sábado, 24 de agosto de 2019

Aspirantes a la manita de hostias.


Juan Gordal estaba abstraído mirando una estantería de aquella librería de libros antiguos, cuando notó que algo le rozaba los pies. Se sobresaltó, pero pronto vio que lo que le había rozado era un diminuto perro York Shire. Entonces llegó una chica regordeta y con gafas que pronto demostró ser la dueña del perro y preocupada, le habló.




-¡Ay perdona! ¿Te da miedo? ¿Te ha molestado?
-¿Molestar? -dijo Juan sorprendidísimo de la pregunta mientras acariciaba al perro-. En absoluto. Al contrario, me parece muy gracioso?
-Menos mal. A veces la gente me ha dicho cosas terribles de mi perro.

Entonces nuestro protagonista que estaba observando libros de historia en otra estantería intervino.




-¿Qué gente? ¿Tantos gilipollas hay en el mundo?
-No, no, pero es que algunas veces ha ladrado y...
-Pero si es tan inofensivo y tan bonito que le han dejado entrar aquí.
-Pues hay quien no le gusta.

Al acabar ambos hermanos reflexionaban sobre el incidente:




-Pero si no lo había ni visto, y no ha hecho el menor ruido. Cuánto gilipollas -decía Juan Gordal.
-Y la pobre chica tan cortadita... Además era un estereotipò de las que ahora llaman los cursis "no normativas". Ya te digo yo: algún memo le montó un pollo que a ti o a mí no con Diez, con Trece, que sí era enorme no nos montaban
-Pues no se me había ocurrido. Pero vamos, es un perro que hatsa dejen entrar en la tienda.
-Bueno, igual porque la chica es familiar de los dueños de la librería. Pero sí, hasta eso. Ya te digo yo que si al que le haya protestado le ladra Idefix, por poner un ejemplo que todos conozcamos, a Obélix no se atreve a montarle una bronca.
-Sí, más de uno y de dos que necesitan una buena manita de hostias.


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