—Pues sí, tengo que irmea que me vacunen —dijo
Juan Gordal a nuestro
protagonista.
—Pues llegó el día.Bueno, corre. A mí
todavía me toca esperar.
Ya me gustaría que me llamaran
aunque fuera de forma tan chapucera.Y es que ninguno de los familiares de nuestro protagonista que iban recibiendo la dosis de inmunidad
para la pandemia que sufría el planeta de nuestro protagonista, y que, poco a poco, iba siendo doblegada
había sido avisado con más de doce horas de antelación. Pero eso era lo de menos. Nuestro protagonista
veía a todo el mundo a su alrededor ya protegido y él aún expuesto. Y no sabía cuando y cómo le iban
a avisar para vacunarse.—Bueno, Fran, eso significa que aunque te acercas a otra edad crítica aún eres joven.
—Sí, lo miro de ese modo, pero se me hace raro ser el único que aún tiene que extremar las
protecciones, que embadurnarse de gel...
—No sé si te has fijado en que el gel está cada vez más barato. Y la moda pandemia también parece
declinar.
—Es una suerte vivir en esta parte del mundo, que ya ves en la tele cómo están las cosas. Pero yo
soy el único que aún puede tener un disgusto con este virus.
—Hombre, Carolina y yo aún no hemos recibido la segunda dosis. O sea que todavía estamos
expuestos y encima somos más viejos.
—Venga, anda, sal que ya se te hace tarde.Y mientras Juan se iba Fran leía una vez más los protocolos de inmunización, los tramos de edad,
las cifras que había dejado el virus... Seguía comiéndose la cabeza, en suma. Bueno, intentaba
consolarse. También soy el que parece más probable que pudiera superar esta enfermedad si la acaba
cogiendo.
jueves, 17 de junio de 2021
El último vulnerable.
El fútbol nos trae esperanza.
—Qué aspecto más curioso tiene la grada, ya con público pero vacía en su mayor parte. —Silovieramosantespensaríamosquehahabidoalgúnproblemaoqueelpartidotodavíanohaempezado peroahoraesunllenazobuenoanimaunpocoyasevaacabandoestoahoranosésillevanlosaficionados ademásdebufandasyloquesolíanllevarmascarillasycosasdepandemia... —Hay hasta aficionados que dicen que se compraron cosas de pandemia y que los seguirán
llevando, mamá. —Cuandoesténloscamposllenosseguiránllevándoloserámásnecesarioquenuncahabiendoesa concentraciónentiemposdepandemiaperosidicestúquesiguenllevándoloahorahabrámáscolorquenunca enelcampo... —Ya permiten aforo completo en países como Hungría, por ejemplo. Y si lo hacen se supone que
es porque esto se pasa, mamá. —Aysíaversisepasaqueestmoshartosyoestoydeseandoquitarmelamascarillacasimeahogoconellano puedomástengounasganasdequeacabeenormesesunasuerteverquesedanpasosparaestomegustaver genteenelcampo... —Sí, el año que viene iré a ver al Atleti.
sábado, 12 de junio de 2021
La impresora de los Picapiedra.
—Ayhijoaversimeimprimísesopor
quetenemosque
cibtestaralosde
esosrecibosy
luegotieneque
vermeel
médicolasrodillasyhayqueavisar
alotrositiodelosdel
reciboquellevamosyatresdíassinimprimiresoque
parecequenomehacéiscaso...—peroraba histérica Doña Marta Palacios.
—Mamá, ya sabes que necesitamos la tinta para la impresora —contestaba nuestro protagonista.
Conseguir ese cartucho estaba resultando mucho más difícil de lo que pensaba nuestro protagonista,
pero lo cierto es que habían recorrido todas las papelerías del barrio, preguntado en unos grandes
almacenes y buscado en una tienda de impresión recién abierta y no había encontrado cartuchos para
su impresora. Solo le quedaba dirigirse a un establecimiento de material de oficina que conocía en cierta
calle. Allí le dejaron de piedra con la respuesta que le dieron cuando preguntó por los cartuchos:
—No tenemos, estos ya casi no se usan, pero los podemos pedir.
—¡Pero bueno! ¿Tan antigua es mi impresora?
—Bueno, aquí tenemos material un poco más viejo, mire alrededor.Fran observó que en efecto aquella tienda vendía cajas registradoras del tipo de los años 90,
máquinas de escribir eléctricas, y cintas métricas. Parecía claro que aunque su impresora siguiera
dando buen resultado y siendo compatible con su actual material informático era un modelo que ya
no estaba en boga. Sorprendido, pero sin otra alternativa, respondió al dependiente:—Vale pídamelo.
—De acuerdo, deme su nombre para el pedido.De aquello habían pasado tres días y en el momento actual tocaba ir a recogerlo:
—Nomedigasquenoeramuchomejorqueahoraquehayquesacarlotododelinternetynoteatiendeny
miralosjaleosquesuponetenerlamenorcopiadenadaytodosloslíosquenostraemosyhastenidoqueiratantos
sitiosysigosincartuchos... —Eso es por tener material antiguo, no nuevo.—Puesseráperosiguessinpoderhacérmeloyestosiguesinhacerseymepidenmáscosasytengoquedarlo
yayenelmédicotambiénvoyatenerquellevarunacopiadeotracosaparaquemecitenynoestáimpreso cuandoantessehacíatodoconesashojasquecopiaban...—Bueno, mamá, hoy lo haremos. De todas maneras mi impresora igual es de los Picapiedra, pero
tú eres de cuando se hicieron los Picapiedra, hablando de ir y de impresos al carboncillo.
Dar salida al pescado
—Pues si a ti te parece bienvamos a comprar este pescado,
pargo —dijo Juan Gordal a nuestro
protagonista.
—Claro que me parece bien, hastaa mamá le gustó.
Este pez lo habían conocido los dos hermanos hace poco, era un pescado blanco muy bueno para
el horno. Parecía ser habitual en ciertas zonas del país que habitaba nuestro protagonista, pero
desde luego no en los mercados de la ciudad concreta de la ciudad concreta en que vivía. Era
semejante en forma a una dorada, pero de un color rojo más vivo y bastante más grande que ese
pescado criado en piscifactoría y mucho más habitual en los mercados cercanos a nuestro héroe. Fran
observó que había tres piezas de diferente tamaño.
—Yo creo que con el grande tenemos para comer los tres bien —dijo.
—Si os lleváis este otro más pequeño os cobro medio euro menos por kilo —propuso el pescadero.
—Va a ser mucho. ¿No, Juan?
—Deja, hombre. ¿Pero no eras tú el fan de los pescados al horno?
—Sí, claro. Bueno, que lo meta.
El dependiente comenzó a desescamar los dos pargos, y después de recortarlos un poco volvió a
dirigirse a Fran y Juan:
—¿No os queréis llevar también el último y os cobro un euro menos el kilo?
—Pero es que ya es bastante lo que llevamos.
—Déjalo, Fran, que nos lo llevamos,
—Bueno, venga, ya le daremos salida.
Así los dos hermanos se llevaron casi cuatro kilos de pescado a casa, y habían gastado más de lo que
esperaban.
—A ver ahora cómo lo comemos todo, van a ser tres días —dijo Fran Gordal
—Me ha sacado cuatro euros más —añadió Juan.
—Y ha vendido el stock. Encima decía que nos hacía un favor.
—Me da que voy a tener que hacerte más caso cuando hables de pescados.
—Bueno, pues ve pensando recetas de fumets, de horno, de salsas... Porque ahora habrá que darle salida.
—Como ha hecho el pescadero.
viernes, 4 de junio de 2021
El hombre que pudo reinar.
Ficha de la película, aquí.
Fue una vampiresa.
Fran notaba que algunas personas se le quedaban mirando. No comprendía bien qué le llamaba la atención. Lo primero que pensó es si llevaría la bragueta abierta, pero ya lo había comprobado varias veces y seguía igual. Tampoco tenía ningún roto en la camiseta ni mancha llamativa. Entonces ¿por qué se volvían las cabezas a su paso? Al pedir los periódicos en el kiosko la kioskera le dijo sonriendo:
⸺¿Pero te ha mordido un vampiro?
miércoles, 2 de junio de 2021
El baño se reveló.
Nuestro protagonista entró
en aquel baño. Abrió
la cremallera de los pantalones,y se dispuso a realizar lo quese haría en un lugar así. Cuando
estaba en medio de la tarala luz se fue. Mejor ni memuevo, pensaba Fran, creyendo
que estando ya apuntado hacia
el agujero podría mantener la posición buena, y de pronto volvió la luz
pero no como esperaba Fran: la puerta de aquella cabina se abrió y quedó expuesto a la
calle.No tuvo más remedio que parar para arreglarlo. Se dirigió hacia el botón de
apertura de la cabina, lo presionó varias veces con progresiva ira y desesperación. No
había acabado de cerrarlo del todo cuando de pronto observó cómo una especie de aspersor
soltaba el producto de limpieza, y ya no le quedó otra que abandonar el proceso. Salió a
mitad de la calle , donde veía que el cartel luminoso que indicaba el estado de aquellos
aseos decía: “En proceso de autolimpieza, espere, por favor”. Maldijo todos los adelantos
técnicos que él calificaba de peoras y los sistemas de limpieza inteligentes. Se preguntó
quién llevaría el estado de aquellos aseos y se dijo que tenía trabajo por delante. Dos
transeúntes que pasaban se le quedaron mirando pues tenía restos del producto de limpieza
por todas partes. Un producto espumoso que por supuesto olía mucho a desinfectante.—¿Qué te ha pasado? —preguntó uno de los transeúntes.
—Creo que absolutamente todo lo que te puede pasar en un aseo público en minuto y medio—respondió nuestro protagonista.
En una lapso de tiempo seguramente menor del que había pasado dentro de aquel aseo todo rastro
de su aventura desapareció, pero no pudo quitarse de la cabeza que la gente lo miraba por la calle,
que iba dando la nota.
—Pues poco tienen que ver si eso les llama la atención —le dijo Juan Gordal en casa cuando llegó.
—Puede ser, pero lo que me ha pasado lo intenta imitar un cómico de la tele y no le sale igual.












