―¿Te das cuenta de
lo que he
encontrado,
Fran? Hacía
años que
no veía este
sujetador. Nuestro
protagonista
observaba la escena
con asombro y
alivio. De modo
que el gritería que
había proferido
Carolina en su
cuarto no se debía más que a haber encontrado aquella vieja prenda, que como cabía esperar
estaba en un estado propio de haber desaparecido durante años. ―Bueno, lávalo y quítale la pelusa que encima te vas a escocer las tetas si te lo pones
―dijo nuestro protagonista. ―Si lo he encontrado es que va a pasar algo maravilloso. ―Sí, que tendrás más mudas. Anda, no me des la brasa y échalo a lavar. ―Pero, ¿te das cuenta de que llevaba cinco años o así sin él? ―Bueno, me la trae floja. Yo también perdí, y del todo los que llamaba mis calzoncillos
mágicos y te aseguro que se supera. ―Esos estaban ya hasta desteñidos, Fran. Este está perfecto y me va a poner otra vez
irresistible como estaba. ―Bueno, pues me alegro de que para recuperar tu esplendor haga falta tan poco. Y algunos
volviéndose locos por la eterna juventud. Fran se olvidó del asunto hasta dos días más tarde. Entonces se encontró a su hermana
frotando frenéticamente el sujetador en la ducha. Entonces entendió que con Carolina
aquel hallazgo era todo un acontecimiento. ―¿Pero qué haces? ¿por qué no usas la lavadora? ―En la lavadora desaparecerá. Voy a seguir conservándolo. ―Bueno, yo sólo te digo que hagas lo que quieras con tus caprichos y tus tonterías, pero
que no nos enteremos los demás ―sentenció nuestro protagonista, que creyó que era
mejor dejar a su hermana con su ilusión y no insistir para poner en orden cosas que no
eran suyas.


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