Aquella calle rebosaba de
semillas de chopo, que se
veían a simple vista. De
nuevo venía la época mal
a del año para un montón
de gente. Fran pensaba en
que en tiempos de una
pandemia como la que
afligía el mundo donde vivía
eso debía ser aún peor para los enfermos. Sin embargo, un transeúnte cercano a él le sacó del error. —Pues este año con la mascarilla esto está siendo mucho más llevadero. Creo que voy a llevarla
siempre en tiempo de alergia —dijo a su acompañante. Fran, sorprendido, pensó para sí que aquel hombre era el primero al que de verdad le veía aprender
o ser mejor con la pandemia, como se dijo durante algún tiempo. Fran, mientras tanto se sacudía el
polvo que cubría su propia mascarilla .Cerca de él un niño pequeño al que aún las medidas antivíricas
no obligaban por error a cubrir su boca estornudaba. —Ten cuidado no lo hagas cerca de nadie —le decía su madre. —Yo tamén quedo una carilla, mamá —pedía el pequeño en su media lengua.
Fran, pues observaba como la
población alérgica, contra lo
que había supuesto, llevaban
esta época mejor que otras.
Cuando una ráfaga de polvo
le entró en los ojos y le escoció
un momento recordó como
durante mucho tiempo a él le
habían protegido de forma
similar las gafas que llevaba, complemento
que ahora se desaconsejaba para que no se convirtiera en refugio del virus. Entonces entró
en una tienda y se compró una lata de refresco, pues aquel era uno de los primeros
días de calor de ese año. Poco después de bebérselo estornudó por la concentración
de polen. De pronto le pareció que lo que antes de la pandemia soportaba sin mayores
problemas ahora le producía muchas molestias. Nos hemos igualado, pensó, ahora los
alérgicos son más fuertes y los sanos más débiles.
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