miércoles, 5 de diciembre de 2018

Piezas arqueológicas.

Nuestro protagonista se estaba colocando los pantalones y arreglándose el pelo en el espejo en aquel labavo de la Fnac, después de hacer el uso lógico de aquella habitación. Mientras se lavaba las manos y se volvía hacia la percha a recoger su bolsa de pertenencias, vio algo que le llamó la atención: dos monedas de dos Euros estaban tiradas en el suelo. Suerte para él de encontrarlas, pensó. Pero cayó en que estaban en medio de un pequeño charco cuyo desagradable aspecto y lugar desaconsejaban de plano cogerlas. Pasó un minuto pensando en lo que podría hacer: dejarlos ahí y que otro los aprivechara, a fin de cuentas él en aquel momento estaba bien de dinero. Podría cogerlos y lavarlos, pero nuestro héroe era demasiado escripuloso para no pensar en su procedencia y llevarlos en el bolsillo. Recordó que una vez en cierta revista dedicada a la historia y la arqueología, había leído que las tuberías de las letrinas romanas ofrecían un material muy curioso para el estudio de esa civilización por la enorme cantidad de objetos personalesque miles de años atrás habían perdio los romanos allí. Seguramente ellos pasaron alguna vez por aquel trance. Y decidió: siempre había sido un gran entusiasta de la historia y el estudio de las mismas. Dejaría aquel testimonio para las generaciones posteriores, mejor que un dinero que él mismo sabía que no podría aprovechar. Aunque más probable era que el siguiente usuario del baño no fuera tan escrupuloso como él y sí recogiera esas monedas. En cualquier caso, un personaje posterior lo aprovecharía mejor que él.

-Joder -dijo Juan Gordal viendo la bolsa de nuestro protagonista-, te has pillado tres libros de historia, cada vez te obsesiona más.
-Pues incluso yendo al baño me he acordado de ella, Juan .


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