Nuestro protagonista acabó de planchar aquellos pantalones. Ahora tocaba dejarlos
en algún sitio seguro para que al día siguiente le sirvieran en la importante cita de
trabajo que tenía.
—Ahora irás mucho mejor que como ibasantes, con toda esa ropa arrugada—le dijo Carolina Gordal. —Pero estos veinte minutos que he dedicado
a ello no me han gustado nada.Esa era una convención social que nuestro
rotagonista no llevaba nada bien.
Sinceramente no creía él que el que una prenda estuviera arrugada o no pusiera
mucho en el aspecto de una persona, pero hacía tiempo que había asumido que sí,
que siempre había alguien dispuesto a pasarte por la cara cómo llevases la ropa,
por lo cuál había decidido que pondría cuidado en ello al menos cuando fuera a
citas importantes. Pero no le gustaba hacerlo.
—Yo de verdad que no sé a qué viene eso, cuando la ropa de por sí se arruga —dijo nuestro protagonista. —Pues mañana vas y se lo explicas al tío con el que vas a hablar de tu sueldo
—respondió Carolina. —No, claro. Pero me ha jodido tener que montar la mesa de planchar, el agua de
la plancha, la manta para poner encima la ropa... —Será que tenías mucho que hacer. De hecho, ya que te has puesto, ¿por qué no
te haces todo tu cajón? —¡No jodas, Cárol! —Pues por lo menos ten más cuidado cuando guardes la ropa.Nuestro protagonista se quedó pensando en si valía la pena aquel esfuerzo cuando
él mismo nunca se fijaba en esas cosas, pero parecía que el resto del mundo iba contra
él. Rezongó, miró el cajín y pensó que tampoco estaba todo tan arrugado como
para hacerlo con urgencia.
—Al contrario—le dijo Carolina—, hay mucha prisa porque cuanto más lo dejes menos te va a apetecer. —Bueno—rezongó Fran—, lo consideraré un labor de diplomacia con el resto
del mundo. Pero a veces no sé hasta qué punto es lógico ceder en algunas cosas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario