Nuestro protagonista
lo oyó en su trabajo.
La nueva ola de la
pandemia que había
sumido durante
dos años en el caos
su mundo amenazaba con obligar a tomar nuevas medidas y quizás limitaran el
horario del personal. Uno de sus compañeros le previno.
—La verdad, yo después de lo que he pasado no me importa, trabajar me parece la leche —dijo nuestro
personaje. —Pero después lo que pasa es que en los reajustes debes horas y te quitan de vacaciones, por ejemplo
—le comentó uno de sus compañeros. —Ya, desde que esto empezó hemos pasado todo tipo de calamidades, pero en lo que se han centrado
es en que los empresarios no pierdan un duro.
Desde el principio de aquella plaga había habido una extraña dicotomía entre si se debía proteger
la salud de los habitantes o la actividad económica. Y de vez en cuando los mandamases de algún
sector hacían reportajes sobre sus penurias para salir adelante. En aras de mitigar sus quejas se habían
dispuesto varias medidas, como que el estado asumiera cierta parte del pago de los tiempos de baja
de los trabajadores, o medidas de aforo. Pero esta vez era la primera que nuestro protagonista lo
vivía como trabajador. Tendría que estar pendiente de cada oferta que le hicieran de las instancias
superiores para no acabar él pagando una situación que no había generado.
—En tod caso tendrían que incrementar la plantilla —comentó—, porque este negocio tiene que estar
abierto las 24 horas. —Lo que harán será obligarnos a producir el doble el tiempo que estemos aquí —le respondió su
compañero. —Empiezo a creer que encima del tiempo que he pasado sin trabajar se me ha arreglado justo en el
peor momento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario