—Fran, te están
subiendo las
hormigas por
la pierna.
Quítatelas antes
de que te devoren
vivo —dijo
Juan a nuestro
protagonista.Fran se sacudió
aquellos himenópteros
de sus pantalones, pero con cierta parsimonia y
—¿Quieres pegar una sacudida fuerte ya y quitártelas? Anda que menos mal que aquí
desgana. Lo hacía con movimientos de manos pausados, como temiendo usar toda la
fuerza. Juan le dijo:
no tenemos marabuntas de esas. —Es que no quiero hacerles daño porque se parecen a las hormigas de mi granja —dijo
Fran. Juan en principio se rio, pero luego contestó con sus habituales modos autoritarios: —¿Y por parecerse a Diez dejarías a un perro morderte los cojones? Venga no hagas
el imbécil, que a ver si la granja esa va a ser perjudicial para ti.Fran intentó sacudirse una vez más el pantalón, pero mientras pensaba en las galerías
—Bueno, ha costado. Mira que si un día se te rebelan tus bichos te van a devorar sin
que habían construido los pequeños habitantes de su ciudad miniatura siendo
arrasadas, en su temor sacando a la reina de su sitio... No era tan fácil.
remisión, Fran. Deberías deshacerte de ellos —dijo Juan. —Como toques a Catalina y sus súbditos te enteras. —De acuerdo, pero como te vuelva a ver hacer cucamonas a una hormiga te acuerdas. —¡Cucamonas no les hago ni a las mías! —Anda que quién me mandaría enseñarte los animalitos, qué monstruo he creado.


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