Nuestro protagonista se despertó y se dirigió al baño pensando en si volvería a poder
dormirse antes de que el despertador le comunicara que su jornada empezaba, pero sin
saber exactamente qué hora era, había un indicador claro de que no podría conciliar un
largo sueño: aquella bandada de pájaros cuyos trinos escuchaba todas las mañanas cuando
se levantaba ya estaban en pleno festival. No sabía qué pájaros eran, pero como
mensajeros eran más efectivos que cualquiera de las famosas palomas que en otros tiempos
se habían usado.
—Amílosquemeintrigansonunosquecreoquedebensercotorrasporquelosoigogritardeformaqueamímedaesaimpresiónperonuncaloshevistonoséyoquepuedenserperosíestoslosoigotodaslasmañanasnosésiaotrashoras... —comenzó a perorar Doña Marta Palacios.
—Se los oye también por la tarde, mamá. Se ponen activos a las horas de crepúsculo, ni de plena
luz del día, ni en noche cerrada —respondíó nuestro protagonista.
Al mediodía, Fran se dirigió al punto limpio del barrio a deshacerse de unos cuantos aparatos
viejos, cuando oyó unos trinos similares, aunque más débiles a los que solía escuchar por las
mañanas. Miró a una ventana, y para su sorpresa vió que unos gorriones estaban criando allí. Los
trinos que oía eran los de los polluelos pridiendo comida a sus padres. Debían tener más hambre
por las mañanas, ya que a esa hora su canto era más alto y constante. Al modo de lo que muchas
veces había visto en los documentales, nuestro héroe observó a la madre gorriona depositando una
bocanada de comida en el pico de sus crías. Volvió a casa y se lo explicó a su madre.
—Aypuesvamosalparqueaversivemoslascotorrasaverquépájarossonesosquegritancomoyotedigoquemetienenmuyintrigadayademássuelencantaralmediodíanocomolosgorrionesquetúdicesqueoyesporlasmañanas...
—Mamá, ha sido pura casualidad que los viera. Además trinan todo el día, pero se ve que por las
mañanas son más activos.
—Yomevoyahíahoramismoventehijoquelesllevaremospanparaquesuspollitoscrezcanenpazquesiempreesbonitoayudaralosanimalesytehacenunserviciodedespertadorseguroqueloagradecenenséñameelnido...
—A ver si ahora vas tú a devolverles la murga del alba.
—Mamá, sé perfectamente qué hacer,no es la primera vez que me sale una calentura.
Aun así nuestro protagonista decidióextremar las precauciones para no reventar las microvesículas que se le habían formado. Habitualmente lo hacía, lo cuál solía degenerar en heridas abiertas que tardaban varias veces en cicatrizar. Sin embargo a la mañana siguiente nuestro protagonista tuvo una desagradable sorpresa:
—¡Se me ha extendido por todo el lado izquierdo del labio! Creo que nunca había tenido tanta
extensión mala.
—Tedijequenotelareventarashijoqueseibaaextenderandadatedemipomadaparaquitértelomiraqueteloadvertíperonuncamehacescasoporqueoshadadoporquenadadeloquedigatienevalormeanuláiosynoosimportanadadeloquediga...
—Mamá, precisamente he puesto todo el cuidado posible en tocarla lo menos posible y este es el
resultado. Creo que es al revés, a partir de ahora en cuanto me salgan melas reventaré.
—Nodigastonteríasyhazmecasocógeteunvasoparatisoloquesinonoslovasapegaratodosmíratehastadondesetehaextendidotendríasqueatendermecuandodigolascosasaversiconlapomadasetepasaamísiempremehaidoestobien...
Nuestro protagonista reconoció que su progenitora tenía razón con lo del vaso y marcó uno con pintura blanca para que fuera el suyo. La calentura fue mejorando, pero dejó varios días una herida abierta del tipo de las que no quería nuestro protagonista en toda aquella extensión de su boca. Pero por fin llegó el día en que se libró de aquel mal. En su cabeza, sin embargo bullía un pensamiento:
—Ojalá me salga pronto otra calentura para reventármela —se dijo para sí viendo lo que había
ocurrido la vez en que más había obedecido la recomendación de no explotarla.
—¿Qué es esto? —preguntó Carolina Gordal al ver aquellas dos amorfidades en la plancha de horno
—. ¿Has vuelto a intentar lo de las tortillas?
—Claro que sí, lo haré hasta que me salga.
Nuestro protagonista seguía empeñado en aprender aquella técnica culinaria necesaria, según él,
para avanzar en su trabajo. Le habían explicado una forma de dar las vueltas a las tortillas lanzándolas al aire, pero no le había salido por el momento. Como en el trabajo le era imposible practicar aquello había decidido hacerlo en casa. El resultado solían ser tortillas comestibles, pero de las cuales se perdía la mitad en aquel lance, y que además perdían la forma.
—Pero Fran, si no es necesario, si en el mismo trabajo te han dicho que basta con un plato y que no te metieras en líos.
—Y allí lo sigo haiendo así, pero en casa quiero practicar para aprender.
—¿Y como no te dejan tirar los huevos en donde curras vas a hacerlo aquí?
—A fin de cuentas llevo unos días gastándome el dinero en huevos para poder hacerlo. No os obligo a pagar a vosotros.
Al decir esto, Carolina cayó en la cuenta de por qué llevaban varios días sacando las bolsa de basura llenas de cáscara de huevos y cartones. Fran seguía incasable con su tarea.
—¿Hasta cuando vas a seguir con eso? ¿Qué ganas?
—Rapidez en mi trabajo si aprendo a hacerlo.
—Pero nos vas a ocupar la cocina y a dejar sin huevos.
—Tú cállate que bien contenta estás comiéndote las que salen mal.
muyciontentaconvosotrosynomecansodecumplir añosavuestroladosoislomejorquemehapasadoyesperoseguirmuchosañosconvosotrosnuncadejáisde sorprenderme... —decía Doña Marta Palacios el día de su cumpleaños. —Nos alegra verte que de momento sigues con ánimo y energía, mamá —respondió nuestro protagonista. —Síjijoperoestascomidasquehacéisvosotrostenéisquedejarmehacerlacomidaamigustoundíaque hastameduelemáslaartrosisconestoqueponéisyelcasoesqueestábuenoperonuncasehahechoasíyoestoy deseandoquemedejéisundíahacerla... —Mamá, son lentejas con otro aliño —respondió Juan Gordal sobre su guiso de esta legumbre con verduras y carne fresca. —Seguro que con esto no protesta tanto —añadió Carolina y dejó sobre la mesa sus huevos de chocolate de Pascua—. Como dijiste que querías más al final de la semana santa... —Ayhijaquécosastienesdameunabrazonooscambiopornadayonopidomásquevosotrosparaestarfeliz pormásquepasenlosañossigofelizporquevostrosmerodeáisseguroquetodosjuntosempezamosasubir Frantieneporprimeravezenmuchotiempountrabajo... —Con eso te he comprado estas petunias, mamá. Que no todo va a ser comida —dijo nuestro protagonista y le entregó estasplantas. —Aymuchasgraciashijodameunabrazotengotodoloquemehacefaltayahoraseguroqueyaempezáisa lograrcosasyJuanaescribirmuchoqueyatienepremiosaverelañoquevienconquémesorprendéisyaver simeacompañáisalcine...
Oyendo esto, nuestro protagonista hizo una reflexión. Si le reconfortaba ese abrazo de su madre y que fuera feliz en sus cumpleaños, llevaba demasiado tiempo estancado. Ahora que él tenía al fin un trabajo, Carolina se había rehecho de sus últimos reveses que le habían obligado a volver y Juan volvía a escribir, el año que viene debían celebrar el cumpleaños de todos en mejores condiciones. Que así fuera. Este año podían todos decir que habían avanzado un paso.
Al entrar en su casa tras aquellos recados, nuestro protagonista corrió a hacer la que desde
hacía tiempo era la primera tarea al llegar al hogar: lavarse las manos durante un
minuto. El lavado de manos fue una de las primeras imposiciones que se pusieron en
práctica en la pandemia. Antes incluso de confinar a lagente se les recomendaba
lavarse largamente las manos para destruir los virus que pudieran quedarse adheridos.
Nuestro protagonista desde entonces no se lavaba las manos más a menudo, pero sí que
estaba un minuto cada vez que lo hacía. Entonces Doña Marta Palacios le llamó:
—Hijoquéestáshaciendodejaesounmomentoaversipuedesayudarmeconestocuantotiempollevassiyaestánrelajandolasmedidasyocreoquenoesnecesarioqueestéselminutoenteroaversiahorapuedesayudarmeaprepararestosboquerones...
—Es necesario, mamá. Yo sigo un minuto.
Cuando acabó, nuestro protagonista echó una ojeada a lo que le decía su madre: en efecto
había para la cena un enorme montón de boquerones que ocuparía mucho tiempo para una
persona sola. Nuestro protagonista se arremangó y se puso junto a su progenitora a despachar
el pescado. En diez minutos el montón de pescado estaba listo para freír. Pero una vez más sus
manos necesitaban un lavado. Nuestro protagonista sentía cierta pereza ante la idea de volver a
frotar largo tiempo. Y tomó la decisión: a partir de ahora, salvo el lavado de manos al volver de
la calle, estaría medio minuto, no uno entero. Si todas las medidas se iban relajando, era absurdo
tomar más molestias en una de las tareas diarias más tediosas. Así lo hizo y llamó a su progenitora:
—Cuando quieras puedes lavarte, mamá.
—Ayhijomenosmalporquelosboqueronesestánmuybuenosperoquépesadezlimpiarlosycómotedejanlasmanosyahoraunminutodefrotarylavarconlaperezaquedaaunquetúhasacabadomuyrápidoaversiyomelavo...
—Yo ya solo he estado medio minuto, mamá.
—Ayhijoquécosastienesyotengomuchasganasperoamímedamiedoyosigounminutomiraquedespuésdetodoloquehemosaguantadoseestropeatodoahorapornotomarlasmedidasaúnpodemossoportarlounpocomás...
Fran comprendía las razones de la matriarca de la familia, pero en algún momento habría que
empezar a retomar el ritmo normal. Así, aquel día se convirtió en el de un paso más hacia su vida