miércoles, 14 de julio de 2021

Las mismas sandalias.

 


—Joder, tengo los pies en carne viva —dijo nuestro protagonista al vestirse de casa en aquel día de
verano
—Pero Fran, ¿cómo aguantas eso? Tira esas sandalias.
—No recordaba yo que rozaran tanto. Son las mismas del año pasado.
—Ayhijonomeasustesqueconlospiesyosiempreheteidomuchosproblemasnomedigasqueahoravastuy
losheredasquenohayformadeestarbienconesounavezqueaparecenlosproblemasyquemiraqueyohe
intentadotodoparasuperarlo...—intervino Doña Marta Palacios
—Mamá, son solo rozaduras, en unos días se me habrán pasado.

Nuestro protagonista se volvió a poner con su indumentaria de verano de pantalones cortos y
camisetas sus botas en vez del calzado ligero que solía llevar en esa época del año. Las sandalias
las dejó unos días aparte preguntándose si podría volver a ponérselas. Lo cierto es que esas mismas
sandalias las había llevado anteriormente veranos enteros sin el menor problema. La situación actual
era como mínimo desconcertante. Con las botas sentía los pies como cocidos, pero sin rozaduras.

 —¿Y otras sandalias no serían mejores para eso? —preguntó Juan.
 —Hasta que no se me sequen las rozaduras no lo sabré.

Pasaron dos días y el pie de nuestro protagonista había sanado del todo. Se olvido de volver a ponerse
las sandalias. Se había vuelto a acostumbrar a las botas, pero sentía cómo sus pies se envolvían todo el
día en el sudor, era como tenerlos en un barreño de agua caliente.

—Pero ya no quieres volver a ponerte las andalias, hermano. Píllate otras —insistió Juan.
—Es que no quiero gastarme dinero ahora en eso.
—Buenohijoperoyoaquítengounascremasyremedioscontraloscallosytepuedopedirhoraparami
podólogoqueseguroquetehaceunacuraconsalesyevitaráqueestovayaamayoresqueamímehadejado
lospiessiemprebien...—dijo Doña Marta.

Fran pensó en su madre y sus problemas, y ante la perspectiva de unos pies como los de su progenitora
se decidió:

—Sí, habrá que pillar otras sandalias.


El tomillar en casa.

 


—¡Pero mamá! —dijo Fran asombrado—. ¿Cómo traes otro bote de tomillo?
—Pueshijoesquevoyahacerunconejoynecesitaunas
hierbasnopodemosdejarloasíelconejosinuntoque
decamponovabienhetenidoquetremediarlosinoelconejonotienesaboryentonceshetenidoquebajar
rápidoatraer...
—Mamá, ayer Juan estuvo juntando todos los sobrecitos que teníamos y
llenó tres botes grandes. Has traído justo lo que no hacía fálta.
—Buenhijopuesesonopidepanahoraechoelrestoahíy
yairemossacandoparaelconejoelcorderoytodoslosasadosquepongamosyasítenemosparavariosdíasnovolveremos
airapormáshierbasqueyatenemosynosvaaservir...
—Tendrás que acordarte de no traer más.

Fran echó una ojeada a aquella estantería llena de botes de tomillo. También había muchas
otras especias, pero ninguna en la cantidad de la hierba citada. Pensaba nuestro
protagonista que tendría que estar una semana entera sin comer más que asados para dar salida
a todo aquel tomillar.

—Si por lo menos fueran semillas podríamos poner un huerto —comentó Juan.
—Nos va a salir uno aquí. Nos va a entrampar como siga acumulándose.
—Quenohayparatantohijosquedentrodeunaspocascomidastodoestosehaacabadofijaosquenoserátan
importantecuandoencuantosalgodeaquísemeolvidaademásmiradcuantoleheechadotieneunsabor
buenísimo...
—Solo te pido, mamá, que no traigas más.
—Hijoquecosastienesparecequenohicieramásauetraertomilloyosololotraigocuandomeocupodela
cocinaquecadavezesmásdetardeentardeysiempremelamontáisporunasoporotraspuesnovoyatraer
másenmeses...
—Eso espero, mamá, que nos sale por las orejas.

Sin embargo, una semana más tarde Doña Marta decidió preparar un estofado y antes de
prepararlo volvió a ir a la compra... ¡y a traer tomillo!

—Pero mamá, si te hemos dicho mil veces que no traigas tomillo, que hay a toneladas aquí
en la cocina —volvió a decir Fran
—Ayhijopuesyopensabaquenecesitabaalgoquedieragustoalestofadoymehetraídoestabolsitapara
aliñarelguisoporquesinonosabeanadanomegustaaunquetenemostomateguisantesajoymuchasotras
cosasperosinelaliño...
—Habrá que pedirle que traiga yo que sé, romero —pensó nuestro protagonista.
—Cuidado, que entonces nos pone una pradera de romero en casa —intervino Juan.
—Al menos cambiaremos de hierba.


lunes, 12 de julio de 2021

Un libro en desgracia.

 


—Mira, Fran. Por fin lo he encontrado. Y está barato, a 8 euros. Lo voy a pillar —dijo juan Gordal en
aquella librería vieja.
—Bueno, es tu dinero, pero...—contestó Fran, dudando al final.
—¿Pero qué?
—Que ya lo tienes aunque esté algo ajado.
—Me gusta mucho, Fran lo quiero bien.

 Ambos hermanos llevaban unos cuantos días hablando de Pórtico la novela de Frederick Pohl. Como se ha comentado, Juan llevaba unos días lamentándose del deterioro de su ejemplar, y pensaba reponerlo. Pero Fran no lo veía tan claro y salvo que fuera a cinco euros o menos no pretendía gastar en ello.

 El mayor de los hermanos adquirió el nuevo ejemplar y henchido de satisfacción volvía a casa contando a su hermano las excelencias de la novela, aún más después de que Fran le confesara no haberlo leído. La mezcla de ciencia ficción, aventuras, crítica... Fran atendía, pensando si lo leería o no, y en lo que él hubiera gastado en ese libro. Más adelante los dos hermanos encontraron otra tienda de libros usados. Fran encontró algo que prefirió callarse, pero su hermano lo vio:

—¡No me jodas que aquí lo tenían a 4 euros!
—Eso me temo Juan, aunque tu edición es seguramente mejor —respondió nuestro protagonista.
—Pero si es la misma. En fin, vamos a casa que me estoy cabreando.


Fran intentó calmar a su hermano dándole conversación, invitándole a una cerveza, alabando su edición. No hubo manera, pero Juan insistía en que no podía dejar de reponerlo. Llegaron a casa y poco después de cenar Juan se propuso leer su adquisición.


—Fran, ¿donde lo has dejado?
—¿Yo? ¡Pero si lo traías tú!
—Qué buscáispuedoayudarosaversilohevistodecirmequéeshabláisdeunlibronoporquehevistovarios
sobrelamesillaperoyohecogidounonosésiseríaelquequeríaisyoestoyleyendootronosécuálqueréisaversi
vaaserunopequeño...—intervino Doña Marta Palacios.
—Mamá, por favor, dime que no has tocado Pórtico —balbució casi Juan.
—Nohijoeseloteníastútiradoalapuertadetucuartoyyosiempreprocuronotocarnadatuiyoaunqueme
parecíaqueestabamuymalyhabíapensadoendarloenlabibliotecayonosésitúloqueríasonoperosinsaber
yonotoconada...
—Mamá, ese era el viejo. ¿Dónde está el que he traído?
—Mejor que no lo encuentres, Juan, que parece que ese libro está maldito.



sábado, 3 de julio de 2021

Deflación.

 


—Holahijosaquítraigo

geldemanoshetraído

muchoporqueestaba

enofertaaquítodavía

esnecesarioque
aunquetodos

estamosvacunados

menosFranseestáextendiendootravezelbichoasquerosoaversisevadeunavez...—dijo Doña Marta Palacios.
—Pero te has traído cuatro botes, no sé yo si usamos tanto —contestó nuestro protagonista.
—Yatehedichoqueestabaenofertaasíquemeheaprovisionadobienqueeranecesarionoquedabaperoes
quealatercerapartedeloquehallegadoaestarquemeacuerdoenlosmesesmásdurosdeestocuandonohabía
formadeconseguirmascarillasnigel...


 Lo que decía la matriarca de los Gordal Palacios encajaba en lo que nuestro protagonista llevaba
 varios días viendo en diversos programas y diarios: los producto pandémicos, tipo mascarillas, gel,
 guantes de látex, etc estaban bajando de precio. La pandemia que había sufrido  el planeta donde 
vivía nuestro protagonista llevaba un tiempo yendo a menos, seguramente por efecto de las vacunas,
 y consecuentemente la enorme producción de estos enseres, que se había disparado durante la plaga 
no tenía ya la misma facilidad de salida. Eso determinaba su abaratamiento.

 —Bueno, estará bien tener de más, pero a ver si ya no tenemos ni que gastar todo el gel que has traído,
 que esto parece que va bien.
 —PuesnoséquédecirtehijoqueestamañanahablabandelaIndiaydeunpicoquehayenBarcelonaeneReino
Unidoestorepuntanoséyosinonosalegramosdemasiadoprontoaunquenadiequierequitarselamascarilla
másqueyo...

Esto también se oía en el planeta de nuestro protagonista en los últimos meses: aunque de momento
la situación estaba controlada, nuevas variedades de aquel virus y el relajamiento de la gente en las
medidas de protección amenazaban aún con dar un disgusto.

—Pues entonces lo dicho, mejor tener remanente a mano. Ojalá no haya que usarlo.





Peores que los críos.

 


Era imposible no ver a aquel personaje. Con media melena rubia teñida, una camisa 
de flores y un bronceado tan llamativo que era muy poco probable que fuera natural, ese individuo parecía un luchador de Pressing Catch. Tras tirar una lata en una papelera, aquel espécimen, al cual se le notaba por su aspecto un nada despreciable poder adquisitivo empezó a pedir algo a las personas que pasaban a su lado. Cuando Fran llegó a su altura comprendió lo que buscaba:

—No tendrás una mascarilla, ¿verdad? —dijo el sujeto con un acento pijo muy evidente.

Tras negarle nuestro protagonista aquel complemento se lo pidió a dos personas más, hasta que un chico de unos 20 años le dijo de malas maneras que era él quien debía cuidarse de no salir en tiempos de pandemia con el rostro descubierto. El chaval fue quizás un poco rudo en su forma de decírselo, pero Fran compartía la idea y sospechaba que las otras cinco personas que había en aquella acera también. Otro transeúnte le dijo que había justo unos metros más adelante una farmacia, que ahí podía comprarla si se le había roto o estropeado la que llevaba. El pijo aquel, de un nivel de posibles bastante evidente, sin embargo, no parecía dispuesto a gastarlo en aquel adminículo indispensable. Antes prefirió mendigarla por la calle hasta que sorprendentemente, una niña de unos diez años sacó de su mochila un paquete de mascarillas y le proporcionó una.

—Gracias, chiqui. Eres superguay la única que ha querido servirme —dijo el individuo aquel dando otra vez una exhibición de dejes de adinerado estúpido. 


Y con su corta edad más responsable que tú, pensó nuestro protagonista, que sentía un enorme deseo

de emprenderla con aquel individuo, de cogerlo de una oreja, y obligarle a pagar la mascarilla a la

pequeña, y al doble del precio de fábrica. Desde el principio de la pandemia la capa más alta de la

sociedad donde vivía nuestro protagonista, vergonzosamente estúpida y lamentablemente rica, había
demostrado un desprecio por toda norma de contención o higiene preocupante. Además, muchos
tenían la sensación de que por ser quienes eran, las autoridades no se sentían capaces de meterlos
en cintura. Ahora una niña pequeña debía pagar por la estupidez del Pocholo aquel. Pero la verdad es
que aunque Fran pensaba aquello, solo el veinteañero que había visto antes había respondido al ser
aquel. ¿Era nuestro protagonista, él mismo, permisivo con aquel tipo de gente? ¿Se estaba haciendo
mayor? En cualquier caso era agradble a tenor de lo visto que parecía que las generaciones más
jóvenes que él eran responsables como la pequeña que le cedió una mascarilla, y parecían dispuestos
a defender lo suyo, como el veinteañero. A ver si ellos son capaces de meter en cintura a estos
indeseables, pensó.


sábado, 26 de junio de 2021

Nosotros llegamos primero.

 

 

—Joder, Juan, qué bueno esto
 que recomendaste, es un descojono.
 —Si es que este tío, el Furillo es la 
leche. Está pegando el subidón ahora. 

Nosotros llegamos primero era una
fantasía entre cómica y diesel punk del
dibujante zaragozano Ignacio Murillo,
conocido como el Furillo, un nuevo
talento en la historieta local del país
que habitaba nuestro protagonista
que se había hecho famoso sobre
todo con sus historietas de humor
costumbrista exagerado, pero que

aquí protagonizaba un curioso

cambio de tercio: en la época en
que una oscura y rancia dictadura

dominaba dicho país, el gobierno tenía un plan secreto para adelantarse en la carrera espacial a

las dos superpotencias del momento. Se proponían llevar a un español a la luna, con la colaboración

de diversos científicos refugiados, sufriendo surrealistas espionajes de ambas superpotencias,etc.

El final era un giro de guion francamente
inesperado.

 —Es que lo curioso es que es una ucronía y exagerada, pero parece hasta verosímil —comentaba
 nuestro protagonista.
 —El traje espacial diseñado para remitir a la cultura española es increíble —comentaba Juan Gordal.
 —Y el dibujo de Furillo, que parecía muy exagerado siempre, aquí en los momentos de humor
 mantiene su histrionismo, pero es capaz de retratar otros ambientes cuando conviene.
 —Luego están todos los personajes que se inventa, la historia que está bien ligada, giros de
 guion constantes...
 —El final parece una vuelta del Furillo a la astracanada en la que se siente cómodo.
 —Pero cómo se adapta el personaje .
 —Bueno, es un cómic que hay que leer. Y el Furillo un dibujante para seguir con interés.
 —Y es que el humor no es un género menor, parece mentira que a estas alturas haya que repetirlo.


Ficha del cómic, aquí.

Obligación y precaución.

 


Llegó el ansiado día. Aquel sábado, por fin, en el país de nuestro protagonista permitían

relajar las necesarias medidas ante la pandemia que había sido el tema principal de todo
el planeta donde residía Fran. En concreto, las famosas mascarillas que cubrían parte
del rostro de los habitantes de dicho mundo desde hacía casi un año dejaban aquel día
de ser obligatorias en exteriores si se podían mantener ciertas condiciones de distancia
y seguridad. Pero nuestro protagonista, junto a Carolina Gordal que venía de visita
aquel sábado observó algo en la calle:

 ―En general parece que la gente no se atreve a quitársela ―comentó Carolina Gordal.
 ―Es que no es tan sencillo. Por ejemplo tú me decías que has venido en el tren y que tenías que llevarla. 
 ―Sí, claro, que no es que no sea obligatoria, es que se relaja un poco su uso.
 ―Solo hemos visto a un matrimonio que fuera sin ella.
 ―La gente en general no se fía, que basta que se pasen un poco para que esto repunte, aunque 
ya muchos estén vacunados.

 En efecto, en los últimos días se hablaba de una nueva variante del virus llegada de un lejano y
 muy poblado país de ese mundo que se expandía rápidamente, aunque aseguraban los facultativos
 que la vacuna también era eficaz contra el mismo.

 ―La suerte es que mamá ya está vacunada, que con ella bien estoy más tranquila ―dijo Carolina.
 ―Pues verás cuando lleguemos a casa, que te cuente ella su experiencia.

 Nuestro protagonista abrió y la matriarca de los Gordal Palacios se abalanzó sobre su hija:

 ―Holaminiñapasaquetengomuchoquedecirtequítatetidoydesinfectateyaveoquetútampocotehas
quitadolamascarillaquemiraqueyoconlasganasquetengomeladejopuestaporqueestamañanaalentrar
entodoasparteshabíaquevolveraponérsela...
 ―Bueno, Carol  que te explique ella, que los que aún no estamos en edad provecta tenemos que seguir
 desinfectándonos y extremando la precaución.