—¿Pero qué hostias haces?
—preguntó nuestro
protagonista a Juan
Gordal—. ¿Quieres dejar quieta
la luz? —Yo no sé dónde enredas este
cable pero cada vez que intento
estirar los pies se va la luz.
Los dos hermanos solían acabarel día después de quitar la cena
de la mesa sentados en aquel
rincón haciendo cada uno lo que les hubiera apetecido tras sus quehaceres. Pero las
ruedas de la silla de oficina donde acostumbraba a sentarse Juan Gordal solían tirar
del cable del flexo con el que se iluminaba la habitación provocando momentos de oscuridad
no deseada.
—Bueno, por lo menos apártate y vuelve a enchufar ¿no? —dijo nuestro protagonista. —Ya está hecho, Fran. Me parece que se ha roto la lámpara del todo.Fran cogió el flexo en la mano y miró la bombilla, el interruptor, el cable, y probó diversos apaños.
Sí, definitivamente a la mañana siguiente habría que comprar otro flexo en los chinos.
—¿Intentamos encender la luz grande? —preguntó nuestro protagonista. —Bueno, puedes hacerlo.Con la luz de la habitación encendida los dos hermanos retomaron sus actividades, pero vieron
que la percepción no era la misma a la que estaban acostumbrados.
—Vale, esta noche no me quedaré hasta muy tarde porque no dan ganas en estas condiciones —dijo
Fran. —Pues parece mentira, cómo el mejor momento del día se va al carajo en un momento. Una noche de
oscuridad hacía tiempo que no la teníamos.
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