lunes, 11 de diciembre de 2017

Comprando comodidad.

Nuestro héroe caminaba aquel día por la ciudad. La ciudad estaba ya cubierta de luces y adornos navideños. También los comercios, tanto grandes como pequeños lucían ya carteles mostrando sus ofertas de productos navideños. Y entonces, pasando cerca de una pescadería, una de esas “ofertas” llamó la atención a nuestro protagonista: la langosta viva (pues no olvidemos que hay que llevar los mariscos vivos o congelados) costaba ¡165 euros! Y eso incluso si como ofrecía aquel comercio, uno encargaba que la cociera el pescadero. Nuestro protagonista había visto hacía días que congelada costaba 15 euros. Bien sabía Fran que cualquier producto era más barato congelado, pero hasta el extremo de contar más de diez veces fresco era algo excesivo. Otros mariscos similares como el buey de mar o el centollo costaban caros pero un desembolso que en esas fechas era asumible. Pero aún presentaban el problema de comprar un bicho vivo, llegar a casa con él triscando, cocerlo... Y francamente, hacía bastante que nuestro héroe no tomaba el marisco fresco, pero congelado, al menos a él, le parecía magnífico. Desde aquel día no comprendió que podía comprar por la décima parte de su precio no sólo el producto que buscaba, sino la comodidad. Pero siempre pensaba si la diferencia de sabor valdría el sacificio.

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