—Muy bien, pues eso
era todo. Gracias
por su asistencia —dijo
aquel coacher o lo
que sea con
el cuál habían
citado a Fran en
su trabajo
—No hay de qué, todo lo que sea para subir en el trabajo se hace con gusto—respondió nuestro
protagonista.
La verdad es que Fran estaba deseando pasar aquel trago. Es unja de las nuevas prácticas que
se ponen en marcha últimamente en las empresas. Una charla motivacional, o cursillo, o como
lo quieran llamar, teóricamente voluntaria pero que bien sabía Fran que si no acudía le tomarían
en cuenta en el futuro para ciertas cosas. Además había que preparárselas bien, vestirse como si
fuera uno a algo importante, etc. Era un alivio haber acabado con eso. Fran pasó al baño y
sintiéndose mucho mejor evacuó, más por la tensión soportada que por verdaderas ganas de
orinar y se dirigió al lavabo a lavarse las manos. Ahora sólo quedaba volver al puesto y...
¡un momento! ¿Qué era eso que veía en el espejo? Allí, en aquellas gafas que había llevado aquel
día porque las consideraba más adecuadas a la naturaleza del evento que las lentillas que solía
usar, había un enorme pegote blanco. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto ni se hubiera
dado cuenta en toda la jrnada? Se las quitó y observó que era nada menos que...¡un grano de
arroz! ¿Cómo había llegado allí? Seguramente de la cena del día anterior de huevos fritos con
arroz. Bueno, lo primero era limpiar bien las gafas pero... ¿había pasado a aquella charla tan
importante con un enorme pegote blanco en las lentes? Si era así la impresión no habría sido
muy buena. Pensando en ello y comiéndose la cabeza, Alejo, un compañero de trabajo, le
comentó:
—Bueno, te has puesto de punta en blanco para todo. Espero que hayas contestado bien.
—No me he quedado en blanco —dijo nuestro protagonista traicionado por su subconsciente
que aún le hacía pensar en el pegote blanco.
—Se nota que eres cuidadoso, inteligente... Seguro que han tomado nota, hombre.
—Espero que no —dijo Fran.
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