lunes, 19 de enero de 2026

Una preocupación en la vecindad

 

 

Después del paseo
vespertino que se 
daba cada día 
desde que tenía
 su nuevo trabajo,
 Francisco Gordal 
volvió a su casa. 
Habitualmente 
subía por las
 escaleras, para hacer 
algo de ejercicio, 
sólo usaba el ascensor si tenía el carro de la compra, si iba muy 
cargado o... lo que ocurrió aquella vez. De nuevo una de sus vecinas estaba asomada
 a la escalera gritando improperios:¡Y que no vuelvas a pasar por aquí, cabrón!¡Degenerado!

Las primeras veces que oyó esos gritos e insultos nuestro protagonista se asustó
y pensó si alguien atacaba a su vecina, pero ahora ya sabía que, por alguna razón
salía a destiempo a echar esas broncas a alguien. Era triste de ver, toda vez que
aquella mujer siempre se había portado bien con la familia de Fran, pero en los
últimos tiempos parecía haber perdido el norte. Fran, con tal de no encontrársela
en ese estado, subió por el ascensor.

Es una lástima—le informó Carolina—, porque quería mucho a mamá y sigue 
siendo amable con nosotros, pero se le ha ido la cabeza.Y ni de lejos tiene edad para ello, andará por los 50 y muchos o sesenta—puntualizó
 Fran.Yo no si deberíamos llamar para que alguien se hiciera cargo de ella.En eso no me meto. Lo que es seguro es que hoy la he oído y he preferido evitar 
cruzarme con ella. He subido en ascensor.Lo comprendo. Está como una chota.

En aquel momento una voz por el patio interrumpió a los dos hermanos:¡Y tampoco quiero verte por el patio! ¡Desgraciado! 

De nuevo era esa vecina hablando de malas a algún interlocutor desconocido. Los
dos hermanos observaron además algo inquietante.

Es un salto cualitativo, hasta ahora por el patio no gritaba—observó Fran.Pues va a más, y a ver ahora quién para esto —contestó Carolina.Esperemos que al menos no se vuelva violenta.Y lo triste que es decir eso.


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