martes, 21 de noviembre de 2017

Aplicación práctica.

Diez, párate quieto de una vez! -dijo nuestro protagonista.
-Bueno, no hace más que revolcarse, cosa natural en un perro -le contestó Doña Marta Palacios.
-Sí, pero es que deshace mi cama cuando le da por ahí.
-A mí también me lo ha hecho, pero, en fin, es normal. Luego se recoloca y se acabó.
-Lo malo es que a estas alturas ya es mayor y va a ser difícil enseñarle a dejar eso.
-Trece también lo hacía y como era mucho más grande era peor.

En eso Doña Marta Palacios tenía razón, el anterior perro de la familia tenía el mismo hábito y nadie había sido capaz de enseñarle a quitárselo en todos sus años de vida. Fran pensaba en algún método de enseñar a su perro a no hacer aquello. Lo más lógico era cerrar las puertas, pero tampoco quería tener encerrado al animal.

-Mira, ¿ves? -dijo Doña Marta-. Ahora viene a mi cuarto a hacer lo mismo.
Fran se sorprendía aún de la tranquilidad con la que su madre encajaba el desorden que su perro montaba haciendo todo aquello y de pronto... se oyó una especie de pitido y el perro paró.

-¿Qué ha pasado? -preguntó nuestro hombre.
-No sé, es como si...

Diez volvió a revolcarse otras dos veces y el pitido volvió a sonar, provocando que parase con una expresión perruna entre de incredulidad y desagrado. Al tercer pitido se bajó y abandonó, dejando entrever entre sábanas y edredones la causa de aquello: el pollo de goma que en su día habían comprado Juan y Fran estaba “enterrado” entre las sábanas. Diez era el único perro que Fran había visto que no jugaba ni con pelotas ni muñecos con pito, pero aquella vez parecía que iba a tener alguna aplicación práctica.

-Tendré que esconder muñecos en mi cama -dijo Fran.
-Yo no no creo que valga la pena que te gastes dinero en eso -le dijo Doña Maarta.
-Mejor que el tiempo que pierdo.

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