Aquel horrible sonido chirriante sobresaltó a Fran. Se puso a pensar qué podría ser. Se movió por toda la casa y al fin localizó el origen de aquel zumbido en el nuevo videoportero automático que habían instalado en las viviendas de su inmueble. Por él vio llegar a Juan de la calle. Se disculpó y le dijo:
—Ya llego, ahora mismo te abro.
—¡Ya era hora! No puede ser tan difícil apretar un puñetero botón!
Nuestro protagonsita observó el cuadrado plástico donde se enmarcaba el nuevo aparato sin ver nada. Por fin encontró una tecla con algo que parecía un dibujo esquemático de una llave. Apretó allí y vio a su hermano entrar.
—Cuando suba me oyes—escuhó Fran decir a Juan por el telefonillo.
Efectivamente Juan se puso a despotricar cuando llego a casa. Que si Fran nunca se daba cuenta de las cosas, que si hay que enterarse y abrir, que ser más rápido...
—¡Joder, que yo nunca había visto este aparato! No hay que ponerse así.
—¡No me vengas con esas! ¿no sabes abrir un telefonillo?
—Que sí, pero es que...
Aquí volvió a sonar el estridente zumbido que había sobresaltado a Fran. Sin duda seria Carolina.
—Sí, es ella—dijo Fran—. La veo por la pantalla.
—Pues déjame a mí que tú no sabes—dijo Juan—. A ver, ¿dónde hay que dar?
—En la llavecita, Juan —dijo Fran.
—¿En qué llavecita?
—¡Coño, la tecla de abajo!
—¿Cual?¿No sabes abrir ni decirme cómo?
—¡Sí, que tú no sepas abrir también será mi culpa!—gritó Fran.

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