Juan
y Fran Gordal se apartaron para dejar paso a aquel operario. Estaba
cargado con un enorme mueble que transportaba con dificultades desde
un camión de mudanzas hasta un poeçrtal con la puerta abierta. De
camino se le cayó una herramienta, unas tenazas. Juan se las reogió
y se las entregó.
—¿Y
quiere usted que..? —comenzó a preguntar.
—No,
gracias, es mi trabajo —dijo el hombre con una sonrisa adivinando
lo que iba a preguntar Juan Gordal.
Cuando
ambos hermanos se quedaron solo comentaron el incidente.
—Una
cosa es no quedar como Robert Mitchum al principio de El Cabo del
Miedo, que queda caracterizado como un canalla por ignorar a una
señora a la que se le cae al suelo un objeto —dijo nuestro
protagonista —, y otra hacerle su trabajo a un tío de mudanzas.
—Sí,
pero entiéndelo, uno ve a un tío cargado y le sale de dentro
ayudar.
—A
lo mejor en este caso lo entorpeces más que lo ayudas —prosiguió
Fran
—No
sé cómo.
Al
decir esto, otro operario de la empresa de mudanzas apreció y dijo a
los hermanos:
—Perdonen.
¿Pueden dejar este tramo de la acera libre?
—Sí,
ahora mismo —dijo nuestro protagonista, y después se volvió hacia
su hermano—. ¿Ves, Juan? Meterse en el trabajo de otro, aunque no
te lo creas es algo que casi nunca ayuda.
—Sí,
tienes razón, pero a veces parece la típica excusa que se busca la
gente para pasar de todo sin remordimientos.
—No,
es muy sencillo: echa una mano a quien lo pida o a quien no esté en
su trabajo. Es simple.
No hay comentarios:
Publicar un comentario