miércoles, 15 de febrero de 2023

Punch y Judy

 


―Míralo ―dijo orgullosamente Juan Gordal de su recortable de Punch y Judy― ¡Es que es de 1896!
Es una maravilla.

 

Fran lo observaba con curiosidad y admiración,

pero también con el temor de ver muy cerca de
aquella construcción de papel tan frágil un montón de cacharros, líquidos y otros objetos.

 ―Está muy bien, Juan. Pero creo que deberías devolverlo a su caja y llevarlo a casa con sumo 
cuidado ―respondió nuestro protagonista ―. Estamos en un puñetero bar, y si se abre cualquier
 botella o saltan cualquier burbuja se va a joder
 ―Le voy a hacer una foto. Estoy pensando en donde ponerlo en mi cuarto para que luzca. Voy 
a moverlo un poco para sacarlo mejor.
 ―¡Cuidado con esa esquina que roza la tónica! ―gritó Fran.

Juan enderezó la posición de aquel teatrillo y lo colocó en el centro de la mesa, encima del cuenco
donde el camarero había servido las aceitunas de la tapa.

 ―Joder, Juan, acabas de dejarte 70 pavos en esa pieza de coleccionista y parece que quieras perderla
 de inmediato.
 ―Ya lo guardo, ya.

Cuando Juan guardó por fin su teatrillo en su caja, y esta en la bolsa, un camarero rozó el paquete
levemente. Juan gritó:

 ―¡Cuidado con esto, que es delicado!
 ―Perdón, señor, no me di cuenta.
 ―¡Pues hay que darse! Igual ya no vuelvo aquí si son ustedes así de torpes.

 Nuestro protagonista observaba sorprendido cómo su hermano exigía mucho más esmero a otros 
del que había tenido él mismo. Mientras apuraba su cerveza pensaba en el largo camino que aún 
les quedaba para volver. Como haya la más mínima aglomeración se va a montar una masacre 
que sí va a ser digna de Punch y Judy concluyó para sí. 


jueves, 9 de febrero de 2023

Una nave espacial oculta

 


Nuestro protagonista llegó a aquella parte de la ciudad apurado. Desde hacía un buen rato se estaba
aguantando las ganas de ir a servicio. Antes de acudir a su entrevista decidió pasar por el enorme
centro comercial que le pillaba de camino a aliviar su vejiga. Entró en ellos y vio el clásico cartel de
los dos muñequitos que indicaban el camino de los baños. Los siguió y llegó al frente de una pared
con un enorme espejo. No había más camino en esa dirección. Después de unos segundos de
desconcierto volvió para atrás y miró a ver si había seguido bien las indicaciones. Tras varias veces
de dar vueltas intentando seguirlos se dio cuenta de que tendría que preguntar a un dependiente.

―Es en esa dirección ―le dijo aquel hombre.
―¡Pero si eso da a una pared! ―respondió Fran. ―No, párese un momento delante, ya verá.

Nuestro protagonista volvió ante la pared y se detuvo. En un instante el espejo de delante de él giró
sobre sí mismo y dejó entrever un pasillo con unas extrañas luces. Desconcertado Fran avanzó por
aquel pasillo hasta llegar al urinario que era un extraño pivote de metal con un agujero. Después de
vaciar toda la carga de sus riñones buscó la cisterna. Entonces se dio cuenta de que funcionaban con
una célula fotoeléctrica. Algo similar ocurrió con el agua para lavarse las manos. Una vez más
calmado se dio cuenta de que toda la estancia era de un blanco luminoso, que uno tenía la impresión
de estar rodeado de luz entre aquellas paredes. Aquel lugar, se dijo nuestro protagonista parecía
casi una nave espacial de una película futurista, más que unos lavabos. Impresión que se completó
al salir al pasillo y ver un extraño robot de limpieza barriendo los suelos. Nuestro protagonista dudó
si abrir la puerta de salida, ya que tenía la impresión de que iba a dar al espacio exterior y
descomprimirse, pero no se quedó parado mucho tiempo ya que, recuerden, la puerta se abría sola.
Fran volvió a mirar el espejo exterior y se alejó del lugar. Igual he descubierto una base alienígena,
se dijo. Pero más valdrían unos servicios menos rimbombantes.



Juan ya no embiste

 


―Míralo. ¿No es bonito? ―dijo
 Juan Gordal sobre los dos Dibujos
 de Enki Bilal que colgaban 
orgullosamente de su pared.
 ―Desde luego, yo he sido el 
responsable.
 

Nuestro protagonista hizo

aquel comentario con intención

de que su hermano rabiara, pero

este, sorprendentemente lo

recibió muy bien. Para sorpresa

de Fran asintió y se lo agradeció:

 ―Desde luego, sin tu marco esto no hubiera sido posible.

Sobre esos dibujos los dos hermanos habían llegado al acuerdo de que Fran comprara un par de
marcos para la colección de su hermano, saldando de paso un favor anterior. El menor de los
hermanos había cedido gustoso, pero atribuirle el mérito del asunto era excesivo.

 ―Juan, tú has buscado el cuadro, has decidido donde ponerlo, has buscado la forma de que
 resaltara... Yo sólo he puesto 20 euros en un marco que, por cierto, también has escogido tú 
―comentó Fran.
 ―Pero tú has ayudado a tu hermano.
 ―¡Me cago en la leche, Juan! Yo no he hecho nada.


Aquí nuestro protagonista se dio cuenta de que, paradójicamente, quien estaba perdiendo la
paciencia era él cuando había ido a intentar picar a su hermano. Cambió de táctica:

―Pues la verdad es que Bilal no me gusta mucho. Preferiría un Marvel.
 ―Pues es verdad. Voy a buscar algo de Thor y pagas tú.

Fran se mesó las barbas pensando que estaba perdiendo facultades. ¿Sería posible que su hermano
ya no se tomara tan enserio el cómic? Habría en el futuro que buscar otras formas de hacerlo rabiar.



domingo, 5 de febrero de 2023

La batalla de la lavadora

 


—¡¿Pero qué haces?!

¡¿Cómo se te ocurre

volver a lavar?! —dijo

Carolina hecha una furia.


Fran, sorprendido por

la fuera de la reacción de

Carolina se quedó un rato absorto. Luego procedió a explicarle lo que creía obvio:

—Todos los días se cambia uno de ropa.
—¡Se cambia de camisa y calzones, no hecha a lavar pantalones y jerseys! Todo lo que hay siempre
en el cajón de lavar es tuyo.

 Fran se quedó un minuto en blanco digiriendo aquella información. Había llevado aquellos 
pantalones y jerseys más tiempo del que quería. Pero Carolina le acusaba de hacerlo cada día. 
Aún más sorprendido se quedó cuando intervino Juan Gordal:

 —Fran, lo que haces con la lavadora es una locura. Encima echarás a lavar también las sábanas y
 el pijama.
 —¡Coño! Lo hago cada cuatro días!
 —Hijoyonoséquehacesperoesosiemprelotienesocupadonohaymaneradequeyoechealavarlomíotú
dimequiéncambialassábanascadacuatrodíastodoloquehacesesgastaraguaycoparnoslalavadoraaver
sitequitaslamanía...—se sumó Doña Marta Palacios.
 —Fran, te lo decimos todos, será por algo —concluyó Carolina.

Ante esta avalancha Fran tuvo que desistir de su idea. Pero se preguntaba cómo era posible que
su familia le afeara el preocuparse de su ropa. Más aún acusándole de lo que no había hecho,
cambiarse de jersey cada día. ¿Tendré que llevar un registro?, se preguntaba.

 

Niños y compras

 


Nuestro protagonista se apartó para dejar sitio a aquel padre de familia que empujaba
un cochecito de los de niños gemelos. El padre se lo agradeció y cuando pasó, Fran se
dio cuenta de que sólo uno de los dos puestos del mismo llevaba un bebé. El que debería
ocupar su hermano estaba lleno de productos, seguramente de la compra. Se quedó absorto
un rato pero continuó su camino. ¿Sería siempre así, o ese hombre había hecho eso por
necesidad de hacer la compra? Y si era así, ¿qué había pasado con el otro hermano? Todo
esto pensaba Fran cuando de un establecimiento de 24 horas vio salir a una mujer cargad
con cuatro bolsas. Pensó si podría llegar sola a su casa con esa carga encima. Necesitará
tener dos gemelos para hacer la compra, pensaba nuestro personaje. Posteriormente vio a
otra mujer más joven con un niño de corta edad que le pedía insistentemente que le dejara
llevar una de sus bolsas. La madre se negaba diciéndole que no podría con ella. Cuando
Fran llegó a casa comenzó a descargar y ordenar la ropa que había comprado. La extrajo
de la mochila y con cuidado procedió a guardarla en sus cajones. Mientras les buscaba
sitio el resto de la familia llegó y se puso a hacerle los comentarios típicos en
aquella situación.

—¿No te han dado una bolsa? —le preguntó Juan Gordal
—Tú me has enseñado, Juan, que debe uno llevar siempre una mochila para estos menesteres. Dos
 pantalones y una camisa cabían allí.
 —Sí, es verdad. Aunque se te puede arrugar es mejor eso que llevar una bolsa.
 —Sobre todo si uno no tiene críos.
 —¿Qué quieres decir con eso? 
 —Créeme, he visto que son muy útiles para llevar la compra. Deberías tener uno.
 —Cállate, no te oiga mamá.

 Entonces llegó Doña Marta Palacios temblorosa y jadeante con un carro de la compra lleno.

 —Ayhijoquépesadezestoperobuenoaquítengocarnepatatasverduracongeladospandetergentepapeles
devariostiposestodomuypesadoperonoiréalacompraenvariosdíasahorahayqueguardarlotodoenla
nevera...
 —¿Ves? Dale un nieto a mamá.
 —Nunca entiendo de qué me hablas, Fran —sentenció Juan. 


miércoles, 25 de enero de 2023

Dos mulas y una mujer

 

 

―Aquí Clint Eastwood volvía
 al western ya consagrado
 como tipo duro, como 
siempre le vimos 
―dijo Juan Gordal viendo 
Dos mulas y una mujer.
 ―Es como rehacer los 
spaghetti western pero 
con más fama y dinero 
―comentó nuestro 
protagonista.
 ―Salvo por Shiley Mc Laine,
 que ya sabes que Sergio Leone decía que no ponía mujeres porque no sabía dirigirlas.
 ―PuesquíesnecesariaporquedonClintyellalevantansolosestapéliculaesmuyagradabledeveryo
siempreladisfrutomuchomásquelasdeSergioLeoneytienemuchassorpresasporunavezestoydeacuerdo
convosotros ―intervino Doña Marta Palacios que también la estaba viendo.
 ―Pues no hay nada más que hablar, mamá. 

Dos mulas y una mujer era una nueva aventura en el western de la estrella que tomó el relevo en
el género a John Wayne. En 1970, después de consolidarse en la acción con títulos como La
jungla humana o El desafío de las águilas Clint Eastwood volvía de la mano de su nuevo director
fetiche a rodar sobre el salvaje oeste. En la película es un ex soldado norteamericano que decide
trabajar a sueldo de los juaristas durante el levantamiento contra el emperador Maximiliano.
Casualmente encuentra y rescata a una monja cuando unos forajidos iban a abusar de ella y
probablemente a robarla. Desde entonces la citada monja y el pistolero se unen y emprenden un
viaje para proveer y organizar un núcleo de partisanos juaristas, durante el cuál van congeniando
y aprendiendo el uno del otro hasta llegar a un sorprendente giro final.

 ―En realidad es un paisaje de oeste, dos estrellas y nuevamente la banda sonora de Morricone 
―comentó nuestro protagonista
 ―También los encuentros que tienen y las situaciones por las que pasan son muy entretenidos, 
como cuando la monja cambia su mula por ese burro enano ―dijo Juan.
 ―Sí, y Clint Eastwood responde con una de sus frases geniales: “aunque ese buen hombre haya
 hecho ese trueque, no lo encontrará usted en el cielo”.
 ―EsqueaquíhablannocomoenlasotrasquehabíaunmontóndeescenassinniunapalabrayDonClint
siempreesuntíoestupendoylodelamonjaquealfinaldaesegiroaunqueseveíavenircontantaacciónylas
dosvecesquesalavaaClint...
 ―Sí, mamá. Hay que verla. En su género de lo mejor. 

Ficha de la película, aquí.

Cruzar la calle

 

 ―¡A veeeeeeeer! ¡Pasooooo ! ¡Apártense! ―decía aquel individuo a voz en grito.

Juan y Fran Gordal se pararon a mirar de dónde venían esas voces. En la concurrida calle, detrás de
ellos, destacaba un tipejo en proceso de quedarse calvo vestido con una camiseta imperio y unos
pantalones grises. No parecía forzar la marcha, ni tener especial prisa, pero iba gritando a voz en
grito. La gente se apartaba a su paso, provocando tapones y retrasos entre el resto de los peatones.
También los dos hermanos se apartaron. Una vez aquel sujeto pasó empezaron a comentarlo:

 

―Te sorprende y le dejas
pasar, pero a un tipo que
 no tiene razón para 
correr ni parece que
 tenga
 prisa no sé tendríamos
 que dejarlo ―dijo Juan.
 ―El tío ni apresura el
 paso ni agradece ni 
nada. Mira a dónde
 ha llegado en un
 momento ―comentó Fran.
 Aún se le veía al fondo en medio del pasillo que le iba dejando la gente. Continuó así hasta perderse
 de vista, pero incluso entonces se le oía gritar a lo lejos.

 ―La verdad es que ha avanzado muy rápido ―observó nuestro protagonista.
 ―Pero no se puede molestar así a toda la acera. 
 ―Ya, pero cuando oyes a alguien así no piensas. Te sale de dentro dejarle pasar.
 ―Imagínate que todos hiciéramos lo mismo. ¡Cómo sería entonces atravesar una de estas calles!
 ―Pues tampoco así es muy cómodo.

Juan observó lo lejos que aún quedaba la esquina donde ambos hermanos doblarían y observó
cómo costaba avanzar por ahí.

 ―Al final ser educado va a ser una desventaja ―concluyó.
 ―Más mérito tenemos los que lo somos ―sentenció Fran.