como estrella del entretenimiento: ElChico de Oro. De inmediato volvió a quedar cautivado con ella.
⸺Joder, cuántos recuerdos tengo viéndola ahora. Con Eddie Murph haciendo sus gracias a
criaturas sobrenaturales, el malo este que salí en casi todas estas, el Charles Dance ese, la mujer
serpiente... Y dl argumento, claro, casi no me acordaba ⸺exclamó nuestro protagonista.
⸺Venga, Fran, no me dirás ahora que eres superfan ⸺le contestó Juan.
⸺Superfan no, pero sí recordaba detalles de ella que me gustaron, y que ahora me gusta
volver a encontrarme.
La trama de la película nos pone ante las aventuras de Chandler Jarrel, el personaje interpretado por
Eddie Murphy, que es un detective de Los Ángeles especializado en casos de niños desaparecidos.
Un día recibe el encargo de encontrar a un niño secuestrado por una banda de malhechores. Poco
a poco va descubriendo quel niño en realidad es un elegido según una secta budista, sus secuestradores
son unos adoradores del mal, y deberá ir nada menos que a Nepal a resolver el caso.
⸺Empieza como policiaca y acaba casi como una de aventuras tipo Indiana Jones ⸺comentaba
Fran.
⸺Y es muy divertida, tiene golpes buenos. Quizás haya uno o dos momentos donde Eddie Murphy
se pasa de bufón, pero no llega a molestar ⸺comentaba Juan.
⸺Pues mira, es una buena peli de mi infancia. Creo que tenía cinco años el año en que se estrenó. Me
horaademásconloshorariosquehanpuestonopuedeunaponerlalavadoracuandoquieracomoahoratrabáisnopodéistampocoponerlascosasyseacumula...
⸺No sé, mamá, el cajón de la ropa sucia estaba rebosante.
Como comentaban nuestro protagonista la cantidad de ropa sucia para lavar que se había acumulado
aquellos quince días era tremenda. Parte de aquella ropa parecía no estar ni siquiera en condiciones
de volver a ser utilizada. También había hecho nuestro protagonista una selección negativa que había
llenado dos bolsas de las que deberían deshacerse. Mientras, la colada había terminado.
⸺Ahora hay que encontrar donde tenderlos, que eso también. Aún no habíamos acabado de secar la
ropa anterior.
⸺Yonosédondevamos aponerlosimehubierasdejadoamílohabuerahechoamiritmoquenuncamedejáishacernadaahoraquetrabajáistendréqueocuparmeyodelascosasasíqueaversimeayudáisquetengoyoqueintervenir...
⸺Bueno, mamá, déjame que piense a ver dónde tendemos esto, que tener trabajo y ganar algo
de pasta está bien, pero también conlleva inconvenientes.
Con el tendedero lleno, nuestro protagonista observó a ver cuántas prendas de las que tenía tendidas
estaban en condiciones de ir al cajón . Con una escalera y algunas sillas que tenía la familia Gordal
Palacios en un rincón pudo encontrar sitio para su nueva colada. Pero mientras se preguntaba si en
esas condiciones su ropa se secaría bien hacía un propósito de enmienda: había que hacer un plan
para lavar la ropa sin que se acumulase de aquel modo.
Por primera vez en bastante tiempo, nuestro protagonista tenía un plan semanal claro.
Trabajaba de 8 :00 a 16:00 horas y recibía paga por ello. Para aquel curso tenía trabajo
fijo. Era algo de lo que estar contento. Pero eso también llevaba inconvenientes. Eran
muy notables en aquella hora de la noche en la que se había desvelado. Tendría que ir al
baño, y no sabía si podría volver a dormirse. Si ese desvelo había llegado pasadas las 6:00
no tendría tiempo de volver a dormirse antes de las 6:30, hora en que se levantaba. Le daba
angustia mirar el reloj. Intentó dormirse de nuevo, pero era evidente que con las ganas
que tenía no podría volver a conciliar el sueño hasta que no hubiera meado. No quedaba
otra se levantó, miró el reloj... ¡Y sintió un enorme alivio! Eran las tres, podría
volver a dormirse y soñar. Incluso dormía bien. Así fue hasta que sonó el despertador,
ahora sí, a la hora de levantarse.
—Buenos días, Fran. ¿Te has enterado de que han llamado de Netflix y quieren hacer serie de tu
último escrito del vaporverso? —le dijo Juan Gordal.
—¿En serio?
—Sí, dicen que le ofrecerán el papel protagonista a Clara Lago. Que por cierto dice que antes quiere
quedar contigo, que quiere conocerte.
—¡Pues diles que...!
En este momento, sí, sonó la alarma del móvil. Ahora eran de verdad las 6:30 y tocaba ir al trabajo
de verdad. Mientras se preparaba el desayuno no dejaba nuestro protagonista de pensar en la alegría
que había sido para él poder dormir tres horas y media más.
—Me he ido con tal ánimo que hasta lo que he soñado mientras dormía era bueno —se dijo a sí mismo.
Nuestro héroe no había visto aún aquella serie. Había sido un auténtico fenómeno que
alcanzaba todos los rincones del planeta donde vivía nuestro protagonista. Por lo visto
la trama giraba en torno a varias víctimas del sistema económico que se había extendido
por dicho mundo, que acudían como su última oportunidad de rehacer sus vidas a un
concurso de pruebas a vida o muerte inspiradas en juegos infantiles. Era el último
bombazo de un país que estaba exportando su cultura por el resto de naciones,
singularmente su música, que fascinaba a los adolescentes y jóvenes de aquel planeta,
hasta el punto de que, según había oído Fran, muchos de ellos estaban aprendiendo el
idioma de dicho país, que era muy específico y local, para poder entender las letras.
En las tiendas empezaba a amontonarse el merchadising de la serie en cuestión despertando
en nuestro hombre una curiosa sensación:
—Otra vez esa escena del robot que dispara al que se mueve. No he visto ni un capítulo y
tengo la sensación de que me sé entera El Juego del Calamar—comentó nuestro protagonista.
—Bueno, también te conoces escenas como la de la rata de V y nunca has visto la serie —le comentó
Juan Gordal
—Eso es una escena y da la casualidad de que sí he visto el capítulo. Aquí me conozco los trajes,
resultones y con capucha como se hace en las series de ahora, me conozco las pruebas, la mecánica...
—Pues ya sabes, ahora es fácil remediar eso. Te lo buscas un día y te la ves.
—No sé si el efecto que hace saber casi todo de antemano de una serie me motiva a verlo o al revés,
pero sí, lo buscaré.
—Desde luego tienes muy abandonado el tema de series, Fran.
—Y lo peor es que ni siquiera es porque ahora haga cosas más interesantes. Sí, tendré que verla.
—Es la mejor serie de la historia de este mes, como dicen por ahí.
⸺A ver, repite que no te he entendido un carajo ⸺dijo Juan Gordal a nuestro protagonista.
Últimamente casi siempre ocurría eso. Nuestro personaje tenía la percepción çde que la costumbre de andar siempre enmascarado le había hecho adquirir el reflejo de mantener en
cierta posición su mandíbula inferior para no desplazar la mascarilla. Eso unido al hecho de
llevar de por sí la boca tapada había desembocado en que cuando hablaba no se le entendía bien.
⸺No es que no se te entienda, es que ni vocalizas ⸺le explicaba Juan.
⸺Sí, pero yo veo que la gente también se comunica con más dificultades entre sí desde la pandemia.
Aunque lo que le decía su hermano era algo que ya preocupaba de antes a Fran, que le llamaran la
atención de aquella manera le mantuvo el resto de aquel día pendiente de los esfuerzos que hacía
para mantenerse la mascarilla en su sitio, que seguía llevando, de esa sensación como de agujetas en
su mandíbula. Y cómo a pesar de todo, aquella mascarilla, que ya tenía algunos meses de uso se
caía y le dejaba la cara descubierta de modos muy extraños. Comprobó lo que llevaba en los
bolsillos y viendo que tenía algo de dinero tomó una decisión. Entró en uno de los numerosos
comercios que ahora anunciaban aquellos enseres y compró un nuevo cubrebocas.
⸺Son 5 ulo ⸺dijo el dependiente, aparentemente un recién llegado de algún país de Asia.
Fran se sacó del bolsillo un billete de diez euros y lo entregó. El vendedor le dio su cambio y
Fran comprobó que le había dado dos monedas de más. Se las devolvió.
⸺Gracias, yo no entiende bien ni cuenta ⸺dijo el asiático riendo.
⸺Que no nos entiendan últimamente es muy común ⸺respondió nuestro protagonista.
⸺Venga, tío, avanza un poquito, que parece que te de miedo el de alante ⸺dijo a nuestro
protagonista aquel tipo que iba tras él en las escaleras mecánicas.
⸺Hay que dejar un espacio, recuerde.
⸺¿Tú no has oído que esto ya se ha pasado? Mira a ver si alguien sigue guardando esa distancia.
Lo cierto es que aquel individuo tenía razón
y Fran observó que en transportes públicos,
centros comerciales, etc la gente daba por superada la pandemia y volvía a apelotonarse. Al salir del confinamiento, durante semanas, las autoridades sanitarias habían dado instrucciones de evitar aglomeraciones y, en concreto, en las escaleras mecánicas, se recomendaba dejar cuatro escalones y espacio libre entre los usuarios. Esa recomendación había costado cumplirla en los días más ajetreados, pero los ciudadanos del país de nuestro protagonista, ejemplares en su comportamiento, salvo algunas excepciones, se habían esforzado por llevarla a cabo. Ahora, esta era una muestra más de que al menos en las mentes de los ciudadanos la plaga se daba por superada. Poco después nuestro protagonista se encaminó hacia el metro, y allí sí que había la concentración normal que uno esperaría en el suburbano. En las escaleras mecánicas nuestro héroe volvió a dejarse llevar por aquel reflejo adquirido, pero observó que incluso en los escalones que había dejado libres ya empezaba la gente a apelotonarse, incluso a empujones. Dos usuarios incluso tuvieron una pequeña riña por ello. Posteriormente en el transporte, nuestro protagonista oyó la conversación de dos pasajeros:
⸺Lo que no nos quitan es la mascarilla, eso está ya para quedarse.
⸺Así de apelotonados no sé yo si sirve de mucho.
Parecía que nuestro protagonista no era el único que añoraba un poco la distancia social. Aunque
en aquellos momentos no era por el contagio, sino por la incomodidad y el peligro de las grandes
—En cierto modo son fábulas morales, pero muy pegadas a la realidad —dijo Fran tras leer Buscavidas, una curiosa joya del cómic latinamericano. —Yo la veo muy del tipo de los latinoamericanos con esa imagen suya, cuasi barroca, de imágenes e ideas llamativas, casi histriónicas, pero que tienen mucho de realidad —le respondió Juan Gordal.
Buscavidas era una idea de un gran guionista argentino, Carlos Trillo, ilustrados por Alberto Breccia con ese contraste de blanco y negro tan contundente que hizo famoso al dibujante uruguayo. En el cómic un personaje que actúa a modo de observador, el Buscavidas del título, se dedica exactamente a eso, a indagar por los bares y locales de los suburbios de una ciudad indeterminada buscando a gente con historias y vivencias que contar. Lo impactante es que todas ellas son historias impactantes, que causan sorpresa y asombro, pero tremendamente pegadas a la realidad. El dibujo de Breccia, además, encaja perfectamente en ellas reforzando la sensación de cercanía y contundencia que en ellas se buscaba.
—Me recuerda en cierto modo al realismo mágico, pero de mágico tiene muy poco —comentaba Fran.
—Y usa recursos muy buenos, como cuando se encuentra el Buscavidas alternativamente a una
profesora de un internado y a un niño escapado del mismo, y lo que parecen dos historias sin
ninguna gracia se complementan formando una sola muy buena —replicó Juan
—Luego los personajes y ambientes que usa, de maleantes, de policías corruptos...
—Hasta un ex dictador derrocado que resulta que ha salido ganando con su derrocamiento.
—Bueno, aparte de Jodorowsky me parece de lo mejor que he visto en cómic latinoamericano.
—Es que estos dos son también unas de sus cimas —sentenció Juan.