sábado, 7 de mayo de 2022

Una nueva técnica

 




—¿Qué es esto? —preguntó Carolina Gordal al ver aquellas dos amorfidades en la plancha de horno
—. ¿Has vuelto a intentar lo de las tortillas?
—Claro que sí, lo haré hasta que me salga.


Nuestro protagonista seguía empeñado en aprender aquella técnica culinaria necesaria, según él,
para avanzar en su trabajo. Le habían explicado una forma de dar las vueltas a las tortillas lanzándolas al aire, pero no le había salido por el momento. Como en el trabajo le era imposible practicar aquello había decidido hacerlo en casa. El resultado solían ser tortillas comestibles, pero de las cuales se perdía la mitad en aquel lance, y que además perdían la forma.


—Pero Fran, si no es necesario, si en el mismo trabajo te han dicho que basta con un plato y que no te metieras en líos.
—Y allí lo sigo haiendo así, pero en casa quiero practicar para aprender.
—¿Y como no te dejan tirar los huevos en donde curras vas a hacerlo aquí?
—A fin de cuentas llevo unos días gastándome el dinero en huevos para poder hacerlo. No os obligo a pagar a vosotros.


Al decir esto, Carolina cayó en la cuenta de por qué llevaban varios días sacando las bolsa de basura llenas de cáscara de huevos y cartones. Fran seguía incasable con su tarea.


—¿Hasta cuando vas a seguir con eso? ¿Qué ganas?
—Rapidez en mi trabajo si aprendo a hacerlo.
—Pero nos vas a ocupar la cocina y a dejar sin huevos.
—Tú cállate que bien contenta estás comiéndote las que salen mal.
—En eso tienes toda la razón.



Doña Marta un año más

 


—Ayhijosmenosmalqueostengoatodosjuntosestoy

muyciontentaconvosotrosynomecansodecumplir
añosavuestroladosoislomejorquemehapasadoyesperoseguirmuchosañosconvosotrosnuncadejáisde
sorprenderme... —decía Doña Marta Palacios el día de su cumpleaños.
—Nos alegra verte que de momento sigues con ánimo y energía, mamá —respondió nuestro protagonista.
—Síjijoperoestascomidasquehacéisvosotrostenéisquedejarmehacerlacomidaamigustoundíaque
hastameduelemáslaartrosisconestoqueponéisyelcasoesqueestábuenoperonuncasehahechoasíyoestoy
deseandoquemedejéisundíahacerla...
—Mamá, son lentejas con otro aliño —respondió Juan Gordal sobre su guiso de esta legumbre con verduras y carne fresca.
—Seguro que con esto no protesta tanto —añadió Carolina y dejó sobre la mesa sus huevos de chocolate de Pascua—. Como dijiste que querías más al final de la semana santa...
—Ayhijaquécosastienesdameunabrazonooscambiopornadayonopidomásquevosotrosparaestarfeliz
pormásquepasenlosañossigofelizporquevostrosmerodeáisseguroquetodosjuntosempezamosasubir
Frantieneporprimeravezenmuchotiempountrabajo...
—Con eso te he comprado estas petunias, mamá. Que no todo va a ser comida —dijo nuestro protagonista y le entregó estasplantas.
—Aymuchasgraciashijodameunabrazotengotodoloquemehacefaltayahoraseguroqueyaempezáisa
lograrcosasyJuanaescribirmuchoqueyatienepremiosaverelañoquevienconquémesorprendéisyaver
simeacompañáisalcine...


Oyendo esto, nuestro protagonista hizo una reflexión. Si le reconfortaba ese abrazo de su madre y que fuera feliz en sus cumpleaños, llevaba demasiado tiempo estancado. Ahora que él tenía al fin un trabajo, Carolina se había rehecho de sus últimos reveses que le habían obligado a volver y Juan volvía a escribir, el año que viene debían celebrar el cumpleaños de todos en mejores condiciones. Que así fuera. Este año podían todos decir que habían avanzado un paso.



domingo, 1 de mayo de 2022

Medio minuto

 


Al entrar en su casa tras aquellos recados, nuestro protagonista corrió a hacer la que desde

hacía tiempo era la primera tarea al llegar al hogar: lavarse las manos durante un
minuto. El lavado de manos fue una de las primeras imposiciones que se pusieron en
práctica en la pandemia. Antes incluso de confinar a lagente se les recomendaba
lavarse largamente las manos para destruir los virus que pudieran quedarse adheridos.
Nuestro protagonista desde entonces no se lavaba las manos más a menudo, pero sí que
estaba un minuto cada vez que lo hacía. Entonces Doña Marta Palacios le llamó:

 —Hijoquéestáshaciendodejaesounmomentoaversipuedesayudarmeconestocuantotiempollevassiya
estánrelajandolasmedidasyocreoquenoesnecesarioqueestéselminutoenteroaversiahorapuedes
ayudarmeaprepararestosboquerones...
 —Es necesario, mamá. Yo sigo un minuto.

Cuando acabó, nuestro protagonista echó una ojeada a lo que le decía su madre: en efecto
había para la cena un enorme montón de boquerones que ocuparía mucho tiempo para una
persona sola. Nuestro protagonista se arremangó y se puso junto a su progenitora a despachar
el pescado. En diez minutos el montón de pescado estaba listo para freír. Pero una vez más sus
manos necesitaban un lavado. Nuestro protagonista sentía cierta pereza ante la idea de volver a
frotar largo tiempo. Y tomó la decisión: a partir de ahora, salvo el lavado de manos al volver de
la calle, estaría medio minuto, no uno entero. Si todas las medidas se iban relajando, era absurdo
tomar más molestias en una de las tareas diarias más tediosas. Así lo hizo y llamó a su progenitora:

 —Cuando quieras puedes lavarte, mamá.
 —Ayhijomenosmalporquelosboqueronesestánmuybuenosperoquépesadezlimpiarlosycómotedejan
lasmanosyahoraunminutodefrotarylavarconlaperezaquedaaunquetúhasacabadomuyrápidoaversiyo
melavo...
 —Yo ya solo he estado medio minuto, mamá.
 —Ayhijoquécosastienesyotengomuchasganasperoamímedamiedoyosigounminutomiraquedespués
detodoloquehemosaguantadoseestropeatodoahorapornotomarlasmedidasaúnpodemossoportarloun
pocomás...

Fran comprendía las razones de la matriarca de la familia, pero en algún momento habría que
empezar a retomar el ritmo normal. Así, aquel día se convirtió en el de un paso más hacia su vida
habitual.


Misma estrategia hasta el final

 


Mientras miraba las noticias en el móvil en aquel convoy de metro que le llevaba a su
trabajo nuestro protagonista sintió cierto picor en la barbilla y se la rascó, sintiendo
aún la mascarilla que en aquel espacio, el transporte público, seguía siendo preceptivo.
Y entonces cayó en la cuenta de que a su alrededor todos los pasajeros de ese tren
suburbano llevaban la cara descubierta. Sin duda las ganas de superar la pandemia, junto
al último paso dado hacia la libertad, habían llevado a la gente a descuidar las últimas
y ya muy laxas medidas de prevención. Tampoco nadie parecía reparar ya en aquellos
detalles. Si durante la pandemia había gente que dedicaba todas sus energías a vigilar la
observancia de las normas por parte de sus ciudadanos, vigilando que no se adelantaran
un paso en las colas de los supermercados, que no salieran más de dos veces de su casa,
etc, ahora ya todos parecían ir a su aire. El caso es que nuestro protagonista era
ahora mismo el único que sentía que seguía cumpliendo las recomendaciones de las
autoridades. En realidad durante casi toda la pandemia había sentido ser el que mejor
guardaba esas normas. Mientras pensaba todo esto ocurrió un incidente propio de aquella
época: las tiras de su mascarilla se rompieron. Se la quitó e intentó arreglarla. Entonces
potro pasajero le habló por primera vez:

—No se complique usted, hombre, si ya no hace falta la mascarilla.
—Aquí en el metro sí. —¿Ah, sí?¿Pero no las habían quitado en interiores? —Pero hay excepciones.

El interlocutor de nuestro protagonista se retiró con un gesto pensativo y asombrado al mismo
tiempo. Fran se preguntó si ahora empezaría a decir a todo el pasaje del vagón que se pusieran
la mascarilla. Por fin consiguió hacer un nudo con las tiras de su protección. Al colocársela se
sintió estúpido siendo el único en aquel vagón que la llevaba. Pero así sería hasta el final:
cumpliría mejor que nadie las normas, y no daría la tabarra a los demás con ello.


domingo, 24 de abril de 2022

Barrio

 


—Me ha gustado mucho, es costumbrismo puro, cuenta de modo ameno pero muy ilustrativo cómo
era vivir en esa época —dijo nuestro protagonista acabando de leer Barrio de Carlos Giménez.
—No es tan cómica como el cine de Berlanga ni tan dura como Malos Tiempos o Paracuellos, pero aquí
vuelve a lucirse ¿verdad?—añadió Juan.

La serie de comics Barrio se había planteado muchas

veces como la continuación del Paracuellos al que

aludía Juan Gordal. Aquí Giménez, ya salido de su

etapa en los refugios de Auxilio social cuenta cómo era

incorporarse a la vida en la España de los 50, que

ha dejado atrás lo peor de la posguerra, pero donde el

autoritarismo del régimen sigue presente, y la

mayoría de los ciudadanos deben buscarse la vida en condiciones poco propicias. Giménez aparece

aquí como un adolescente que va realizando diversos trabajos, que va conociendo la vida exterior y

que de cuando en cuando se topa de bruces con la realidad del régimen.

 —El momento en el que se entera de por qué no se puede hablar en la calle de su padre es tremendo 
—dijo Juan.
 —Sí, y además tal y como lo pone Giménez, él ni sabía que su padre había sido un rojo.
 —Y los personajes que va conociendo, que son increíbles, desde algunos meramente anecdóticos, 
como el vejete que se cree que le han robado el traje en la pensión a los activistas a escondidas, a
 los que se ve cómo trataba el régimen.
 —La verdad es que viendo esta obra uno se da cuenta de que, con todo, algo ha avanzado el país.
 Me recuerda un poco al neorrealismo en el cine, porque tampoco es una comedia o una aventura tal 
como lo cuenta.
 —Es simplemente la historia de un chaval normal y cómo consigue que sea interesante y que prenda.
 —A lo que ayuda ese expresionismo tan característico del dibujo de Giménez.
 —Sí, sin duda Carlos Giménez es un patrimonio que el cómic y España deberían reivindicar.

Ficha del cómic, aquí.

sábado, 23 de abril de 2022

Síndrome de la cara vacía

 


El día el fin de la mascarilla en espacios cerrados llegó. Pero nuestro protagonista
observó que en su trabajo, en los transportes públicos, una gran mayoría de
establecimientos, etc, se seguía pidiendo a los usuarios y trabajadores que la usaran.
En la práctica, casi el único espacio interior donde se la podía quitar era el
descansillo de su casa.

—PuesyoniahñihijoquemedamiedoqueahoradicenquesivienennuevasvariedadesdeChinaynAsturias
parecequeestorepuntaymiraquenadietienemásganasqueyoperonomeatrevodespuésdetodoloqueha
pasadonomeimportaesperarunpocomás...—comenzó a decir Doña Marta Palacios.
—Aquí tienes lo que te iba a explicar, Fran —añadió Juan Gordal—. Mucha gente ahora,
aparte de que algunos sitios sigan exigiendo la mascarilla, se ha habituado y se siente
como débil sin ella. Lo llaman “El síndrome del rostro vacío”
—Ahora a cada gilipollez que se le ocurra a cualquier imbécil le ponen un nombre de
pseudopsicología —comentó Fran—. Pues yo casi siempre que puedo me la quito.

A decir verdad Fran observaba como mucha gente se había habituado a la prenda e incluso
en los espacios abiertos donde ya hacía tiempo que se permitía ir sin protección. En
contra de o que muchos creían no hubo un loco estallido de alegría , la gente había
aprendido a ser prudente.

—Por lo menos espewro que no sea porque algunos ahora se toman la mascarilla como un
 juego y quieren llevar mascarillas de colorines y similares.
 —Fran, que la gente no es tan estúpida —le dijo Carolina—. Mira esto.

 Y Fran observó  otra noticia sobre varios repuntes, comprobando que una vez más se
 imponía una realidad terca sobre las ganas de dar por finalizada la pandemia.

—Sí, parece que, efectivamente, aún no estamos libres del todo.

 

sábado, 16 de abril de 2022

Cuestión de prioridades

 


Según se acercaba el día en que dejarían de ser obligatorias en interiores las mascarillas que habían
acompañado a los habitantes del planeta donde vívía nuestro protagonista desde el inicio de la
pandemia que los afligía, nuestro héroe sentía un moderado alivio. Aunque parecía una buena noticia
dar el paso que parecía definitivo hacia la normalización de la situación, dos cosas le hacían mantener
una gran cautelas al respecto. La primera era que el fin de la obligatoriedad no significaba
necesariamente la normalidad de la vida diaria: cada empresa o comercio tendría la capacidad de
decidir si en sus dependencias mantenía el mandato de llevarlas o no.

 —Me estoy viendo trabajando aún con ella durante bastante tiempo —dijo nuestro protagonista en 
su casa.
 —Puesharánmuybiensitelatienesqueponerhijoyonopiensoquitármelaaunquemedenpermisoporquees
algoquemedaseguridadyamehehabituadoyademásmiracomoestánahoraenChinaquelesvieneotrobrote
yestánconfinandociudadesimportantes...
 Esta era la segunda razón para moderar el optimismo de nuestro protagonista: aún parecían venir 
nuevas oleadas del virus precisamente en el país donde todo había empezado. No se sabía si la
 supresión de medidas era una decisión inteligente.
 —Otra vez el puñetero día de la marmota este en el que llevamos ya dos años.
 —Buenohijoyasabesqueahorahayunaguerraqueocupatodosloslugaresenlateleynadiehablamásdela
mascarillanidelaincidenciaahoranosabemosloquepasaráconelvirusporqueelesfuerzobélicoestápor
encima...
—Qué guay, qué buenos somos como especie. Lo que nos devolverá a la normalidad no será el fin
 de la epidemia sino meternos en una guerra. ¡Ay, Señor!