—Bueno, ¿no
hablaste del
milagro de
la vida? Pues
seguro que
con esto te
entretienes
—aseveró Carolina
al dejar aquellos tallos mustios en manos de nuestro protagonista.
—Pero Carolina, se puede dar vida a un hijo o a un nuevo ser, pero tú me
estás pidiendo lo de «levántate y anda». O bueno, levántate y florece en
este caso.
—Yo no te pido nada, pero como este ciclamen estaba en casa de Rafael y
se nos estaba poniendo mustio, y ahora a ti te ha dado por la jardinería he
pensado que igual te gustaba.
Fran observaba aquel matojo, o aquellos restos de lo que en otros tiempos fue
una planta con escepticismo y duda. De todas maneras en la nueva afición que
le había entrado levantar aquel vegetal suponía un reto bastante estimulante.
—Bueno, déjamelo. Mañana miraré qué necesita y haré lo que pueda. Ahora, en
el estado en que me ha llegado no prometo nada.
—Sabía que te gustaría. A ver de lo que eres capaz.
—Bueno, de momento del ciclamen sé que es una planta de frío, que no soporta
el exceso de agua... La pondré en una zona de sombra. Y no la mováis que todo
el mundo a quien he consultado me ha dicho que moverlas le va fatal a cualquier
planta.
—Pues nosotros bien que la poníamos al sol.
—Lo que explica tantas cosas...
Fran buscó en la terraza donde estaban sus plantas y las que había dejado Doña
Marta Palacios y pensaba en el milagro de la vida que ya había conseguido.
—Me pregunto si Jesucristo en algún momento pensaría en rizar el rizo de sus
milagros —pensaba para sí nuestro protagonista mientras se preparaba para
intentar un imposible.
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