Nuestro héroe caminaba aquel día por
la ciudad. La ciudad estaba ya cubierta de luces y adornos navideños.
También los comercios, tanto grandes como pequeños lucían ya
carteles mostrando sus ofertas de productos navideños. Y entonces,
pasando cerca de una pescadería, una de esas “ofertas” llamó la
atención a nuestro protagonista: la langosta viva (pues no olvidemos
que hay que llevar los mariscos vivos o congelados) costaba ¡165
euros! Y eso incluso si como ofrecía aquel comercio, uno encargaba
que la cociera el pescadero. Nuestro protagonista había visto hacía
días que congelada costaba 15 euros. Bien sabía Fran que cualquier
producto era más barato congelado, pero hasta el extremo de contar
más de diez veces fresco era algo excesivo. Otros mariscos
similares como el buey de mar o el centollo costaban caros pero un
desembolso que en esas fechas era asumible. Pero aún presentaban el
problema de comprar un bicho vivo, llegar a casa con él triscando,
cocerlo... Y francamente, hacía bastante que nuestro héroe no
tomaba el marisco fresco, pero congelado, al menos a él, le parecía
magnífico. Desde aquel día no comprendió que podía comprar por la
décima parte de su precio no sólo el producto que buscaba, sino la
comodidad. Pero siempre pensaba si la diferencia de sabor valdría el
sacificio.
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