—¡Ay, qué cansada
estoy! —dijo
Carolina Gordal
a nuestro
protagonista—.
Voy a sentarme
diez minutos
antes de hacer
nada. —Pues espérate que tengo que quitar todo lo que ha dejado Juan en el sofá —contestó nuestro
protagonista—. Luego se cabreará si se lo tocan. —¿Otra vez lo mismo? ¿Pero qué se cree ese que es el sofá? ¿Un vertedero?Fran recogió del batiburrillo que su hermano solía dejar encima de aquel sillón una mochila,
una bufanda, dos chaquetas, calcetines... Cuando Juan se vestía rápido para ir a alguna parte
solía dejar en esa zona del sillón sus cosas y Fran y Cárol, conocedores de los ataque de ira de
Juan cuando tocaban una pertenencia suya no se atrevían a decir nada ni a tocar el montón.
—Que grite lo que quiera, no puede dejar todo así como si no hubiera nadie más —dijo Carolina. —Pero es que encima se enfada él si se lo dicen. Bueno, el caso es que ahora esto está limpio y
está todo en su cuarto —respondió Fran. —Aquí todos trabajamos y ninguno dejamos eso así. —Bueno, tú ahora relájate y siéntate.Ambos hermanos disfrutaron de media hora de asueto y conversación hasta que llegó Juan
Gordal de sus obligaciones.
—Joder, hoy me he cansado —comenzó a decir—, pero ahora me podré de casa y... ¡Un momento!
¿Dónde están los pantalones que dejé aquí encima? —Todo lo hemos llevado a tu cuarto, Juan. No puedes dejar esto así. —¡¿Pero cómo tengo que deciros que no toquéis mis cosas?! ¡Sois la leche! —Esto no es un vertedero, Juan, y de tus cosas tienes que hacerte cargo tú —intervino Carolina. —¿Y de qué sirve si me ocupo de ello y os lo lleváis sin decirme nada? —gritó Juan. —¡Encima tiene los cojonazos cuadrados de cabrearse él! —exclamó nuestro protagonista—.
Bueno, ahora se calmará cuando encuentre todo. —Pero no puede hacernos esto —comentó Carolina—. Esto no se lo podemos permitir. —Pues se admiten ideas —sentenció Fran.
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