—Fran, deja de comportarte como un obsesivo retrasado y ven a cortar verduras —dijo Juan Gordal a nuestro protagonista.
—Ya voy, hay que desinfectarse bien. Toda la pandemia lo he hecho y no voy a dejarlo ahora que ya casi lo hemos superado.
—Venga, que me dices que no sabes picar bien la verdura. ¿Cómo quieres aprender si no lo haces?
—Que sí Juan, pero el virus no lo he inventado yo.
Nuestro protagonista seguía frotándose las manos durante un minuto justo cada vez que se las lavaba para mantener a rayya a aquel virus que afligía su planeta desde hacía ya demasido tiempo. Otros ya relajaban las protecciones, al menos en parte, pero él seguçia pensando que hasta que no se pasara del todo aquella crisis sanitaria debía mantener el mismo nivel de alerta y responsabilidad. Su lavado de manos seguía siendo largo y con aplicación posterior de hidrogel.
—No te creas que me gusta esto. A veces también me deja las manos irritadas de frotar.
—A ver si te dejas de tonterías. Te gusta guisar, pero tienes que aprender esto.
—Joder, Juan, si hemos aguantado hasta que mamá, la más vulnerable de casa esté a punto de recibir la segunda dosis de la vacuna, será que lo hemos hecho bien.
Entonces llegó Doña Marta Palacios e intervino en la conversación de los hermanos:
—Holahijosaúnnomehanllamadoparalasegundadosisvoyalavarmelasmanosbienqueeljodíobichome
tienehartaaversinosvacunanyaatodosypodemosvolveraqueitarnoslamascarillaqueyoesquenolasoporto
tendréquelavarme...
—Frota bien, mamá. Estmos a punto de superar esto —dijo Fran.
—Pero acaba tú, pesado, que si no ella no pùede pasar —sentenció Juan.
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