Nuestro protagonista se estaba
colocando los pantalones y arreglándose el pelo en el espejo en
aquel labavo de la Fnac, después de hacer el uso lógico de aquella
habitación. Mientras se lavaba las manos y se volvía hacia la
percha a recoger su bolsa de pertenencias, vio algo que le llamó la
atención: dos monedas de dos Euros estaban tiradas en el suelo.
Suerte para él de encontrarlas, pensó. Pero cayó en que estaban en
medio de un pequeño charco cuyo desagradable aspecto y lugar
desaconsejaban de plano cogerlas. Pasó un minuto pensando en lo que
podría hacer: dejarlos ahí y que otro los aprivechara, a fin de
cuentas él en aquel momento estaba bien de dinero. Podría cogerlos
y lavarlos, pero nuestro héroe era demasiado escripuloso para no
pensar en su procedencia y llevarlos en el bolsillo. Recordó que una
vez en cierta revista dedicada a la historia y la arqueología, había
leído que las tuberías de las letrinas romanas ofrecían un
material muy curioso para el estudio de esa civilización por la
enorme cantidad de objetos personalesque miles de años atrás habían
perdio los romanos allí. Seguramente ellos pasaron alguna vez por
aquel trance. Y decidió: siempre había sido un gran entusiasta de
la historia y el estudio de las mismas. Dejaría aquel testimonio
para las generaciones posteriores, mejor que un dinero que él mismo
sabía que no podría aprovechar. Aunque más probable era que el
siguiente usuario del baño no fuera tan escrupuloso como él y sí
recogiera esas monedas. En cualquier caso, un personaje posterior lo
aprovecharía mejor que él.
-Joder -dijo Juan Gordal viendo la
bolsa de nuestro protagonista-, te has pillado tres libros de
historia, cada vez te obsesiona más.
-Pues incluso yendo al baño me he
acordado de ella, Juan .
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