lunes, 20 de abril de 2026

Una figura alegórica viviente

 


Llegó nuestro

protagonista a

aquella esquina.

Notó que

quizás ya

se había

puesto demasiado
abrigo para el

tiempo que hacía. Vio a dos palomas hacer las danzas amorosas que hacían en
esta época. Además los árboles estaban floridos y el suelo estaba tapizado de semillas de olmo.
Por suerte yo no soy alérgico, pensó, pero para algunos va a ser un tiempo jodido ahora. Y
entonces lo oyó. Aquel gemido le indicó que efectivamente había llegado la primavera. En aquella
esquina residía un disminuido al que su familia solía tener fuera en la terraza en los meses de
calor. A lo largo de todo el invierno nuestro protagonista había pasado por allí sin oírle, pero
allí estaba.

Me alegro de volver a verte—le dijo nuestro protagonista.

El hombre pareció no darse cuenta. Fran pensó en gritar más, pero sin saber siquiera su
nombre tampoco era cuestión de ponerse a alborotar la calle. El caso es que aquel rostro
y aquel sonido era el indicador más claro que había visto nuestro protagonista del tiempo
primaveral. Recordó representaciones en las que la primavera aparecía representada
como una especie de hada que volvía verde y frondoso todo lo que tocaba. No era así, la
primavera hecha persona era un hombre vestido siempre con camisa y vaqueros que
observaba desde un balcón y de vez en cuando emitía un grito.

La realidad suele ser más prosaica que las figuras alegóricas que usamos—dijo en su casa
cuando llegó.
Bueno, eso es lo de menos—le contestó Carolina—. Lo importante es que parece que se
acaba el frío.
No del todo. La primavera es imprevisible.Yo sólo espero que si vuelve el frío todavía en algún momento no dejen a ese hombre
helándose en la terraza.
Esperemos que no.

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