Aquella cola en el supermercado no era agradable de guardar, pero había ido rápido. Nuestro
protagonista no había tenido tiempo ni de refunfuñar por toda la gente que tenía delante,
cuando ya estaba en línea para ser el siguiente que pasaría por caja. Entonces el cliente
anterior preguntó a la cajera si un paquete de pescado que llevaba entraba en la oferta que
anunciaba el super.
—No —dijo la cajera—, porque esa oferta es para nuestros congelados de marca blanca yeste es de otra. —Ay, pues anúlamelo, hija. La chica se dispuso a hacerlo y cuando
terminó de pasar los productos por la caja hizo la pregunta que todos oían al pasar por allí:—¿Efectivo o tarjeta? —Tarjeta... —contestó el hombre que iba antes que Fran, que no era la típica anciana que
se hace un lío en la cola, pero estaba actuando como tal—. Bueno, no la encuentro.Nuestro protagonista miró detrás de él y observó que se había formado una fila nada
despreciable de gente esperando a pagar. Fran chequeó el reloj y comprobó, como
suponía, que estaba a punto e igualar el tiempo que le había llevado llegar hasta allí
esperando a un sólo cliente.
—Bueno, pague en efectivo si no tiene la tarjeta —dijo la cajera. —Es que no llevo suelto, no contaba con esto —respondió aquel hombre. —Mire —propuso la cajera—. ¿Quiere que le guardemos el sitio y la busca y voy cobrando
a otros clientes. —Sí, perdóneme. La cajera comenzó a cobrar a Fran y entonces el cliente anterior volvió gritando: —Que la he encontrado, déjenme pagar ahora. A Fran no le importó, pero muchos clientes de detrás de él pusieron el grito en el cielo. Y aún
hay quien se pregunta por qué no me gustan las compras, concluyó Fran mentalmente.

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