—Pues yo veo muy
evidente que
necesitamos
sartenes
nuevas—dijo
nuestro
protagonista
cuando Carolina y Juan Gordal hablaban de lo que podía comprarse con el dinero que
les quedaba.
—Yo no lo veo necesario —contestó Carolina—. Nos apañamos siempre con las que tenemos
y el dinero es poco. —Yo prefiero comprarme unas zapatillas—intervino Juan. —Unas sartenes no es un gasto desorbitado y comeremos mejor —razonó Fran. —Nada, déjate de tonterías, que aún no nos hacen falta. —Como queráis. Voy a preparar el salmón de la comida. —Eso, ponte a ello.
Y nuestro personaje cogió aquella sartén que ya había perdido el mango y cuyo fondo era
irregular, pero donde aún podía a veces freír carnes y pescados. Al darle la vuela a aquellas
rodajas de salmón les vio una mancha negra muy poco agradable. Cuando las sacó al plato
vio varios restos de carbonilla. Intentó sacarlo, pero no se notó. Llegó con esa fuente a la mesa.
—Aquí tenéis el salmón. Espero que sea de vuestro gusto. —Podrías haber puesto aceite limpio—dijo Juan Viendo la carbonilla. —Lo he hecho, pero esa sartén no da más de sí—respondió nuestro protagonista. —Seguro que está bueno. Voy a probarlo—terció Carolina. Cuando la mayor de los tres hermanos se metió aquella tenedorada en la boca su gesto se
cambió completamente. Arrugando toda la cara comentó: —Esto sabe a humo y productos químicos. —¿A ver? —dijeron casi al mismo tiempo Fran y Juan GordalLos dos hermanos probaron y se quedaron horrorizados. Juan, que en cuestión de comidas
siempre era mucho más expresivo que sus hermanos casi no pudo tenerlo en la boca.
—Esto debe ser hasta malo para la salud —comentó. —Entonces, ¿sartén nueva?—preguntó nuestro protagonista. —Más bien —asumieron sus dos hermanos.