domingo, 12 de julio de 2026

Calentamiento global en tus mismas manos

 


Fran observaba orgulloso aquel par de huevos fritos con puntilla y morcilla. Como siempre había pensado, era increíble que con tan poco esfuerzo e ingredientes saliera un plato tan delicioso. Sólo tenía un inconveniente que le recordó Carolina Gordal:


–—Se gasta mucho aceite con lo caro que va.

–—Sí, pero bueno, qué le vamos a hacer. Ahora lo pasaremos a la botella del aceite usado para llevarlo al punto limpio.


Fran se fue al baño a lavarse las manos y de pronto oyó a su hermana gritar asustada. Corrió y cuando llegó no creía lo que veía: la botella de plástico del aceite desechado estaba derritiéndose y deformándose en las manos de su hermana:


–—¡Aparta! –—gritó nuestro protagonista mientras buscaba una olla grande que contuviera el aceite que se escapaba del agujero de la botella y el plástico quemado.


Dejó la botella deforme en el fregadero y observó que, por lógica, también el embudo que él usaba para llenar la botella se había derretido.


–—Por esto dejo yo siempre el aceite en la sartén hasta después de comer, Loli. Si lo hechas caliente pasa esto.

–—¡Qué horror! Hay plástico quemado y aceite por todas partes. Esto nos va a joder los pulmones.

–—Pues espera ahora que se enfríe todo para que podamos recogerlo. Sal de aquí.


Los dos hermanos se sentaron a la mesa y Fran, mirando por la ventana vio el fortísimo sol y el calor que hacía en aquellos días en la ciudad. Aunque en aquel momento era un calor lógico en el mes en que se encontraban hacía unos días el calor había batido récords en toda Europa. Todo se debía, al parecer, al fenómeno del calentamiento global de su plantea.


–—Acabaremos como la botella de aceite–—pensó para sí.



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