Una vez más, nuestro
protagonista aún se lamentaba de no haber conseguido ningún premio
en la popular lotería de navidad. Sin embargo, como de costumbre,
esos días apreciaba el tener salud y encontrarse en casa. Cada año
más que Doña Marta Palacios le hacía aquella peetición se sentía
afortunado:
- ¿Me has hecho ya la
lista de la compra?
- Sí, mamá, estan los
mariscos, el champán , la sidra, el relleno del pavo, el coñac, el
pan y los navos para preparar el pavo...
- Y por supuesto el
pavo, ¿verdad?
- No, eso no, pero me
prece tan obvio...
- Apúntalo que lo que
parec obvio es lo que tiende a olvidarse.
Después de acompañar a
su madre a por las compras, nuestro héroe se distrajo contemplando
el Belén de su casa. Nunca entendía nuestro protagonista cómo aquí
había gente que podía preferir los árboles a los belenes,
auténticas obras de arte. Contemplar la cena preparándose también
era un gusto. Al sacar a Diez, notó cómo toda la escalera olía a
las salsas caseras que los vecinos preparaban aquel día. Pero justo
antes de la cena vio algo en el ordenador que hacía aún mejor
aquella navidad. En un lejano país castigado por cinco años de
guerra, en una ciudad destrozada, personas de varias creencias y
tradiciones celebraban juntos aquel día especial. Y entonces se dijo
así mismo que sí, que la navidad podía llevar la alegría a todo
el mundo. Y cuando se sentó a la cena llegó el momento culminante:
-Se cha de menos a
Carolna y Alvarito, ¿verdad? -dijo Juan Gordal
-Pero vendrán een año
nuevo. Piensa en todos los que echarán de menos en Aleppo.
-A ellos dedicará mis
oraciones -sentenció Doña Marta.
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