Fran extrajo aquel
flan del horno y
lo contempló
con delectación.
Aquel día iba a
venir a
comer Coralia
y se había dado
la extraña
coincidencia de que todos en casa estaban libres. Si el flan quedaba bien, Fran conseguiría
un tanto insuperable. Al pasar y dejar el flan en
la nevera observó los ingredientes que había utilizado. Leche, huevos y azúcar, por
supuesto, vainilla, coco rallado y caramelo. Tenía en mente que debía pensar otros sabores
para darle la próxima vez que hiciera un flan, pero aquella vez iba a quedar magnífico.
—¿Eso no tendrá que enfriarse? —dijo Carolina cuando llegó.
—Bueno, lo dejamos en la nevera y de aquí a que acabemos de comer tendremos un
postre estupendo—respondió Fran.
—Yo creo que deberías haberlo dejado hecho ayer para que hoy se pudiera comer
bien—añadió Juan.
—Bueno, no te pongas a exigir encima, que t he solucionado el postre.
—Si Coralia te lo agradecerá, pero es que no sé si habrá tiempo.
La cuñada de nuestro protagonista llamó a la puerta cinco minutos después. Esta vez,
al contrario de como solía, no traía un cargamento de comida de su casa. Fran pensó que
disfrutaría con lo que él y sus hermanos le ofrecían.
—Sólo he traído esta tarta de tres leches.
Fran observó con horror, que lo único que se le había ocurrido traer a su cuñada
aquella vez era precisamente un postre.
—Bueno, Fran, nos lo comeremos mañana —dijo Juan.
—A mí me podrías dar uno para Rafael —añadió Carolina.
—¡De ningún modo!—gritó nuestro protagonista—. ¡Me lo tomaré yo como desayuno y
merienda hasta que se acabe!
—Bueno, no te enfades que habrá más días.
—De acuerdo, pero además me voy a coger el pedazo más grande de tarta. Me lo he
ganado. Y no sé si volveré a preparar otro flan.
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