaba sin decir nada, y Carolina le apremió:


 —Bueno, ponte a mirar el móvil, si quieres. A mí después de esto no me han quedado ganas.

 —Creo que no lo cogeré hasta mañana. 

 —Si al final la vieja nos va a haber hecho un favor, ya verás.

 —Sí, bueno, al menos llama a la tía.

 —No, hazlo tú, que no quiero sacar el móvil.

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

Una madre protectora

 

 Fran y Carolina Gordal observaron aquel revoltillo en las inmediaciones del estanque del Palacio 
de Cristal del Retiro. Varias palomas reunidas picoteaban algo antes de salir despavoridas. En un
momento dado Fran notó lo que pasaba:
—Míralo. Es la polla de agua que se ha instalado aquí que las está echando una por una. —Mejor gallineta, Fran, que ya sabes con ese nombre lo que pase. Le quitarán la comida o algo.

Pero Fran volvió
a notar lo que
pasaba. La negra
ave acuática
tenía un
minúsculo polluelo
escondido entre
tres hierbas altas.
Cada vez que una
paloma se
acercaba a una
cierta distancia
de su retoño, la
madre gallineta
la emprendía con verdadera furia contra ella.
—O sea que está protegiendo al pollito. Se ve que las palomas le hacen algo —dijo Carolina. —Pero es que resulta que: A) Las palomas son granívoras. No atacan a ningún animal. B) Aquí no paran de venir bandadas. Las polla se va a pasar jugando al corro de la patata hasta
que su cría crezca.
—Bueno, no soy una experta, pero algo me dice que la gallineta tendrá un miedo justificado,
ningún animal se pone así por ponerse.
Otra paloma emprendió un vuelo histérico asustada por el ave de agua. Tan histérico que pasó
junto a la cabeza de Fran.
—Al polluelo no sé, pero a mí sí que casi me dan. —Pues ya sabes, cría una gallineta y que las espante. —Sí, a ver que me hace si me acerco yo a su cría.


miércoles, 5 de agosto de 2026

La tía Maria Cristina una tarde en el Retiro

 

—Bueno, ¿nos vamos a quedar aquí mucho tiempo más? —dijo Fran a los tíos Paco y Maria Cristina.

—Se lo tienen que comer, no podemos dejar que se lo quiten.

—Es que son las nueve y media, tíos —contestó Carolina Gordal


Cárol y Fran habían ido con sus tíos al Retiro a en una de sus visitas semanales. Hacía tres horas y media que se habían sentado en un banco para que los dos tíos ya mayores descansaran, pero entonces habían descubierto un pistacho que intentaban picotear los gorriones y las palomas alternativamente. La tía María Cristina había decidido partir de un pisotón el fruto seco para que pudieran comérselo al fin. Pero no quería en absoluto que se lo comieran las palomas sino los gorriones. Y desde entonces llevaba el grupo sentado viéndolo y la tía espantando a las aves más grandes cuando se acercaban y tratado de que los pequeños gorriones se comieran el fruto.


—Tía —dijo nuestro protagonista—, cada vez que espantas a las palomas se piran también los gorriones. Y de verdad, tenemos que volver ya a casa.

—¡No pienso dejar que estas petardas se lo lleven.

—¿Qué se os ocurre para atraer a los gorriones, sobrinos? —preguntó el tío Paco.

—Cuando vuelva a casa y descanse y cene me será mucho más fácil pensarlo —contestó Fran.

—A ver si los que cenan son estos.


Los dos hermanos todavía tuvieron que insistir un buen rato hasta que sus tíos se decidieron a marchar. Al moverse aún la tía maria cristina se volvió atrás a espantar a la paloma que acudía al pistacho.


—¡Lárgate! ¡No es para ti!

—Tía, en serio, déjalo, no es tan importante—dijo Fran mientas la convencía definitivamente de irse.



Como la tía comentaba que le había dejado frustrada el no haber visto a los gorriones, y que no quería irse, Fran tuvo una idea:


—Míralos, están picando.

—¿En serio? Ya dije yo que me valdría la pena. ¿Dónde están?

—Se han ido ya, tía—comentó nuestro protagonista haciendo gestos muy ostensibles a Carolina de que no dijera nada.


Cuando los dos hermanos emprendieron su marcha Fran dijo a su hermana lo que ella ya imaginaba:


—No han venido, pero es que si no no nos íbamos de allí ni pasado mañana.

—Me pregunto si esto no será ya de la edad.

—Bueno, lo importante es que la hemos sacado de allí. Que ya se hacía de noche.





sábado, 25 de julio de 2026

Mundiales a través del tiempo

 

Nuestro protagonista seguía una semana después mirando aquella nueva imagen del escudo de la selección de fútbol de su país. Allí, en lo alto del mismo estaba la segunda estrella. No podía creerlo. No debemos olvidar que Fran se había criado en una época del fútbol de su país donde pasar de los cuartos era la utopía insuperable. Hacía ya más de una década, recuerden, eso había cambiado, pero aquel verano se logró por segunda vez el campeonato del mundo. Y Fran aún miraba su vieja camiseta sin estrellas.



—Todavía lo flipo. ¡Cómo ha cambiado todo! Italia, que ganaba los mundiales donde nadie destacaba, lleva tres sin ir

—Sí, Fran —respondió Carolina—. Y es algo sorprendente para ti, pero es que...

—Siempre lo vimos como algo lejano, inalcanzable, ¡Y van dos!

—Pero Fran —intervino Juan Gordal—, lo que Carolina te quiere decir es...

—Dela noche a la mañana. Antes la camiseta sin estrellas y ahora...

—No ha sido de la noche a la mañana Fran. ¿No eres consciente de qué día es mañana?


De pronto Fran se estremeció recordando que al día siguiente cumpliría un años más. Que ya iba sumando su tiempo y por ello no era extraño que cosas que creía inherentes al mundo en que creció hubieran cambiado. Tras pensarlo durante un minuto dijo:


—Sí, pero vosotros y mis amigos seguís ahí.

—¡Claro que sí! —dijeron al mismo tiempo sus hermanos.

—Conmigo tienes que elegir tu tarta —comentó Carolina

—Y me tienes que decir qué camiseta con dos estrellas de mundial quieres—añadió Juan


A fin de cuentas, se dijo Fran, no todo lo que cambiaba era para mal y aún permanecían muchas de las cosas que siempre le habían reconfortado. Y cuando empezó a recibir mensajes de Marcelo, de Alberto, de Julián, el primo Mario... Sí, vio que siempre era una alegría seguir un año más con esa gente. Que fueran muchos más. Lo suficiente para ver a su selección cubrirse de estrellas.



domingo, 12 de julio de 2026

Calentamiento global en tus mismas manos

 


Fran observaba orgulloso aquel par de huevos fritos con puntilla y morcilla. Como siempre había pensado, era increíble que con tan poco esfuerzo e ingredientes saliera un plato tan delicioso. Sólo tenía un inconveniente que le recordó Carolina Gordal:


–—Se gasta mucho aceite con lo caro que va.

–—Sí, pero bueno, qué le vamos a hacer. Ahora lo pasaremos a la botella del aceite usado para llevarlo al punto limpio.


Fran se fue al baño a lavarse las manos y de pronto oyó a su hermana gritar asustada. Corrió y cuando llegó no creía lo que veía: la botella de plástico del aceite desechado estaba derritiéndose y deformándose en las manos de su hermana:


–—¡Aparta! –—gritó nuestro protagonista mientras buscaba una olla grande que contuviera el aceite que se escapaba del agujero de la botella y el plástico quemado.


Dejó la botella deforme en el fregadero y observó que, por lógica, también el embudo que él usaba para llenar la botella se había derretido.


–—Por esto dejo yo siempre el aceite en la sartén hasta después de comer, Loli. Si lo hechas caliente pasa esto.

–—¡Qué horror! Hay plástico quemado y aceite por todas partes. Esto nos va a joder los pulmones.

–—Pues espera ahora que se enfríe todo para que podamos recogerlo. Sal de aquí.


Los dos hermanos se sentaron a la mesa y Fran, mirando por la ventana vio el fortísimo sol y el calor que hacía en aquellos días en la ciudad. Aunque en aquel momento era un calor lógico en el mes en que se encontraban hacía unos días el calor había batido récords en toda Europa. Todo se debía, al parecer, al fenómeno del calentamiento global de su plantea.


–—Acabaremos como la botella de aceite–—pensó para sí.



lunes, 22 de junio de 2026

Una nube viviente


—Pues como ya es junio hace un sol espléndido en todo el Retiro. Es agradable venir—dijo Carolina a Fran.

—Bueno, por aquí parece un poco nubla...—comenzó a decir Fran antes de observar que lo que en verdad sucedía era que se había metido en medio de un enjambre de moscas o mosquitos—. ¡Me cago en la leche! Esto es lo peor del verano.


Mientras seguía caminando Fran miró sus brazos y la parte del muslo que no le cubrían los pantalones cortos para estar seguro de que no le hubiera picado ninguno de aquellos pequeños chupasangres. Recordó los problemas que había tenido con los mosquitos alguno que otro año.


—Habrá que ir pensando en comprar los antimosquitos o poner mosquiteras en las ventanas. Porque estas van a ser las únicas nubes que veremos en mucho tiempo.

—Sobre todo aquí en Madrid. Este verano podríamos intentar salir a algún sitio.

—Sí, y volver muy morenitos. Pero de momento somos pobres. Tenemos el pack de lo malo del verano con los putos bichos y en cambio la playa y los paseos marítimos o las excursiones nos quedan lejos. Pero bueno, tú últimamente de excursiones has tenido bastantes.

—También puedes comprar helados.

—No, que me estoy poniendo como una foca. A ver si al final voy a tener suerte de que no me vean en la playa con todas las lorzas colgando.

—No, ni vas a ver el sol con todos los mosquitos.

—Por lo menos podrían venir de un modo que fuera molón y espectacular. Yo que sé, una plaga de langostas de esas que cubren y devastan todo.

—Los mosquitos también fueron una plaga bíblica, ¿eh?

—Pues ni siquiera son una plaga con aspecto divino.




miércoles, 17 de junio de 2026

Videoteléfono

 


Aquel horrible sonido chirriante sobresaltó a Fran. Se puso a pensar qué podría ser. Se movió por toda la casa y al fin localizó el origen de aquel zumbido en el nuevo videoportero automático que habían instalado en las viviendas de su inmueble. Por él vio llegar a Juan de la calle. Se disculpó y le dijo:


—Ya llego, ahora mismo te abro.

—¡Ya era hora! No puede ser tan difícil apretar un puñetero botón!


Nuestro protagonsita observó el cuadrado plástico donde se enmarcaba el nuevo aparato sin ver nada. Por fin encontró una tecla con algo que parecía un dibujo esquemático de una llave. Apretó allí y vio a su hermano entrar.


—Cuando suba me oyes—escuhó Fran decir a Juan por el telefonillo.


Efectivamente Juan se puso a despotricar cuando llego a casa. Que si Fran nunca se daba cuenta de las cosas, que si hay que enterarse y abrir, que ser más rápido...


—¡Joder, que yo nunca había visto este aparato! No hay que ponerse así.

—¡No me vengas con esas! ¿no sabes abrir un telefonillo?

—Que sí, pero es que...


Aquí volvió a sonar el estridente zumbido que había sobresaltado a Fran. Sin duda seria Carolina.


—Sí, es ella—dijo Fran—. La veo por la pantalla.

—Pues déjame a mí que tú no sabes—dijo Juan—. A ver, ¿dónde hay que dar?

—En la llavecita, Juan —dijo Fran.

—¿En qué llavecita?

—¡Coño, la tecla de abajo!

—¿Cual?¿No sabes abrir ni decirme cómo?

—¡Sí, que tú no sepas abrir también será mi culpa!—gritó Fran.




miércoles, 10 de junio de 2026

El cacao maravillao

 


Nuestro protagonista observaba aquel bote. Parecía de cola-cao, y ciertamente no andaban muy lejos, pero era en un estado del producto que él nunca había conocido hasta que la tí Maria Cristina no trajo aquel producto. Era caco puro, amargo, como le gustaba a Carolina. Fran había probado una vez su contenido, no quedando muy contento.


—Yo había oído que el fruto del cacao en el momento en que lo sacan del árbol sabía incluso a mango, pero este está amarguísimo.

—Hombre, este ya lo han fermentado, triturado y es para hacer el chocolate. Pero hasta yo he tenido que ponerme un poco de azúcar porque no podía con él —dijo Carolina.

—¿Y lo estás consumiendo? —pregunto Fran—. Porque yo no te veo tomarlo y yo sólo lo desayuné un dia para ver como era.

—Sí, todos los días tomo varias dosis—comentó Catrolina.


Fran veía una y otra vez el bote en aquel estante sin que nadie lo tocara. Miró por internet como se hacía el chocolate desde el momento de la recolección del cacao.


—Todavía le queda bastante por hacer —comento Fran—. Esto es como si te compras un bloque de mármol para hacer una esciultura.

—Lo que sí noto yo es que me levanta mucho la moral—añadió Carolina.

—Y para los antiguos mayas esto sería una fortuna porque usaban semillas de cacao como dinero. Pero me parece incómodo y malo.

—Pues para mí es el cacao maravillao.

—A ver si es verdad. Porque yo no lo veo avanzar en absoluto.

—Porque no me ayudáis.






lunes, 1 de junio de 2026

El reto de la persiana

 


—La verdad es que da otra impresión completamente distinta, ver tanta luz en tu cuarto y a veces llegando más lejos —comentó Carolina Gordal.

—Cuando hemos hecho los ejercicios parecía incfreíble esa cantidad de luz en ese pasillo —añadió Juan Gordal

—Pues todo el tiempo que hemos estado así con lo fácil que era subirla.


Fran había trasteado hacía algunos dias con la persiana de su cuarto, que llevaba un tiempo bajada, pues todos daban por sentado que con ese mecanismo roto no se podía subir. Pero nuestro protagonista había descubierto que haciendo un determinado movimiento era posible subir aquel dispositivo y desde hacía algunos días nunca se olvidaba de hacerlo al levantarse.


—Es luz, pero parece que es verdad que el sol la hace sentir como distinta. La casa parece como más viva—comentó Carolina.

—Y mi cuarto más amplio, con más sensación de libertad—añadó nuestro protagonista.

—Pues a ver si no os olvidáis de arreglar la persiana, que así y todo no está bien —comentó Juan.


Esta aseveración enfrió los ánkimos de nuestro protagonista, pues si no había recordado que vinieran arreglarla cuando creía no tener luz, parecia más difícil acordarse de aquello ahora que sí que la tenían.


—Bueno, he cobrado. A ver si los llamo—dijo Fran.

—Tiempo has tenido, pero luz y luces no —comentó Juan Gordal

—A mí la luz me da la vida, Fran —añadió Carolina—. Acuérdate porque si no a mí me da algo.


Nuestro protagonista asumió quenaquel arreglo era provisional y que faltaba que uno profesional arreglara de forma definitiva aquella persiana. Comenzaba el reto de acordarse de hacerlo. ¿Lo superaría?



miércoles, 13 de mayo de 2026

Compra recurrente

 


—Y no te olvides
de lo que te he
pedido, ¿eh? —dijo
Carolina Gordal
a Fran cuando
éste salía
a la compra—. Casi
no nos queda.
—De acuerdo,
pero yo no sé
cómo todos
los días hay
que traer eso.

Las bolitas de limpieza de retretes eran sin duda un producto necesario en cualquier hogar.
Pero no había ocasión en que Fran saliera a la compra y que no se las pidiera su hermana.
Por suerte eran baratas, nada de gasto inasumible, pero Fran estaba seguro que si se
sumaran todas las que compraba al mes no bajarían de los 30 euros.

—Bueno, pues ya está. Así nuestros retretes seguirán limpios, relucientes y fragantes durante
mucho tiempo.
—Durante dos días, creo yo—contestó Fran. —Pues no meéis ni caguéis y no habrá que hacerlo.

Nuestro protagonista obró en consecuencia y, al día, siguiente, se gastó diez euros en
pastillas para aquel propósito. Las dejó en un armario del cuarto de baño. Cuando Juan
se quiso cepillar los dientes las encontró y no le hizo demasiada gracia.

—¡Tú no estás bien de la azotea! Mira todo el armario rebosante de pastillitas y la pasta de
dientes me ha costado como cinco minutos encontrarla.
—Seguro que en ese tiempo Carolina ya ha cambiado tres veces la pastilla —dijo nuestro
protagonista.
Unos pocos días más tarde, Fran se disponía a salir a su trabajo. Antes de irse Carolina le
pidió algo:
—A ver si traes pastillas de retrete, que casi no quedan. —¡Ni de coña!—dijo Juan—. Que luego lo llenáis todo con ellas. Fran pensó si no sería eso lo que ocurría, que Carolina no sólo las ponía en los retretes sino
por toda la casa. En todo caso, él ahora tenía que trabajar. Que sus hermanos resolvieran
el asunto entre ellos.

miércoles, 29 de abril de 2026

¡Es un extraño!

 

 

—Pero no es el mismo
—comentaba Fran
con algo de
desasosiego
en la voz.
—Pues ve a
reclamar, Fran.
No sé a quién.
A los del
cercanías, al
alcalde, a
un urbano...—respondió
Carolina Gordal
Fran estaba pendiente, como siempre que pasaba por esa zona desde hacía algún tiempo, del
gato negro de pelo largo de Atocha. Pero aquel día había otro enorme animal en su lugar. Un
gato regordete de pelo gris y negro en rayas. La verdad es que no había ninguna razón por
la que aquel gato fuera más o menos respetable que el otro, pero le creaba una extraña
intranquilidad a nuestro protagonista.
—¿Es eso legal?—insistía Fran. —No conozco la normativa, Fran—dijo Carolina—. Pero si, como tú creías, los de las oficinas
del tren cuidan al negro, este también habrá venido.
—¿Pero tienen que ponerse allí, donde siempre está el otro? —A ver, Fran, que son dos animales de la calle. Déjalos tranquilos —Pero es que no está el otro. —Bueno, hombre. Ni que esto fuera Palestina con Israel. Es un puñetero gato que se ha ido. Al cabo de un rato, Fran terminó por asumir que el gato negro que él extrañaba no iba a
venir. Reanudó la marcha.
—Espero que esté bien protegido en donde el tren. —No, Fran. Los de la oficina son unos cerdos que han abandonado a su gato y lo han
cambiado por otro a capricho.
—Bueno, a ver si está otro día. De momento aquí se queda éste.
-Pues resiste como los palestinos, qué quieres que te diga.





lunes, 20 de abril de 2026

Una figura alegórica viviente

 


Llegó nuestro

protagonista a

aquella esquina.

Notó que

quizás ya

se había

puesto demasiado
abrigo para el

tiempo que hacía. Vio a dos palomas hacer las danzas amorosas que hacían en
esta época. Además los árboles estaban floridos y el suelo estaba tapizado de semillas de olmo.
Por suerte yo no soy alérgico, pensó, pero para algunos va a ser un tiempo jodido ahora. Y
entonces lo oyó. Aquel gemido le indicó que efectivamente había llegado la primavera. En aquella
esquina residía un disminuido al que su familia solía tener fuera en la terraza en los meses de
calor. A lo largo de todo el invierno nuestro protagonista había pasado por allí sin oírle, pero
allí estaba.

—Me alegro de volver a verte—le dijo nuestro protagonista.

El hombre pareció no darse cuenta. Fran pensó en gritar más, pero sin saber siquiera su
nombre tampoco era cuestión de ponerse a alborotar la calle. El caso es que aquel rostro
y aquel sonido era el indicador más claro que había visto nuestro protagonista del tiempo
primaveral. Recordó representaciones en las que la primavera aparecía representada
como una especie de hada que volvía verde y frondoso todo lo que tocaba. No era así, la
primavera hecha persona era un hombre vestido siempre con camisa y vaqueros que
observaba desde un balcón y de vez en cuando emitía un grito.

—La realidad suele ser más prosaica que las figuras alegóricas que usamos—dijo en su casa
cuando llegó.
—Bueno, eso es lo de menos—le contestó Carolina—. Lo importante es que parece que se
acaba el frío.
—No del todo. La primavera es imprevisible. —Yo sólo espero que si vuelve el frío todavía en algún momento no dejen a ese hombre
helándose en la terraza.
—Esperemos que no.

miércoles, 8 de abril de 2026

Un acierto no hace quiniela

 

 

—¡Pues menos
mal que
cerraron aquel
día el Retiro!
—decían los
transeúntes
viendo aquel
enorme árbol
caído.
—La tormenta
debió sr algo
digno de verse.

Aquel paseo por el Retiro de Fran y Carolina Gordal les estaba permitiendo ver los efectos
de los últimos temporales de viento y frío sobre la ciudad. Con gran estupefacción
observaron la caída de aquel roble, que tal creía Fran que era el árbol, y los trabajos para
levantarlos.

—Por una vez parece que cuando cerraron el parque tenían motivos para ello—dijo Carolina. —El boquete que ha dejado, porque todas las raíces del árbol está por los aires es tremendo. —Por lo menos no había nadie debajo. —Y ahora habrá que esperar varios meses a que lo dejen en condiciones


Fran repasaba mentalmente todo lo que aquello suponía: los daños personales, los más
importantes, por suerte, se habían evitado. Los daños materiales parecían estar en vías
de solución. De modo que aquel incidente parecía haberse resuelto sin problemas.
Pero entonces oyó a uno de los viandantes insistir:

—Tantos palos que le han dado al alcalde por cerrarlo, tenía toda la razón.

Aquí Fran se estremeció. Porque si bien era suerte que en aquella ocasión en concreto el
cierre del parque era motivado, no olvidaba nuestro protagonista que el Retiro había
cerrado al público con motivo del calor, del frío, de la lluvia... Así continuamente fuera
cual fuera el tiempo que hacía. El día de aquella ventisca nadie se hubiera quejado. Pero
ahora resulta que los responsables del parque podían exhibir un acierto que habían tenido
como justificación de todo. Fran volvió a oír a más paseantes insistir en aquella idea. Pues
esto, pensó, se creerán millonarios en cuanto acierten una en la quiniela.