Desde hacía algún
tiempo aquel animal merodeaba siempre por un descampado cercano a la estación de tren de Atocha. Al pasar por allí Fran no podía apartar su vista de él. Elbicho también miraba fíjamente a nuestro protagonista sentado en la hierba. —Ese gato anda siempre por aquí—dijo Fran—. Se diría que es un gato callejero, pero a mí
me parece que tiene como demasiado buen aspecto para ser un animal de la calle. —Está muy cerca el edificio de la estación, Fran—respondió Carolina—. Igual le cuidan
ellos. —Es que hasta diría que es de raza. Una especie de gato persa o de angora negro. Mira qué
largo tiene el pelo y qué bien cuidado. —Bueno, la gente tiende a llamar de angora a cualquier gato de pelo largo. No creo que
éste lo sea, porque además es negro como un tizón. —Es que esos gatos pueden ser también negro y de varios colores más, Cárol—respondió Fran.El animal siguió con la mirada a los dos hermanos y posteriormente caminó hacia la parte
de atrás del edificio de la estación. Poco después comenzó a llover.
—No tiene un pelo de tonto. Ha notado esta lluvia y se ha resguardado. —Si a los gatos no les gusta en general el agua, imagínate ese con sus pelos. De momento
parece que como mínimo se refugia allí, pero no corre hacia ninguna casa ni nada. —Será, como tú dices, la mascota de los de la estación. —Puede ser.A ver mañana si está otra vez. Hubo que esperar varios días, porque aquella fue una época muy lluviosa en
la ciudad, pero cuando acabó, allí estaba otra vez aquel felino, sin pisar el barro y perfectamente limpio.—También le habrá venido bien estar refugiado estos días, que ya sabes quepor Halloween y demás hay tarados que cogen a los gatos negros y les hacenputadas en rituales.—Me recuerda a Dieguito, nuestro gato en tiempos —dijo Carolina. —Espero que no sea tan cabrón como aquel. Dieguito en una estación ya habría
provocado un corte eléctrico que tendría a todos los pasajeros en tierra. Ese sí que justificaba la creencia de que los gatos negros son enviados del infierno—sentenció Fran.

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