Nuestro protagonista observaba aquel bote. Parecía de cola-cao, y ciertamente no andaban muy lejos, pero era en un estado del producto que él nunca había conocido hasta que la tí Maria Cristina no trajo aquel producto. Era caco puro, amargo, como le gustaba a Carolina. Fran había probado una vez su contenido, no quedando muy contento.
—Yo había oído que el fruto del cacao en el momento en que lo sacan del árbol sabía incluso a mango, pero este está amarguísimo.
—Hombre, este ya lo han fermentado, triturado y es para hacer el chocolate. Pero hasta yo he tenido que ponerme un poco de azúcar porque no podía con él —dijo Carolina.
—¿Y lo estás consumiendo? —pregunto Fran—. Porque yo no te veo tomarlo y yo sólo lo desayuné un dia para ver como era.
—Sí, todos los días tomo varias dosis—comentó Catrolina.
Fran veía una y otra vez el bote en aquel estante sin que nadie lo tocara. Miró por internet como se hacía el chocolate desde el momento de la recolección del cacao.
—Todavía le queda bastante por hacer —comento Fran—. Esto es como si te compras un bloque de mármol para hacer una esciultura.
—Lo que sí noto yo es que me levanta mucho la moral—añadió Carolina.
—Y para los antiguos mayas esto sería una fortuna porque usaban semillas de cacao como dinero. Pero me parece incómodo y malo.
—Pues para mí es el cacao maravillao.
—A ver si es verdad. Porque yo no lo veo avanzar en absoluto.
—Porque no me ayudáis.

No hay comentarios:
Publicar un comentario