domingo, 13 de julio de 2025

Las palomas de la guerra

 


Tras unas cuantas horas de múltiples tareas de todo tipo nuestro protagonista se tomaba un
refrigerio en un banco de aquella plaza. Una bandada de palomas buscaba restos de migas de
pan o algún otro resto alimenticio que debía quedar en el suelo. De pronto una de ellas se
dirigió a picotear en un punto de la explanada y otra hizo un gesto de hostilidad hacia ella. Se
pusieron la una frente a la otra en actitud amenazante, sacudiendo la cabeza y erizando las
plumas. A Fran le sorprendió que aquellos animales pudieran adoptar pose amenazadora, pero
así fue. Y entonces se enzarzaron en un duelo a picotazos moviendo las alas, la cola, girando
sobre sí mismas, etc. Mientras todo esto ocurría otra paloma picoteó donde iban a hacerlo las
dos primera y estas se echaron sobre ella. Se enzarzaron en un tremendo duelo a picotazos,
aleteos, empujones... Fran se quedó muy impresionado porque las palomas eran el animal
que los humanos habían escogido desde hace mucho tiempo como símbolo de la paz. Un
matrimonio de mediana edad que cruzaba la plaza comentó:

 —Las ratas del aire. Se pelean como ellas. Para que te peguen luego un picotazo.
 —Y se les ve a simple vista que han estado en sitios poco recomendables. Parece mentira 
que haya quien les de comida y demás.
 —Una plaga es lo que son.

Nuestro protagonista se quedó pensativo viendo la idea que mucha gente tenía de aquellas
aves y se preguntó cómo era posible que se hubieran relacionado con la providencia divina,
la paz, los buenas noticias y en general sucesos muy positivos. Desde luego aquellas tres que
había observado nuestro protagonista no parecían las palomas de la paz. Se preguntó Fran
qué harían aquellas que había visto de encontrar una rama de olivo.

 —Momentos inexplicables de la humanidad —se dijo nuestro protagonista. 



El pan azul

 

 

—Joder, es que creo
 que ni los peces 
del Retiro se 
comerían esto
—dijo nuestro 
protagonista 
al tirar aquel pan completamente cubierto de moho a la basura.
 —Probablemente el tupper donde lo metiste tenía humedad—observó Carolina—. En todo 
caso no sé para qué lo guardabas.
 —Para pan rallado, torrijas... El pan duro tiene usos.
 —Pues mira cómo se ha echado a perder.
 —Bueno, igual podríamos servirlo y llamarlo «pan azul».


Carolina pareció no entender. Se quedó un momento pensando y al cabo de un rato cayó
en la cuenta. Su hermano se refería al proceso que se seguía con los quesos llamados azules.

 —No funciona, Fran.
 —Bueno, eso debieron pensar los monjes medievales y ya ves.
 —¿Pero qué estás diciendo?

 Fran se dispuso a contar una leyenda que había oído sobre el origen de este tipo de quesos. 

 —Verás Cárol, en la edad media había un monasterio de monjes explotado por un señor feudal
 que les exigía tributos abusivos de lo que preparaban en él, entre otras cosas quesos. Un día un 
monje tuvo, según se dice, una idea para deshacerse a la vez del señor y de una remesa de quesos
 que se habían enmohecido y echado a perder. Se le ocurrió darle esos quesos al señor, pero, 
para su desgracia, al señor le encantó ese queso y empezó a pedir tributos de aquella variedad. 
Entonces, tú vas a probar este pan y vamos a ver si te gusta.
 —Fran, el moho del queso azul es uno específico. Este es indigesto.
 —¿Me vas a decir que tienes una mente más cerrada que los monjes medievales?
 —Bueno, en todo caso podemos probar a cultivar setas en ese tupper. 


miércoles, 2 de julio de 2025

El libro de los insectos humanos

 


—Buf, cualquiera se
 lee eso con ese título
 dando tan mal rollo
 y lo que era capaz 
Tezuka cuando le
 daba por ahí—dijo
 Juan viendo a su
 hermano con El
 libro de los insectos
 humanos en las manos.
—Es muy curioso, es una
 muestra de todo lo que era capaz Tezuka cuando le dejaban y no le imponían desde las editoriales:
 dobles, sentidos, dualidad, una trama muy poco corriente...—contestó nuestro protagonista
—He oído a algunos decir que la protagonista se ha querido tomar como icono feminista.
—Bueno, vamos a ver, eso es uno de los puntos de la dualidad de esta historia. Lo que cuenta
 es que un periodista va a investigar y escribir sobre una escritora de éxito que además había 
destacado como diseñadora y en muchas otras profesiones. Va investigando y descubriendo que 
ha sufrido daños y desprecio a lo largo de su vida, lo que ha hecho que en cierto modo se tome
 la justicia por su mano plagiando a otra gente con talento y ocupando su lugar. Tezuka usa la 
metáfora de los insectos que se transforman para sobrevivir. Cada vez que se hace pasar por
 otra persona Toshiko Tomura, que así se llama, lo destroza, lo vampiriza y le quita todo. Y
 a ratos se la ve cruel y despiadada. Entonces el mérito de Tezuka es que logra equilibrar todo
 de manera que la puedas ver como una justiciera a favor de las mujeres o como una psicópata.
—Como conozco a Tezuka me imagino que usará su dibujo expresionista y exagerado para
 transmitir todo eso que tú hablas.
—Sí, y luego está la trama de casi todos los personajes que la rodean, desde pobres desgraciados
 a capos mafiosos, pasando por un montón de infelices. Y además el blanco y negro de Tezuka
 le va muy bien.
—¿Dirías que está entre las grandes obras de Tezuka? Porque eso es también otro tema de
 controversia.
—Para mí sí, pero yo te digo que si esta es una obra menor de Tezuka sólo habla de la dimensión
 del autor. Hay que leerla.
—Bueno, pues lo haré si hay algún momento para ello. 


Ficha del cómic, aquí.

Moverse en ola de calor

 


Fran acabó los ejercicios de cada día y corrió al grifo. Se bebió cuatro vasos de agua del tirón
y aún sentía un gran sofoco cuando se metió bajo la ducha. El agua fría sobre su cuerpo lo
calmó mucho, pero después aún tuvo que sentarse diez minutos antes de poder ponerse a
hacer nada. La primera ola de calor del verano había llegado y hacer la tabla de gimnasia
habitual era muy duro con treinta y pico grados a la sombra. Pero sí, lo había hecho, había
cumplido su plan de ejercicios diario incluso en las peores circunstancias. Por la tarde llegó
Carolina de su trabajo y también llegó agobiada:

 —Buf, no puedo ni sentarme a comer. Voy a sentarme un rato antes.
 —Pues cuando yo estaba haciendo pesas y flexiones ha sido terrible. Hacer ejercicios hoy 
es una heroicidad.
 —Pues luego tendré que hacer yo los míos.
 —Joder, pues ten cuidado.
 —Hay quien los hace bajo todo el solazo. En casa no es igual.
 —Bueno, yo lo que te aconsejo es que te tomes dos vasos de agua antes de empezar, que no
 te revientes y que si lo necesitas pares.
 —No será para tanto.

Por la tarde se puso Carolina a hacer su tabla y Fran lo observaba con una mezcla de angustia
y de alivio por no ser el que estaba allí. Su hermana pudo con todo, pero era muy evidente
que a cada rato tenía que pararse y nuestro protagonista le aconsejaba:

 —Bebe agua.
 —¡Bueno!¿No tienes nada... ¡arrg!.. que hacer? ¿O... ¡buf! ...que leer? ¿O que... ¡arf! ver?
—Me preocupo por mi hermana. Para ya no te vaya a dar un soponcio. —¡Voy a acabar como lo has hecho tú! —De acuerdo, pero no te olvides de hidratarte.
 —Te voy a... ¡Grgfn! a...¡garf!
—Si no tienes resuello, cara camello.



miércoles, 25 de junio de 2025

Contentando a Greta

 


Aquel día nuestro protagonista bajó al supermercado a hacer unjas compras y se acordó de
llevar una bolsa de plástico de su casa para no gastar más. No en vano había oído una vez
más reportajes sobre esas islas de basura que se estaban acumulando en ciertos puntos del
océano de su planeta. Aunque tenía la percepción de que la gente de la calle no era la
responsable última de aquel problema, estaba decidido a hacer su parte y aportar su granito
de arena para solucionarlo. Al pagar su compra se dio cuenta de que quizás había cogido
demasiados productos para una sola bolsa, pero logró juntarlo y llegar a su casa. De camino
a ella notó cómo en su mano las asas de la bolsa se le clavaban. Al principio pensó que era
algo normal, pero poco después vio que la bolsa estaba agujereándose y la tensión resultante
era lo que le estaba apretando en la mano. Llegando a casa pasó la típica situación en que
te encuentras a un vecino en una puerta y no sabes quién debe ceder el paso a quién. Fran
dejó salir a aquel vecino y entonces la bolsa cedió de ese asa y desparramó por todo el suelo
su contenido. El vecino se dispuso a ayudarle.

―No es necesario, puedo yo―dijo nuestro protagonista.
―No tenga apuro, no es ninguna molestia―respondió su vecino.

Avergonzado y con los restos de su bolsa nuestro protagonista entró en e vestíbulo de su
portal y la otra asa también cedió. Esta vez tuvo que recoger sólo toda su compra, y llevar
la bolsa cogida por debajo sin asas. Antes de llegar al ascensor se agujereó por uno de su
s lados y volvió a desparramarse todo. Ahora Fran prácticamente no tenía bolsa, sino
simplemente unas cuantas tiras informes de plástico, por lo que creyó que lo mejor era
coger en la mano lo que pudiera y llevarlo. Le costó cuatro viajes meter toda su compra
en casa. Y luego ordenarlo. Cuando acabó una alarma en su móvil le hizo mirar la pantalla
del mismo donde de un modo muy oportuno había un banner de Greta Thumberg, una famosa
activista medioambiental de su cabeza.

―Estarás contenta, Greta ―dijo para sí nuestro protagonista―. Literalmente uso las bolsas
 hasta que revientan. 


Lo que Juan no sabía

 


―No, pero yo lo
 que quería 
decir...―intentaba 
explicarse Juan
 Gordal a 
aquel hombre.
―...Y ahora 
además hay
 una serie muy
 buena de Netflix
 que ha tenido 
mucho éxito. Es de una  invasión de seres de otra dimensión en Buenos Aires y es
 una de las cumbres del cómic hispanoamericano...
 ―Sí, si ya lo sé, pero es que...
 ―Además al guionista lo hizo desaparecer la dictadura de Videla.

Fran observaba aquella conversación aguantándose la risa. Obviamente su hermano conocía
desde hacía mucho tiempo el cómic de El Eternauta, pero lo que le había llamado la atención
era aquella edición en gran tamaño y con otra disposición. Pero aquel dependiente había
visto que era la ocasión de soltar su gran perorata sobre la obra de Héctor Herman Oesterheld.
Cuando salieron de la tienda por fin Fran pudo comentar:

 ―Es que quizás la pregunta «¿qué es esto?» no era la mejor.
 ―Pero resulta que no es la primera vez. Que cuando le pides a alguien consejo sobre algo 
tienden a decirte lo que ya sabes desde hace mucho tiempo. 
 ―Sí, pedir alguna película buena sobre aventuras y te recomiendan Indiana Jones, por ejemplo,
 como me ocurrió a mí el otro día.
 ―Y además quieren dársela de entendidos y se ponen a explicártela.
 ―Bueno, pero al final has visto otra edición que no conocías de El Eternauta, ¿no?
 ―Sí, eso es verdad.
 ―Mira, deberías saber que existe una cosa que son las ediciones en formato apaisado, original...
 ―¡Vete a la mierda! No hagas tú la misma que ese hombre.
 ―Si te ha dado la brasa él yo también tengo derecho.
 ―No es derecho, es que...
 ―Además hay ediciones con extras que...
 ―Bueno, ya está bien. 


Los 50 de Juan

 


—Pues la verdad
 es que estoy 
sorprendido 
porque no 
creía que 
fuera a llegar
 a los 50 años 
y
 de llegar no me
 imaginaba limpiando cocinas—dijo Juan Gordal al llegar a su cumpleaños.
 —Bueno, pues la verdad es que tienes trabajo, a la Coralia y estás bastante bien teniendo en
 cuenta tu edad, así que anímate. Todavía puedes escribir esos guiones de cómic y llegar 
lejos—le contestó nuestro protagonista.
 —Siempre tienes que ponerte a llorar y dar pena. Estás mejor de lo que has estado en muchas 
épocas de tu vida—añadió Carolina.
 —Yo esperaba tener varios libros publicados, ser una leyenda y fumar y beber como un cosaco.
 —Eso son estupideces que no sólo joden la salud sino que deprimen. Seguro que por eso has 
estado y sigues casi siempre estando de bajón sin ver nada positivo—habló Fran—. Además
 de que beber de vez en cuando, de modo asumible, sigues haciéndolo, aunque en mucha
 menos cantidad, y si quieres fumar ahora puedes hacerlo, ocasión más especial no la habrá.
 —Bueno, iremos esta tarde con Coralia a tomar algo. Y también puede venir Carolina con el 
 Rafael ese.
 —Ya ves, y yo, que soy el más joven, soy el que sigue sin comerse una rosca —dijo nuestro
 protagonista.
 —No sé yo si estaba mejor sin trabajo y sin pareja.
 —Bueno, pues entonces dejamos de salir esta tarde.
 —No, eso no. Lo que no admito es que ni una cosa ni la otra.
 —¡Qué susto! Creí que este era capaz de ni celebrarlo—dijo Carolina—. Con lo que tenía 
preparado...
 —¿Qué? Dímelo—inquirió Juan.
 —Lo verás esta tarde —respondió la hermana mayor de los gordal palacios.

Aquella tarde toda la familia se reunió en la cafetería del barrio. Tomaron varios cócteles,
como era el deseo de Fran. Y Carolina le dio un paquete grande con lo que sería su regalo
de cumpleaños.

 —¡Una edición especial del Eternauta!¡Muchas gracias, Carolina! —dijo Juan con la ilusión
 de un niño abriendo sus regalos de los reyes.

 Posteriormente recibió una edición de Ilion por parte de Coralia, un reloj de Blake y 
Mortimer de nuestro protagonista y embutidos por obra y gracia de Rafael. De pronto el ánimo 
de Juan había subido varios enteros.

 —Bueno, igual por vosotros sí que vale la pena cumplir años.
 —Muchas felicidades, Juan —sentenciaron al mismo tiempo Carolina y nuestro protagonista.