-¡Diez, párate quieto de una vez!
-dijo nuestro protagonista.
-Bueno, no hace más que revolcarse,
cosa natural en un perro -le contestó Doña Marta Palacios.
-Sí, pero es que deshace mi cama
cuando le da por ahí.
-A mí también me lo ha hecho, pero,
en fin, es normal. Luego se recoloca y se acabó.
-Lo malo es que a estas alturas ya es
mayor y va a ser difícil enseñarle a dejar eso.
-Trece también lo hacía y como era
mucho más grande era peor.
En eso Doña Marta Palacios tenía
razón, el anterior perro de la familia tenía el mismo hábito y
nadie había sido capaz de enseñarle a quitárselo en todos sus años
de vida. Fran pensaba en algún método de enseñar a su perro a no
hacer aquello. Lo más lógico era cerrar las puertas, pero tampoco
quería tener encerrado al animal.
-Mira, ¿ves? -dijo Doña Marta-.
Ahora viene a mi cuarto a hacer lo mismo.
Fran se sorprendía aún de la
tranquilidad con la que su madre encajaba el desorden que su perro
montaba haciendo todo aquello y de pronto... se oyó una especie de
pitido y el perro paró.
-¿Qué ha pasado? -preguntó nuestro
hombre.
-No sé, es como si...
Diez volvió a revolcarse otras dos
veces y el pitido volvió a sonar, provocando que parase con una
expresión perruna entre de incredulidad y desagrado. Al tercer
pitido se bajó y abandonó, dejando entrever entre sábanas y
edredones la causa de aquello: el pollo de goma que en su día habían
comprado Juan y Fran estaba “enterrado” entre las sábanas. Diez
era el único perro que Fran había visto que no jugaba ni con
pelotas ni muñecos con pito, pero aquella vez parecía que iba a
tener alguna aplicación práctica.
-Tendré que esconder muñecos en mi
cama -dijo Fran.
-Yo no no creo que valga la pena que
te gastes dinero en eso -le dijo Doña Maarta.
-Mejor que el tiempo que pierdo.
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