—Y no te olvides
de lo que te he
pedido, ¿eh? —dijo
Carolina Gordal
a Fran cuando
éste salía
a la compra—. Casi
no nos queda. —De acuerdo,
pero yo no sé
cómo todos
los días hay
que traer eso.
Las bolitas de limpieza de retretes eran sin duda un producto necesario en cualquier hogar.
—Bueno, pues ya está. Así nuestros retretes seguirán limpios, relucientes y fragantes durante
Pero no había ocasión en que Fran saliera a la compra y que no se las pidiera su hermana.
Por suerte eran baratas, nada de gasto inasumible, pero Fran estaba seguro que si se
sumaran todas las que compraba al mes no bajarían de los 30 euros.
mucho tiempo. —Durante dos días, creo yo—contestó Fran. —Pues no meéis ni caguéis y no habrá que hacerlo.Nuestro protagonista obró en consecuencia y, al día, siguiente, se gastó diez euros en
—¡Tú no estás bien de la azotea! Mira todo el armario rebosante de pastillitas y la pasta de
pastillas para aquel propósito. Las dejó en un armario del cuarto de baño. Cuando Juan
se quiso cepillar los dientes las encontró y no le hizo demasiada gracia.
dientes me ha costado como cinco minutos encontrarla. —Seguro que en ese tiempo Carolina ya ha cambiado tres veces la pastilla —dijo nuestro
protagonista. Unos pocos días más tarde, Fran se disponía a salir a su trabajo. Antes de irse Carolina le
pidió algo: —A ver si traes pastillas de retrete, que casi no quedan. —¡Ni de coña!—dijo Juan—. Que luego lo llenáis todo con ellas. Fran pensó si no sería eso lo que ocurría, que Carolina no sólo las ponía en los retretes sino
por toda la casa. En todo caso, él ahora tenía que trabajar. Que sus hermanos resolvieran
el asunto entre ellos.


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