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lunes, 28 de septiembre de 2026

El grelo

 


—¿Y eso cómo
crece tanto?
—preguntó Carolina
en la terraza
donde nuestro
protagonista
criaba sus
plantas y
señalando un tronco
verde con algunas
hojas levemente
pilosas que crecían
desde un tiesto
pequeño hasta
un tamaño casi
arbóreo.
—Eso es una planta de grelos, aunque te parezca increíble. —¿Te la dio el Grelos? —No, que es una planta de grelos.

Así era. Desde que en aquel pequeño tiesto donde nuestro protagonista quería sembrar salvia
había crecido ese extraño tallo, Fran le había chutado su aplicación de identificación de plantas
y esta le había indicado que era un nabo o grelo, que son dos partes de la misma planta. Fran
no podía creerlo, pues él no había sembrado ni comprado tales semillas. Igual aún es pequeña,
pensaba, le volveré a preguntar cuando crezca. Pero la aplicación insistía y además al crecer
su aspecto era inconfundible.

—Pues para colmo parece que da para una ración de grelos, pero en el espacio de esa maceta
no creo que puedan crecer muchos nabos—dijo Carolina.
—Eso, encima eso. La parte mala, toda la que quieras. La buena ni se ve y tiene pinta de
ser poca —repondió nuestro protagonista.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ponerlos con lacón? —Creo que los voy a dejar como planta ornamental. —Qué bonito. ¿Vas a vender ramilletes de grelos? —Prefiero eso a comer esta vil hierba. —Bueno, cuando eche flores avísame. —No te rías, que igual te las comes en caldo. Vamos a probar otra parte de esta planta.


martes, 25 de agosto de 2026

Comiendo solo

 


—¿Pero por qué no vas a comer al comedor con todos? —preguntó Izan, aquel compañero dominicano de trabajo de nuestro protagonista.

 —Estoy más cómodo así, no es nada personal —dijo nuestro protagonista en aquella pequeña sala vacía mientras daba cuenta de lo que se había llevado de comer en el tupper.


 Fran sabía que era un mal gesto hacia sus compañeros. No deseaba despreciarlos, pero es que... sinceramente, ver esos microondas que no da tiempo a limpiar, esos fregaderos con restos de los trabajadores de la empresa que vaciaban allí sus restos, la imposibilidad de fregar en esas condiciones sus cubiertos eran más de lo que él podía soportar. Ignoraba si su visión era la de muchos trabajadores que simplemente se callaban o era él especialmente remilgado, pero la verdad es que él prefería comer aparte en algún reducto de sus zonas de trabajo. Pero algo había que decirle a Izan para quedar bien.


 —¿Pero estás molesto con alguien, hermano? —dijo Izan.

 —No, es que...—dijo Fran esforzándose por construir una historia creíble—... que tengo una alteración que me estresa mucho, demasiado, comer donde hay mucha gente moviéndose y el médico y mi especialista me han prescrito esto.

 —Ah, comprendo hermano. Pues que aproveche

 —Gracias —dijo Fran con cierta culpabilidad también por haber mentido de esa manera a un compañero, pero aquello era superior a él.

 

 Al cabo de unos diez minutos Fran acabó su tupper y se disponía a salir de la sala cuando apareció Sofía, otra compañera de trabajo.


 —¿Qué haces aquí? ¿No comes con los demás? —preguntó aquella chica extremadamente delgada y renegrida.

 —No, es que no puedo con todo el trasiego.

 —Ah, vale —dijo Sofía—. Pues yo voy a comer aquí porque digamos que el microondas, los fregaderos y la higiene del comedor no me convencen ¿sabes? No se lo digas a nadie.

 —Bueno, gente remilgada siempre hay —dijo Fran pensando que era mejor no remover el tema tal como estaba. 



miércoles, 10 de junio de 2026

El cacao maravillao

 


Nuestro protagonista observaba aquel bote. Parecía de cola-cao, y ciertamente no andaban muy lejos, pero era en un estado del producto que él nunca había conocido hasta que la tí Maria Cristina no trajo aquel producto. Era caco puro, amargo, como le gustaba a Carolina. Fran había probado una vez su contenido, no quedando muy contento.


—Yo había oído que el fruto del cacao en el momento en que lo sacan del árbol sabía incluso a mango, pero este está amarguísimo.

—Hombre, este ya lo han fermentado, triturado y es para hacer el chocolate. Pero hasta yo he tenido que ponerme un poco de azúcar porque no podía con él —dijo Carolina.

—¿Y lo estás consumiendo? —pregunto Fran—. Porque yo no te veo tomarlo y yo sólo lo desayuné un dia para ver como era.

—Sí, todos los días tomo varias dosis—comentó Catrolina.


Fran veía una y otra vez el bote en aquel estante sin que nadie lo tocara. Miró por internet como se hacía el chocolate desde el momento de la recolección del cacao.


—Todavía le queda bastante por hacer —comento Fran—. Esto es como si te compras un bloque de mármol para hacer una esciultura.

—Lo que sí noto yo es que me levanta mucho la moral—añadió Carolina.

—Y para los antiguos mayas esto sería una fortuna porque usaban semillas de cacao como dinero. Pero me parece incómodo y malo.

—Pues para mí es el cacao maravillao.

—A ver si es verdad. Porque yo no lo veo avanzar en absoluto.

—Porque no me ayudáis.






miércoles, 3 de junio de 2026

Mnojo mucho pirijil

 


Fran acabó de pagar sus compras en la frutería de debajo de su casa. Al soltar al dependiente pakistaní que atendía en la misma los doce euros que habían costado aquellas frutas y verduras le vino a la cabeza otra cosa que debía pedir. Y lo hizo:


—Bueno, y un manojo de perejil, por favor.

—¿Mnojo? ¿Siguro?—dijo el pakistani.

—Como siempre me llevo.

—Pero no mnojo. ¡Mnojo mucho! —respondió el pakistaní.


Aquello despertó la curiosidad de Fran, que quiso saber lo que entendía por manojo el frutero. De modo que insistió.


—Bueno, tú dame el manojo.


Y para su sorpresa el asiático le sacó un ramillete de perejil más largo y ancho que un antebrazo humano. Fran se lo llevó sorprendido mientras el pakistaní esbozaba una sonrisa de pensar para sus adentros: "que conste que tú lo has querido". Como el perejil, de todas formas, lo daban gratis en esa frutería, Fran se fue contento, pero pensando lo que iba a hacer con toda esa cantidad de hierba.


—Lo primero, pica para que lo tengamos con ajo como siempre, anda—le dijo Juan cuando se lo contó—. Y la próxima vez le pides un pellizco al pakistaní.

—El resto creo que lo plantaré junto al que yo cultivo.

—A lo mejor si tienes suerte en tres años te ha crecido la mitad de lo que te ha dado el hombre este.

—Le llevaremos un manojo entonces.

—No, que el es pakistaní, no gilipollas —sentenció Juan.



lunes, 11 de mayo de 2026

La tarea que nunca se espera

 

 

—Toca ponerse a ello. No
hay otro momento mejor
—dijo Juan Gordal a Fran.
—Ahora me arremango,
pero yo contaba con salir
ya de casa.


Aquella tarea no se

podía planificar. Cuando

surgía surgía. Limpiar

la nevera era una cosa
que no apetecía hacer

nunca y, por lógica,

sólo podía llevarse a cabo cuando se quedara
vacía. Sacar bolsas, paquetes y tuppers de modo habitual para después desmontar la nevera
y frotar era demasiado complicado y estropeaba a veces la comida. Si los Gordal Palacios
descubrían la nevera vacía, sí, o sí, se ponían a limpiarla.

—Aquí están las baldas de la puerta, que voy a fregarlas en la pila—explicó Fran a su hermano. —Y yo a limpiar entre las rendijas de las bandejas y a frotar la pared del fondo.

Al cabo de un buen rato de frotar y recoger, toda la nevera parecía como nueva. Sólo quedaba
barrer el suelo, que había quedado cubierto de los restos de la limpieza y fregarla por fuera.

—Bueno, pues ya está hecho. Qué pesadez hacer esto—comentó Juan—. Nos habrá llevado
unos tres cuartos de hora, ¿no?
Nuestro protagonista miró su reloj y se sorprendió. Una vez más el realizar una labor
que no gusta hacer había hecho parecer el avance del tiempo mucho más lento de lo
que había sido en realidad.
—Nos ha llevado diez minutos, Juan. —¿De verdad? Entonces aún estamos a tiempo de hacer una compra y volverla a llenar. —Qué bien, qué alegría ver nuestra labor deshacerse tan rápido. —Cuando toca toca, Fran.

lunes, 6 de abril de 2026

Los restos de la fiesta

 


—Bueno—dijo Carolina Gordal a nuestro protagonista en el supermercado—, ¿lo quieres

 blanco, negro o mixto?
 —¡Joder! Como los huevos normales y encima con
una opción más.
Los Gordal Palacios hacían la compra típica del
lunes de pascua que incluía forzosamente el
famoso huevo de chocolate o una mona, según
las apetencias de cada uno. Descartado un huevo Kinder, que los hermanos veían igual que los
del resto del año, pero más grande, tocaba escoger entre todos.
—Yo creo que lo más propio es uno de chocolate de los de toda la vida—comentó Fran—
. Dejémonos de florituras de que si colorines, sabores, etc.
—Lo que quieras. Entonces negro monocolor ¿no? —Eso es. Y a cerrar la semana santa como debe ser. —¿Has hecho todo lo que te gustaría? —Bueno, se me ha quedado la cosa de que tendría que haber visto alguna peli bíblica más. —Si te las sabes de memoria. Anda, esta noche, después de comernos el huevo, voy a ver la tele
y se acabó.

Fran pensaba en la programación del lunes, que no era de su agrado, y en dedicarse a la
lectura de cómics que entre compras y visitas a la biblioteca había acumulado, antes de
reincorporarse a sus tareas cotidianas. Sin embargo al volver a casa y mirar el internet,
descubrió que cierta cadena aún iban a poner Sansón y Dalila, un último coletazo de las
películas propias del tiempo de la pascua.
lectura de cómics que entre compras y visitas a la biblioteca había acumulado, antes de
reincorporarse a sus tareas cotidianas. Sin embargo al volver a casa y mirar el internet,
descubrió que cierta cadena aún iban a poner Sansón y Dalila, un último coletazo de las
películas propias del tiempo de la pascua.

—¿Y hasta el final vas a tener que estar con tus manías del cine bíblico?—preguntó Carolina. —Bueno, tú dijiste que hoy verías la tele, pero no dijiste qué.


miércoles, 1 de abril de 2026

Aplazamiento de las torrijas

 


¡Qué orgullo el

que sentía Fran

viendo su obra

de las tres

últimas horas!

Allí, ante sus
ojos estaban

las torrijas que

había preparado, el almíbar que les echaría y algo de la leche
aromatizada y sazonada que había usado para empapar el pan. Ahora quedaba lo más
difícil, recoger la cocina tras el uso de pan, huevos, sartenes, mucho aceite, y botecitos
varios de canela y otras especias dulces.
ojos estaban las torrijas que había preparado, el almíbar que les echaría y algo de la leche
aromatizada y sazonada que había usado para empapar el pan. Ahora quedaba lo más
difícil, recoger la cocina tras el uso de pan, huevos, sartenes, mucho aceite, y botecitos
varios de canela y otras especias dulces. Sin embargo todo esto era mucho más
llevadero pensando en lo bien que quedaría con sus hermanos y con quien probara sus
torrijas. Pensó primero en echar ya el almíbar y el azúcar y canela que le agregaba a su obra,
pero pensó que seguramente el almíbar aún estaría caliente y además el pan y la humedad
borrarían todo resto de los ingredientes sazonadores. Se dedicó entonces a recoger la
cocina y al acabar volvió a observar su fuente de dulces propios de aquella época y el
almíbar. La leche que había sobrado, pensó, sería un excelente desayuno o merienda para
el día siguiente. Fran ya tiraba cada día suficientes desperdicios en su trabajo como para
desaprovechar esa leche aromatizada. Así que lo guardó todo y esperó a que Juan y
Carolina volvieran de sus quehaceres. Cuando acabaron de tomar el pescado de la noche,
nuestro protagonista les anunció el postre especial.

⸺Pues es una suerte que tú sigas haciéndonos las torrijas⸺comentó Carolina. ⸺Pero están un poco secas, ¿no?⸺se quejó Juan. ⸺Tranquilos. Ahora les echo el almíbar.


Nuestro protagonista acudió a la cocina donde lo había dejado y se preparó para remojar
el postre pero... no podía creerlo. El almíbar presentaba una capa de algo que parecía aceite
sucio en la superficie. Fran no daba crédito.

⸺¿Por qué tardas tanto?⸺preguntó Juan. ⸺Es que el almíbar se ha estropeado dijo nuestro protagonista.


Los tres hermanos intentaron sacar esa capa superficial del líquido edulcorante sin
conseguirlo. Al final Fran tuvo que asumirlo:

⸺No se puede arreglar. Hay que preparar otro almíbar. ⸺¡Joder, Fran! ¿Nos quedamos sin torrijas hasta mañana?⸺dijo Juan. ⸺Bueno, el almñibar se hace rápido y fñacil⸺intervino Carolina. ⸺Sí⸺admitió nuestro protagonista⸺pero habrá que enfriarlo. ⸺Déjalo tapado esta vez y que no le caiga nada⸺dijo Juan⸺. Pero ahora nos
quedamos sin torrijas.
⸺Bueno, pero mañana estarán, no te pases con él ⸺dijo Carolina. Fran también pensaba que ese accidente tendría arreglo en algunas horas, pero se fue a
dormir rumiando su sensación de fallo tremendo ante sus hermanos. Por lo menos, cuando
la tía Maria Cristina, Coralia, Rafael, y el resto de gente de fuera de la casa que probaría
las torrijas se las llevara a la boca ya estarían en condiciones.



domingo, 22 de marzo de 2026

Pistachos hasta en la sopa

 


Fran observó aquel

anuncio de helados.

Era uno de los

primeros que se

veían aquel año
y, como siempre,

anunciaba alguna

novedad, aunque

en esta ocasión

era bastante predecible:

―Con cubierta de pistacho.
El pistacho últimamente está hasta en la sopa―dijo nuestro
protagonista.
―Eso sí que estaría bien. A este paso, pronto Avecrem sabor pistacho―comentó Carolina
Gordal.


Fran era de manera natural un gran entusiasta de este fruto seco, pero su sobreabundancia
le estaba empezando a sorprender. Había descubierto tiendas nuevas, las pistacherías,
donde se encontraba prácticamente cualquier preparación del pistacho, el famoso chocolate
de Dubái, pasta como la de cacahuete pero de pistacho, prácticamente cualquier dulce con
el relleno o añadido de ese producto, etc, etc.

―Oí decir que tiene que ver con los precios del cacao, que como cuesta ahora más hacer
chocolate, pues se han ido al pistacho―apuntó Carolina.
―Pues tampoco es que el pistacho esté tirado de precio. Lo que yo veo es que lo van a
acabar poniendo hasta en los calamares.
―Igual con la carne o aves no estaba tan mal. ―Lo que yo sé es que este fruto siempre había sido uno de mis favoritos y, ahora, a fuerza
de ponerlo en todo, me van a acabar hartando.
Según comentaban esto los dos hermanos pasaron ante las puertas de una tienda de
dulces que anunciaba el famoso chocolate de Dubái.
―Pues precisamente ahora que Dubái está hundiéndose por la guerra, no sé si apetece
mucho que te lo metan por todas partes ―dijo Carolina.
―Igual es que los iraníes, aparte de que los hayan atacado, también estaban hartos de
esta modita.





lunes, 23 de febrero de 2026

Carolina y los dátiles

 


Fran se levantó aquel día y se dispuso a desayunar. Como era su costumbre se sirvió una
ración de fruta y entre ella, unos cuantos dátiles de los que habían traído él y su hermano
Juan en su última compra. Cuando se fue a servir encontró unos restos de varios huesos
de dátiles.

 —Ahí os dejáis todo al comer—dijo Carolina 
Gordal—. Y encima a ver  por qué habéis
 traído tantos.
 —Trajimos un paquete de los que había en el estante. Así es como vienen.
 —Vamos a estar comiendo dátiles hasta que no salgan por las orejas y luego tendré yo 
que recoger los huesos.
 —Bueno, no me vengas con esa, que tú también has cogido, ¿eh?
 —He cogido tres y no lo he dejado todo lleno de huesos.
 —De eso ya hablaremos con Juan, pero no creo que duren más de cinco días.

Fran se tomó su desayuno y recogió los restos. Luego llevó a la cocina los restos y los
platos de su desayuno y encontró a Carolina tomando un bol de uno de sus cereales de
herbolario con tres dátiles.

 —Bueno, parece que no te disgustan tanto, que no paras de comerlos.
 —Porque si no no los vamos a quitar de encima ni en un año. Y no me los dejo por ahí.

Posteriormente Fran se puso a preparar la cena, pero cuando los sirvió encontró a su
hermana comiendo una enorme ración de dátiles.

 —Está visto que no se pueden traer, porque a ti te crean adición—dijo Fran.
 —Ahora consumir los alimentos es adición. Si no hubierais traído dos kilos...
 —Vale, pero cuando acabes recoge los huesos, que si no mañana me encuentro yo en 
el desayuno más de los que había en los palmerales de  Túnez—sentenció Fran.



 
 

lunes, 9 de febrero de 2026

El flan que nadie quiso

 


Fran extrajo aquel
 flan del horno y
 lo contempló
 con delectación.
 Aquel día iba a 
venir a
 comer Coralia 
y se había dado 
la extraña
 coincidencia de que todos en casa estaban libres. Si el flan quedaba bien, Fran conseguiría 
un tanto insuperable. Al pasar y dejar el flan en 
la nevera observó los ingredientes que había utilizado. Leche, huevos y azúcar, por 
supuesto, vainilla, coco rallado y caramelo. Tenía en mente que debía pensar otros sabores
para darle la próxima vez que hiciera un flan, pero aquella vez iba a quedar magnífico.
—¿Eso no tendrá que enfriarse? —dijo Carolina cuando llegó. —Bueno, lo dejamos en la nevera y de aquí a que acabemos de comer tendremos un
postre estupendo—respondió Fran.
 —Yo creo que deberías haberlo dejado hecho ayer para que hoy se pudiera comer 
bien—añadió Juan.
 —Bueno, no te pongas a exigir encima, que t he solucionado el postre.
 —Si Coralia te lo agradecerá, pero es que no sé si habrá tiempo.

La cuñada de nuestro protagonista llamó a la puerta cinco minutos después. Esta vez,
al contrario de como solía, no traía un cargamento de comida de su casa. Fran pensó que
disfrutaría con lo que él y sus hermanos le ofrecían.

 —Sólo he traído esta tarta de tres leches.

Fran observó con horror, que lo único que se le había ocurrido traer a su cuñada
aquella vez era precisamente un postre.

 —Bueno, Fran, nos lo comeremos mañana —dijo Juan.
 —A mí me podrías dar uno para Rafael —añadió Carolina.
 —¡De ningún modo!—gritó nuestro protagonista—. ¡Me lo tomaré yo como desayuno y
 merienda hasta que se acabe! 
 —Bueno, no te enfades que habrá más días.
 —De acuerdo, pero además me voy a coger el pedazo más grande de tarta. Me lo he 
ganado. Y no sé si volveré a preparar otro flan.


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Nochebuena 2025

 

 

—Bueno, pues
después de 
trabajar hoy, 
ya estoy lista 
—dijo Carolina
 Gordal al llegar
 a casa 
a las siete de 
la tarde.
 —Pues nos vamos a cenar a casa de Tía María Cristina —respondió nuestro protagonista.
 —En cierto modo reconforta ver que a pesar de todo seguimos teniendo familia —comentó
 Juan Gordal.
 —Pero era mejor cuando comprábamos para nosotros la cena y la preparábamos aquí —dijo Fran.

En otros tiempos nuestro protagonista hubiera dispuesto embutidos, algún marisco y un
asado de grandes dimensiones y buen aspecto. Sabía que la cocina de tía María Cristina
tiraba por otros derroteros.

 —Bueno, Fran, en Año nuevo quizás lo hagamos así, pero somos tíos adultos y nos tenemos 
que amoldar a lo que hay.
 —Intentaré quedarme con lo que seguro que nos enviarán Coralia y Rafael.
 —Tendremos que hacerles en casa de La tía un vídeo y saludarlos.
 —Y se sumarán la tía y el Tío Paco, supongo —dijo Fran.

 En ese momento al móvil de nuestro protagonista empezaron a llegar las felicitaciones 
de Marcelo, Abadía, Julián... 

 —¿Sabéis qué? En otro tiempo me estaría pillando una gran trompa con ellos. Beberé a 
su salud —dijo Fran
 —¡Claro que sí! Y seguro que el tío Paco se suma gustoso —respondió Juan.
 —Y aunque nos van a poner aguacates de esos de la Tía María Cristina no faltarán los 
mariscos y el asado. Seguiremos muchos años disfrutando esto —intervino Carolina.
 —Por supuesto. ¡Feliz navidad, hermanos! Y tíos, y amigos, y primos, y todo el que lo 
merezca.
 —¡Y por muchos años!—respondieron a coro Juan y Carolina.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Restos de otro tiempo

 


Aquel día nuestro protagonista estaba realizando compras para los próximos fechas.
Andando por el hipermercado los signos de que la navidad se acercaba eran ya muy
evidentes: ofertas de turrones, de mariscos, de carnes... Fran recorría el
establecimiento buscando ofertas de comida barata, y pensando si no deberían en
su familia moverse ya para evitar las prisas de última hora. Algunos clientes,
desde luego, parecían haber optado por esta segunda alternativa. Fran había
recogido casquería, hamburguesas y algo de pescado congelado y mientras
observaba cómo enseres que normalmente eran asequibles habían subido mucho
de precio. Algo, en compensación, debería bajar, pensaba nuestro protagonista.
Y de pronto aquel rincón apareció ante sus ojos. Allí estaba un reducto de
las promociones de Halloween, que sólo un mes antes era lo que ocupaba los
lugares de preferencia. Lo que veía fran en aquel rincón eran sin duda los
restos que el supermercado no había logrado vender. Había chocolatinas con
esqueletos y brujas a mitad de precio, muchos caramelos ostensiblemente más
baratos que los normales, muñecos y juguetes varios, etc. En realidad eran
chocolates normales, así que Fran llevó una tableta temática a casa.

 ―Casi regalada―explicó en casa―, justo ahora que el chocolate está 
subiendo mucho de precio.
 ―Pues así estará todo lo de navidad en un mes―respondió Carolina―. Casi 
dan ganas de esperar a celebrar la navidad.
 ―Me acuerdo que para los niños de la vecina pillamos una chocolatina como
 esta casi a dos euros.
Ahora, según  tú, estaba a ochenta céntimos.
 ―Un resto de Halloween abandonado sí que es fantasmal y tenebroso―contestó 
Fran.
 ―Bueno, mejor que la navidad, esos mazapanes y turrones que se quedan hasta
 marzo rancios y nadie se los come.
 ―Entonces tendrán mazapanes buenos a una cuarta parte de precio―dijo nuestro 
protagonista―. Sic transit gloria mundi.
 ―Eso, una frase en una lengua también abandonada y olvidada es muy buena 
conclusión.


viernes, 31 de octubre de 2025

Secreto ibérico agridulce

 


—Pues yo creía
que el secreto
 era para hacer
 a la plancha, 
pero Juan y tú
 le habéis dado
 una vuelta al plato—dijo Carolina mientras se acababa aquella  ración de dicha pieza 
de cerdo preparada en forma de agridulce por Fran.
—Había setas y varios frutos en el supermercado que me han dado la idea —dijo nuestro
 protagonista.

El cerdo era una de las carnes más versátiles que existían y los hermanos Gordal Palacios
estaban dispuestos a aprovecharlo. Aunque habitualmente, para prepararlo agridulce, se
usaban otras piezas del animal el precio y la disponibilidad del secreto ibérico les había
empujado a probar con ello.

—También la gente tiene la idea de que el cerdo agridulce es algo de los chinos, pero anda
 que no se ha preparado aquí el cerdo con ciruelas pasas y orejones —dijo nuestro
 protagonista.
—La verdad es que es una carne muy versátil
—Simplemente al ajillo esyá buena, pero se puede hacer así, estofada...
—Sí, pero hay una pieza para cada cosa y me ha sorprendido que tú uses el secreto para esto.
—Por algo me gano la vida en la cocina.Pero Juan seguro que va a protestar cuando lo vea.
—Yo creo que ni él podría protestar.

Cuando el tercero de los hermanos entró en la casa y vio el guiso se sirvió un plato y
pareció tomarlo normalmente.

—Estaba muy bueno. ¿A quién se le ha ocurrido lo de las ciruelas?—preguntó Juan.
—¡No me lo puedo creer! —dijo Fran.
—Ya te dije que ni él encontraría un fallo—intervino Carolina.
—Ha sido Fran ¿verdad? Pues a ver si hace las cosas normalmente porque esto no había 
quien lo comiera. Parecía una mermelada y para untar el pan ya tenemos otras cosas. El secreto 
se hace normalmente.
—Ahora lo reconozco—sentenció Fran—. Qué suerte que sólo le han quedado dos bocados.
—¡Encima eso! Ración insuficiente. Eres un meme.
—Esto me pasa por hablar—concluyó nuestro protagonista.


miércoles, 27 de agosto de 2025

El chocolate del apocalipsis

 


Nuestro protagonista no podía creerlo. Se había encontrado la tableta de
chocolate por la mitad y fuera de su sitio. En principio podría ser una
muestra más del desorden de su hermano, pero es que esa no era una tableta
cualquiera.

 —¡Pero bueno!—gritó Fran—. ¿Quién ha sido 
el hijo de puta que ha mordido la 
tableta de chocolate que yo tenía con el kit de emergencias para levantar la moral?
 —La ha abierto Juan, Fran. Yo lo siento, pero también he cogido una onza que me 
ha ofrecido.
 —Vamos a ver, esa tableta era para levantar la moral en caso de catástrofe o 
calamidad. La estoy yo guardando sin tocarla y vais los dos y os ponéis gochos,
 —Bueno, yo no sabía que venía de ahí.
 —Cuando vuelva el otro me va a oír.


Fran esperó tenso durante dos horas hasta que Juan volvió de su cita con Coralia. Lo
debían haber pasado bien, pero nuestro protagonista hervía de ira pensando en que se
hubieran endulzado con ese chocolate.

 —Tranquilo, yo a Coralia le doy cosas mucho mejores—dijo Juan.
 —¿Y te parece bonito joder el sistema de seguridad que yo había creado?
 —No me vengas con hostias Fran. ¿De que les hubiera servido a los de los incendios de
 este verano o a los de la DANA de Valencia una tableta de chocolate?
 —Es un alimento energético y libera endorfinas al cerebro, lo que levanta la moral, que no es poco.
 —¿Y si no pasa nada vas a dejar que caduque y se ponga malo?
 —Dura tres años, y no creo que haya una guerra, pero otro apagón podría ser.
 —Y entonces nadie encontrará chocolate. Mira, yo las latas de comida lo puedo entender, pero
 esa tableta...
 —Esa tableta evitará que te sumas en la depresión y desesperación. 
 —Bueno, pues yo necesitaba una alegría ahora y me la he comido.
 —Pues como haya otro apagón, corte de agua, etc no te voy a dejar coger de mi chocolate.
 —No, si en el fondo, lo que tú quieres es comértelo tú con alguna excusa.
 —No, eso ya lo has hecho tú sin excusa —sentenció Fran. 


miércoles, 20 de agosto de 2025

Un cultivo involuntario

 

 

—Mejor no mires esto,
Cárol—dijo nuestro
 protagonista 
comprobando que 
aquella sustancia 
tan asquerosa palpitaba.
 —¿Pero cómo ha 
podido salir algo 
así en el 
cubertero?—preguntó 
Carolina.
 —No lo sé, pero
 hay animales a los que les gustaba eso—contestó Fran al confirmar sus 
sospechas, que las palpitaciones eran los movimientos de larvas de algún tipo de insecto
 o artrópodo.

Los dos hermanos se habían llevado una desagradable sorpresa al intentar poner la mesa
aquel día. Al extraer un cuchillo Fran comprobó que estaba embadurnado de algo negro que
al principio creyó ser tinta de calamar, pero no habían usado este condimento en bastante
tiempo. Poco después notó un olor nauseabundo a algún tipo de putrefacción que venía
del soporte de los cubiertos, y después de sacarlos todos observó que no se sabía cómo
un caldo de algún alimento putrefacto se había convertido en aquella repugnante masa
viscosa palpitante de larvas. Nuestro protagonista volcó en cubertero en el friega platos
y todos aquellos gusanos retorciéndose mientras intentaban escapar le acabó de convencer
de que el desaguisado no tenía arreglo.

 —Habrá que tirar los cubiertos y el soporte—dijo nuestro hombre—. Ya compraremos en 
los chinos cuando podamos.
 —¿Y ahora qué vamos a hacer?—inquirió Carolina—. ¿Cenar con las manos?
 —Sí, pero primero habrá que limpiar esta repugnancia del fregadero.
 —Pues ponte guantes y lávate muy bien las manos luego.


Nuestro héroe obedeció sin rechistar. Se frotó con jabón durante más de 20 minutos,
comprobando a cada poco que aquel cultivo no hubiera dejado rastros en sus manos.
Una y otra vez se preguntaba qué habría podido provocar aquella catástrofe. Cuando
se sentó a la mesa observó que Carolina había tomado una iniciativa:

 —Vamos a cenar de latas y, en mi opinión, cuando Juan llegue, no tiene por qué enterarse
 de esto. Mañana nos comeremos ese pavo al ajillo.
 —Habrá que acordarse de comprar los cubiertos —contestó Fran.
 —La verdad es que hoy podríamos haber tenido una cena como la de ciertas tribus 
selváticas: larvas comidas a mano.
 —Calla, que no quiero ni pensar el ambiente donde estaban esos bichos. 


miércoles, 6 de agosto de 2025

Un trabajo de una semana

 


Sí, por fin lo había conseguido nuestro protagonista. Aquel trozo era el último
vestigio de la tarta de San Marcos casera que Coralia había llevado al domicilio
de los Gordal Palacios por el cumpleaños de nuestro protagonista. Cuando la vieron
todo el mundo quedó muy gratamente sorprendido por lo bien hecha que estaba, y
también, algo menos, por su tamaño. No por pequeña, sino por todo lo contrario,
esa cantidad de pastel era a todas luces demasiada para los tres hermanos.

 —Tendréis para varios días —comentó Coralia.
 —Yo al menos. No sé si mis hermanos colaborarán —respondió Fran—. Muchas gracias, 
cuñada.

Al comenzar la semana, lunes, Fran se sirvió un bien pedazo para desayunar. Entraba
todavía muy bien aunque, sólo de pensar en ese pedazo y lo que quedaba, nuestro
protagonista ya se veía abrumado.

 —Deja algo para los demás, que te estás poniendo bolita —le dijo Juan.
 —Coged cuando queráis —respondió Fran.
 —Ya cogeremos.

 Pero dos días más tarde, parecía que salvo los desayunos de Fran nadie tocaba allí.
Encima cada vez que Juan o Carolina le veían coger tarta le soltaban lindezas del estilo de:

 —Te das todos los caprichos —le gritó Carolina—yo no la he probado desde el día en que 
la abrimos.
 —Coño, pues aún queda una porción. No lo digáis y cogedla.


Pero llegando ya al viernes, nuestro protagonista observó que ninguno de sus hermanos
había consumido ese remanente de la tarta y se decidió a comérsela él. Ocurrió lo
previsible, y la tarta ya había perdido la frescura de cuando llegó. Pero aún seguía buenísima.

 —Bueno, pues ya se acabó. Agradécesela a Coralia de mi parte, Juan —sentenció nuestro
 protagonista.
 —Ya se lo agradecí, si estaba muy buena. Pero podías habernos gardado algo —respondió su hermano.
 —Y hasta ya reseca te la has comido tú. Eres un gumias y así te vas a poner de cebón —intervino
 Carolina.
 —Yo a veces dudo de si me tomáis el pelo o de verdad me echáis broncas por lo que me las echáis
—sentenció nuestro protagonista—. La próxima vez que Coralia me haga una de tamaño
 individual y todos contentos.