—No me gusta que lleves eso así —dijo esa madre a aquella niña de unos diez años—. No has nacido en la tribu de las mujeres jirafa esas, así que no tienes porqué hacerte daño en el cuello.
—Pero a mí me gusta, mamá. Y no me hace daño.
Fran se reía observando la escena y asombrado ante el gusto de aquella infante por ese collar tan feo y que a ojos vista le apretaba el cuello. Al mismo tiempo vio a un hombre pasear un perro y recordó que hacía tiempo los collares que solían llevar los canes había sido cambiados por arneses de hombros precisamente para evitar axfisiarlos. Una medida de clemencia que había tenido la sociedad con los animales domésticos no la quería esa niña para sí misma. Como adivinando los pensamientos de nuestro protagonista, su madre dijo:
—Te voy a poner una correa y a pegarte un tirón cada vez que te vea con eso.
—Que no me molesta, mamá, de verdad.
—Pues yo voy a hacer que te moleste.
Fran las perdió definitivamente de vista y recordó un reloj que él había tenido más o menos en la misma época en que tenía la edad de esa niña que le daba alergia, pero que se negaba a quitarse. Pensó en que la obstinación de aquella niña se le pasaría el día que se viera una marca en el cuello en el espejo. Incluso él recordaba que al perro Trece que tuvo en tiempos le pilló ya muy mayor el cambio de paradigma y parecía preferir su collar de hierro al arnés. La única forma de que cambiara llegó cuando aquel collar reventó por el uso. Sí, eso era. Lo que debía hacer la madre de esa niña era reventar el collar antes de que le dejara una marca en el cuello. Y yo igual debería hacer lo mismo con este cinturón que llevo. Pero bueno, yo puedo adelgazar, esa niña no puede cortarse un trozo de cuello.


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