Fran estaba aquella mañana en casa arreglando con el ordenador una cita previa para Doña Marta
Palacios en un servicio público. Paró un momento y se encaminó a la cocina. Allí encontró una
olla cociendo una cosa muy poco habitual en la casa de los Gordal Palacios.
—¡¿Pero quién cojones se ha traído patas de
pollo?! —dijo nuestro protagonista —Son mías, déjamelas que tengo que comer colágeno —respondió Carolina Gordal —Ah, que sigues con tus chorradas de tetas y foros de internet. —No son chorradas, el tío que hace el podcast donde oí esto es un nutricionista buenísimo y
yo le hago caso. —Tú te comerías las tripas de una lagartija si te dijeran que eso fija las tetas. Al menos podrías
haber traído patas para todos. Que bien preparadas están buenas. —Yo me las como así. Para sorpresa de nuestro protagonista, Carolina se sirvió una de ellas en un plato, lo dejó enfriar
un tiempo prudencial y, allí mismo de pie comenzó a roerla. —¡Pero si solo está cocida! —Así se come, está buenísima. —Frandejaatuhermanayvuelveconmigoqueestodeladireccióndelacitasemehapuestoazulynosécómo seguirtenemosquedejarlohechoqueenunasemanahayquetenercitayhaberacudidoaporqueluegoestamos ocupados... —reclamó a Fran Doña Marta Palacios. —Voy, mamá. Es que Loli se está haciendo guisos raros con patas de pollo. —Seguro que a mí me quedarían mucho mejor —gritó Juan Gordal que salía en ese momento de la ducha. —Ya, lo que pasa es que envidiáis mi turgencia y queréis estar como yo —respondió Carolina. —Por lo menos di las chorradas sin la boca llena —sentenció nuestro protagonista.
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