sábado, 16 de octubre de 2021

Sic transit pandemia mundi.

 


Nuestro protagonista entró aquel día en el supermercado buscando uno de los enseres que la
pandemia había hecho más necesarios: el gel hidroalcohólico para las manos. Hacía solo unas
semanas este artículo ocupaba un enorme estante en todos los supermercados. Ahora costaba
encontrarlo. La pared que hasta hace poco estaba llena de frasquitos de este producto era
ahora un depósito de artículos de higiene de todo tipo, pero de los que siempre habían
estado ahí. Al no encontra lo que buscaba nuestro protagonista preguntó a un reponedor
del super:


 —Están ahí, tras aquella columna —dijo el empleado.
 —¿Sólo queda eso? Es un espacio ridículo.
 —Ya no lo piden como antes.

 Mientras se dirigía hacia la columna, nuestro protagonista pensaba en cómo iban cambiando las 
cosas, preguntándose si realmente por fin la epidemia que habían padecido estaba controlada o
 simplemente respondía todo al comportamiento del público en general. Cuando llegó a aquella
 especie de mesilla de noche con una serie de productos de higine pandémica como guantes, geles, 
mascarillas, etc todos entremezclados pensó en si era lógico esconder unos productos tan necesarios
 cuando aún no se había superado del todo el mal que sometió a su mundo durante más de un año.
 Entonces detrás de él llegó una mujer de mediana edad y tras buscar en la mesilla preguntó:

 —¿Dónde está el dentífrico? Antes estaba aquí.
 —Donde estaba antes de la pandemia, señora —respondió el mismo reponedor al que Fran había 
preguntado unos minutos antes.
De pronto nuestro protagonista cayó en que durante casi más de un año, los enseres específicamente
pandémicos habían ocupado el lugar de productos necesarios en cualquier circunstancia. Ahora 
cambiaban las tornas. Era una buena señal, indicaba que la plaga iba desapareciendo. Pero al parecer
 siempre costaba encontrar algún producto necesario en el super. Ahora sería el más específico. Ya lo
decían los medievales: Sic transit gloria mundi. 


viernes, 8 de octubre de 2021

Pero entonces, ¿hay que protegerse o no?

 

 

—¿Qué te debo? —preguntó
nuestro protagonista tras
 consumir aquel  tercio.
 —Dos cincuenta —respondió
 el camarero.

 Fran había tenido en aquel bar
 la sensación extraña de los 
últimos tiempos pandémicos.
 Por un lado se habían levantado
 todas las restricciones y Fran 
se había tomado aquel refrigerio
 apoyado en la barra, pero por otro
 lado el camarero y varios clientes estaban dentro llevando la preceptiva mascarilla, sin atreverse 
a deshacerse de las últimas precauciones contra el virus que atenazaba el mundo de nuestro
 protagonista. Esa  misma sensación la tuvo en el metro donde todo el mundo se apelmazaba ya
 sin miedo, quitándose las mascarillas, salvo algunos pasajero irreductibles que incluso hacían
 ostensibles esfuerzos por separarse del resto del vagón. Al llegar a casa Doña Marta Palacios le
 comentó ota de las particularidades de aquel momento:
 —Ayhijoquemehallamadomihermanaymehaechadolabroncaporquedicequenodeberíamosiralcine
quenosestamosexponiendoqueestotodavíanosehapasadoyqueahoraquierequeveamosenlateleuna
películafeancesaqueellaconoce...
 —No hay quien entienda a tu hermana. En lo más jodido de la pandemia queriendo salir y pasearse
 y ahora tomando precauciones que ya casi nadie toma.
 Poco después Doña Marta se metió en la cocina y oía de fondo la radio, que daba también noticias
 contradictorias, por un lado la bajada de la incidencia de la pandemia, pero por otro una cierta 
alarma de que la gente diera el mal por superado y, por ejemplo, hubiera grandes botellones en los 
parques o las afueras de las ciudades del país. 
 —Al final, cada uno toma las precauciones que le salen del forro de los calzones —dijo Fran—. Era
 así en la pandemia, pues más aún ahora que nos confunden a todos con sus contradicciones. 



¿Vuelta al cine?

 


La pandemia que afligía

el mundo de nuestro

protagonista estaba

empezando a declinar,

al menos en las

regiones del planeta

con más riqueza y medio. Como prueba de ello podía darse el hecho de la reapertura

de los cines donde Doña Marta Palacios y Fran volvían. Lo cierto es que ya habían

ido en verano, pero aún estaban las restricciones muy presentes, y por ejemplo había

asientos vacíos para garantizar que el público no se concentrara en demasiado poco

espacio y unas disposiciones muy estrictas para el tema de las bebidas y palomitas que

solían acompañar las proyecciones. En aquella segunda ocasión, por lo visto, ya podía

llenarse la sala al completo. Pero nuestro protagonista no vio una cola especialmente

grande al entrar. También Doña Marta Palacios le comentó al respecto al sentarse:


—Ayhijopuesesunalaegríasentarseperoyocreíaqiuesinrestriccionesestoibaaestarmásllenoseven muchosasientosvacíosyparecequelagentenoestabatampocohaciendocolaestamostúyyoconotraspocas perosonasyoesperabamuchomás... —Yo también, mamá. No sé es que la gente ha perdido la costumbre o que si el cine ya no atrae gente.

No quería nuestro protagonista pensar en un mundo sin salas de cine. Pero si la gente antes del
paréntesis de la pandemia ya estaba acostumbrándose a ver todo en streaming y moverse poco de
casa, tras el cierre obligatorio la tendencia se había acentuado. ¿Sería posible que el público
volviera a las salas tras haber pasado entre mese y años encerrados en casa entreteniéndose en casa
a base de audiovisuales por las nuevas plataformas? Intentó alejar aquellas reflexiones de su mente
y disfrutar de la película, la última producción de un genio al que Fran admiraba profundamente.
Pero también la proyección le dio la impresión de que las cosas habían cambiado. Su ídolo parecía
no ser capaz ya de rodar el tipo de películas que nuestro héroe había disfrutado tanto. Por otro lado
el guion no estaba bien resuelto. Y este tipo de sensaciones, que son relativemente normales al buscar
nuevas películas que ver se aceptaban mejor si uno estaba en su casa que si había pagado entrada.
Parecía difícil que los habitantes del planeta de nuestro protagonista volvieran al cine en esas
condiciones. Pero él formaba parte del grupo de irreductibles que seguirían acudiendo a las salas
pasara lo que pasara.




miércoles, 29 de septiembre de 2021

Agria

 

 

―Pues qué bien entra 
una cerveza después 
de tantos días de curro
 sin poder salir ―dijo
 complacido 
Juan Gordal
 ―Siempre entra bien,
 pero encima cuando se coge después de cumplir uno con sus obligaciones es 
la leche ―sentenció Fran.
 

Por primera vez en mucho tiempo los dos hermanos tenían ocupaciones remuneradas. Además
sus horarios hacían difícil que coincidieran con tiempo y posibilidades de pasar algo de tiempo juntos.
Teniendo dinero ganado en el bolsillo, nuestro protagonista quiso invitar a su hermano. Cuando la
camarera les dejó la cerveza en la mesa, los Gordal Palacios pensaron que estaban viviendo la
felicidad plena. Hasta que Fran probó su vaso:
 

 ―Juan ¿esta cerveza no está como agria?
 ―No sé, yo todavía no la he probado. Voy a ello y te digo.
 
 Juan pegó un largo trago a su vaso y confirmó las aseveraciones de su hermano.
 
 ―¡Coño! Parece que fuera con limón. La he pedido normal
 ―Voy a preguntar a la camarera.
 

En aquel bar siempre habían servido bien a nuestros protagonistas. Había confianza con el
personal. Fran preguntó y a camarera dijo muy extrañada:

 

 ―No me he equivocado. Os la he puesto normal.
 

El menor de los Gordal Palacios vio que su hermano torcía el gesto , mientras la dependiente
miraba la cañería de la cerveza. Pasado un rato dijo:

 

 ―Pues es verdad que sabe raro. Voy a ver si puedo arreglarlo. ¿Os la cambio por otra cosa?
 ―No, déjalo ―contestaron los hermanos.
 

No era cosa de montar un escándalo. En aquel local, a lo largo de años, los dos hermanos habían
pasado muchos ratos muy buenos y bebido muchas cervezas. Sabían que aquel incidente era algo
raro. Pero ya les había jodido el rato de esparcimiento que habían tenido en 10 días.
 

 ―No puedo dejarlo así, Juan. ¿Vamos al de más abajo a tomar una?
 ―Habrá que hacerlo. A este momento no es tan fácil renunciar.
 ―Por supuesto que no, pero ya no va a ser tan alegre ni tan reparador. 

 

El moderno Sísifo.

 


Nuestro protagonista andaba por una calle sumamente empinada del centro de su ciudad. En
aquella zona había varias vías con una penddiente no usual en zonas urbanas habitadas. También
eran una de las zonas que seguían siendo más tranquilas y familiares en la ciudad, lo que
propició una extraña aventura costumbrista. Un niño de muy corta edad jugaba con un hombre que
aparentaba ser más su abuelo que su padre, y lanzó una pelota hacia abajo. Esa escena se
repite en muchas zonas de la geografía urbana actual, pero en aquella calle la pelota cogió
velocidad y el hombre de avanzada edad corrió un buen trecho hacia abajo hasta recuperar
el juguetito. Luego subió la cuesta y se la entregó al menor.


―Bueno, aquí te la traigo. Ten cuidado con la pelota, aquí no es como en el parque. ―Nene tira pelota...¡Toma! ―dijo el niño y volvió a patearla hacia el desnivel.

Nuestro protagonista viendo aquello y pensando en aquel cuasi anciano haciendo el esfuerzo
pendiente abajo se puso en marcha. Atrapó la pelota antes que el hombre , pero le costó a él, a
nuestro protagonista más de lo que esperaba. Se la entregó al vejete.

 ―Tenga cuidado, que como vuelva a perderla no sé cómo va a hacer para recuperarla ―aconsejó 
Fran a su canoso interlocutor.
 ―Sí, lo sé. Pero no soy yo. Es que el niño lo pasa así muy bien.

Fran, ya alejándose de la escena vio cómo el hombre la volvía a dar la pelota al niño y este a tirarla.
Otra vez el hombre hizo el esfuerzo que a él le había costado para recogerla. Fran, antes de alejarse, no
pudo resistir más y le hizo la pregunta que le rondaba por la mente:

 ―Perdone. No se llamará usted Sísifo ¿verdad?

 

martes, 28 de septiembre de 2021

Pacquiao-Clottey: el pacman se pasea

 

 

—Pues a decir verdad, aquí
dio la sorpresa el ghanés 
—comentaba nuestro 
protagonista—. No olvides
 que al Pacquiao de este momento
 nadie le resistía. Clottey
llegó al final.
—Aquí es cuando debería
haber boxeado con Floyd
Mayweather —comentó Juan—.
Y todavía le faltaban algunos
combates en este nivel.


Ambos hermanos comentaban la pelea que
hacía ya más de una década había enfrentado
a uno de los mejores boxeadores que había
habido en el boxeo del siglo XXI. El filipino
Manny Pacquiao, que hace algunos días
había anunciado por fin su retiro, venía de
tres victorias espectaculares ante púgiles de
primer nivel. Todos esperaban entonces su
pelea con el casi imbatible Floyd Mayweather,
pero no se concretó. Al final un boxeador
ascendente también en aquel momento,

el ghanés Joshua Clottey, fue su rival

en aquel combate en Texas. Como era de

esperar Pacquiao no le dio opción. Fue

muy superior casi toda la pelea, dejando sólo en algunos momentos en los rounds intermedios

que el africano pudiera atacar.


—Y ni aun aquí podía —dijo Fran—. El Pacquiao de este momento hubiera pasado por ser el mejor
boxeador de todos los tiempos.
—La verdad es que es todo un misterio si este Pacquiao hubiera podido con Mayweather —comentó
Juan.
—Por lo menos Cliottey, que se esforzó, sacaría su buena bolsa de esta pelea.
—Y tampoco lo hizo mal. Fue un buen sustituto.

Fran se lamentaba del absurdo de que los dos mejores boxeadores en la última década hubieran tardado
tanto en enfrentarse. Y también que Pacquiao hubiera hecho últimamente unas cuantas peleas que no
aportaban nada a su extraordinaria carrera.

 —Aun así, el recorrido del filipino ahí queda —le comentó Juan.
 —Y aún ya de retirada era mejor que muchos oponentes. 

Aquí, como siempre, tienen el video con lo mejor de un grandísimo peso welter en su mejor momento.
Pasen y disfruten.


Record del "Pacman filipino" Manny Pacquiao, aquí.

Record de Joshua Clottey, aquí.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Unas bragas rojas.

 


—Ayhijosmiradloquehacaído

aquívosortossabíaisqueestaba

estoenlaterrazaperosinadie

usanomedigáisquevosotros

habéisperdidoestomehacaído

encimademiropayhetenido

quequitarlaparaguardarmis
cosasyonoquierounasbragasde

otrapersona...—comentaba Doña Marta palacios mientras recogía la
colada.

Fran miraba con estupor aquellas bragas de color rojo chillón y bastante especiales por su forma.
Exactamente el tipo de prendas que, por desgarcia, no solía ver muy a menudo. Evidentemente no 
eran de la casa.
—Pues habrá que subir y dárselas a los vecinos de arriba, mamá —comentó. —Amínomeimportaseleshancaídomuchasvecescosasaquícomocamisetascalcetinesyotrascosaspero esqueestomedacosasubiradevolverloademásnosédequécasapuedeseraverconquécarallamoporlospisos
dearribapreguntando...
Fran tampoco hubicaba muy bien cuál de de los habitantes del inmueble podían ser unas bragas
 semitransparentes con encaje de color vivo. Desde luego, parecía poco probable que fuera del
estudiante de informática que vivía justo encima, o de la sexagenaria de un piso por encima.

—¿Y no se las puedes llevar al portero y que se las de él? —Noséyosielporterotendrálamenorideasinolosabemosnosotorsyademásnomeparecebienpasarleel papelónaélcreoquevoyapreguntarleaCarolinasisonsuyasporquesinolasvamosatenerporaquídando vueltashastaquenosaburramos... —Bien pensado el hecho de que yo me imagine llevando esas bragas a determinado tipo de mujeres
no quiere decir que la señora de más arriba no las use.¿Por qué no le preguntas, mamá?
 —Perohijoimagínateelpapelónsubiendoapreguntarsiesamujerusaestoyonosoycapazaversivastúbien
pensadohasidoideatuyayodesdeluegonopuedodejarloenmicoladaytampocovaestaraquíhastaelinfinito
sinonoséloquevoyahacer...
 Fran se imaginaba yendo a preguntar aquello y llegó a la única conclusión posible:
—Mejor tíralo. Pero yo sí que sé lo que voy a hacer es guardar la imagen de esa vecina para cuando
 intente pensar en algo que baje la lívido.