—Joder, tío, pues yo necesito
esa mascarilla. Espero que
no se pase la pandemia antes
de que pueda conseguirla
—dijo aquel adolescente cerca
de nuestro protagonista.
Fran se volvió asombrado. Más
de un año llevaban en su mundo
soportando aquella pandemia y
deseando que todo acabara,desenmascararse, llevar una vida
lo más parecida a la que habían llevado antes,
y ahora aquel crío resulta que se había acostumbradoa las mascarillas y quería una nueva.
Nuestro protagonista meditaba todo esto mientras pasaba cerca de un kiosko turístico que
ahora incorporaba mascarillas con temáticas propios de la ciudad entre sus productos. Cosa
sorprendente si se tiene en cuenta que una de las medidas ante aquel mal eran los cierres de
poblaciones y cuarentenas Muchas veces, como ya hemos dicho había reflexionado sobre
los peligros de banalizar las mascarillas, que no dejaban de ser un instrumento sanitario.
Cerca de nuestro protagonista un niño se quejaba a su madre:
—No me has dejado coger la mascarilla de dibujitos, mamá.—Había que limpiarla, hijo —le respondía su progenitora.se decía nuestro protagonista,algún niño incluso llorará si nollevaese aditamento. Pensandoesto llegó a su casa, dondeDoña Marta Palacios lo recibió eufórica:
—Ayhijoestoymuycontentaporquemehanllamadoyaparalavacunaaversisepasarápidoypodemosyaquitarnoslamascarillaquenomedejanirespirarestoesunsuplicuoperosiseacabavoyaserfelizporqueyodesdeluegonopiensollevarlaundíamástodoelmundoestarádeseandoqueacabe...—Pues todo el mundo no, mamá —dijo Fran aliviado de que en su casa no ocurriera ese inquietante
fenómeno que había visto en la calle.
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