Nuestro protagonista dobló aquella camisa y la metió en el cajón. Junto a los pantalones
que había guardado el día anterior, los calzones de dos días antes y las prendas que habían
definido toda una semana. Carolina ya traía un manojo de pantalones de pijama y otras
prendas.
—Es lo que hay. Como no para de llover voy
trayendo las prendas tendidas de una en una a ver si
aquí hay más suerte —esplicó la hermana de nuestro protagonista. —Bueno, mientras no se queden oliendo a humedad no pasa nada. Pero eso es lo que me temo.Fran observaba el paisaje del interior de la casa, con sábanas colgando de la puesta de los armarios,
camisas extendidas sobre las sillas del comedor, y pijamas en los diferentes cuartos.
—No sé si hace una semana que hiciste esa colada y todavía queda ahí otro puñado más de ropa para
decorar la casa unos días —dijo Carolina. —A Juan y a mamá no les ha faltado, eso es lo importante. Yo me apaño —explicó nuestro
protagonista —Pero las camisas negras que es lo que más me preocupa, me cuesta encontrarlas —intervino Juan. —Yyoelotrodíanoteníaunsujetadoraversimedejáisenmicuartocosasqueponermeporquemevuelvoloca buscandoynoséporquétocáismiropaqueyosiemprelahetenidobienquevaisylacogéisyluegonohay maneradeencontrarla... —añadió Doña Marta. —Pues mira, si eres tan católica, rézale a San Isidro Labrador, que ahora parece que hay sol, pero
llevamos una semana como la llevamos —sentenció Carolina.Nuestro protagonista seguí inspeccionando la ropa y, de momento, dando gracias al santo porque
no hubiera cogido olor.
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