miércoles, 6 de agosto de 2025

Un trabajo de una semana

 


Sí, por fin lo había conseguido nuestro protagonista. Aquel trozo era el último
vestigio de la tarta de San Marcos casera que Coralia había llevado al domicilio
de los Gordal Palacios por el cumpleaños de nuestro protagonista. Cuando la vieron
todo el mundo quedó muy gratamente sorprendido por lo bien hecha que estaba, y
también, algo menos, por su tamaño. No por pequeña, sino por todo lo contrario,
esa cantidad de pastel era a todas luces demasiada para los tres hermanos.

 —Tendréis para varios días —comentó Coralia.
 —Yo al menos. No sé si mis hermanos colaborarán —respondió Fran—. Muchas gracias, 
cuñada.

Al comenzar la semana, lunes, Fran se sirvió un bien pedazo para desayunar. Entraba
todavía muy bien aunque, sólo de pensar en ese pedazo y lo que quedaba, nuestro
protagonista ya se veía abrumado.

 —Deja algo para los demás, que te estás poniendo bolita —le dijo Juan.
 —Coged cuando queráis —respondió Fran.
 —Ya cogeremos.

 Pero dos días más tarde, parecía que salvo los desayunos de Fran nadie tocaba allí.
Encima cada vez que Juan o Carolina le veían coger tarta le soltaban lindezas del estilo de:

 —Te das todos los caprichos —le gritó Carolina—yo no la he probado desde el día en que 
la abrimos.
 —Coño, pues aún queda una porción. No lo digáis y cogedla.


Pero llegando ya al viernes, nuestro protagonista observó que ninguno de sus hermanos
había consumido ese remanente de la tarta y se decidió a comérsela él. Ocurrió lo
previsible, y la tarta ya había perdido la frescura de cuando llegó. Pero aún seguía buenísima.

 —Bueno, pues ya se acabó. Agradécesela a Coralia de mi parte, Juan —sentenció nuestro
 protagonista.
 —Ya se lo agradecí, si estaba muy buena. Pero podías habernos gardado algo —respondió su hermano.
 —Y hasta ya reseca te la has comido tú. Eres un gumias y así te vas a poner de cebón —intervino
 Carolina.
 —Yo a veces dudo de si me tomáis el pelo o de verdad me echáis broncas por lo que me las echáis
—sentenció nuestro protagonista—. La próxima vez que Coralia me haga una de tamaño
 individual y todos contentos. 

Guerra química al entrenamiento

 


Aquella tarde llegó nuestro protagonista a su barrio dispuesto a hacer los ejercicios
después de su trabajo. Hacía falta fuerza de voluntad para ello, porque tras ocho
horas de trabajo lo que menos apetecía era ponerse a hacer pesas y abdominales.
Pero estaba decido, iba a ponerse a ello, que desde que había conseguido su nuevo
trabajo no quedaba otra hora para sus entrenamientos. Con esta idea en mente se
dirigió a su casa pero... Al subir en dirección al portal se encontró la calle
cortada por los bomberos y la policía municipal. Algo debía haberse quemado en
un inmueble cercano porque olía de forma muy desagradable a algún producto químico
quemado. Los bomberos estaban entrando y la policía aconsejaba a la genta dejar
libre esa acera y subir por la otra. ¿Un cortocircuito? pensaba nuestro
protagonista. Subió las escaleras y Carolina Gordal le recibió:

 —¿Has visto el incendio o lo que sea que hay ahí abajo? Y cómo se nota el olor a quemado. Yo 
me iba a ir porque no puede ser bueno estar respirando esto.
 

Fran se quedó dubitativo antes de contestar, pero decidió que nada le apartaría aquel día de su
entrenamiento físico.

 —Yo me quedo en casa, Cárol —dijo nuestro protagonista—. He decidido que hoy hago mis 
ejercicios y los hago,
 —Bueno, está bien. Si acabas ya sabes, me llamas y quedamos en algún sitio—contestó Carolina.
 —Vale, a ver cuándo y cómo acabo —sentenció nuestro protagonista.

Mientras se vestía de ropa deportiva notaba aquel olor tan desagradable y se decía que en
efecto, no debía ser bueno soportarlo. Pero se decidió a comenzar sus flexiones y... No,
definitivamente no se podía. Respirar entrecortado soportando aquel ambiente era un modo
lento y molesto de ahogarse. Era preciso rendirse a la evidencia, no se podía entrenar en
esas condiciones. Nuestro protagonista llamó al móvil de Carolina y se juntaron ambos
en Atocha.

 —Al final parece que alguien no quiere que retomes los ejercicios—comentó entre risas Carolina.
 —Sí —contestó nuestro protagonista—, y ese alguien recurre a la guerra química. Pero estoy
decidido a seguir y si no es hoy será mañana. 




domingo, 27 de julio de 2025

Fantasmas de Marte (John Carpenter 2001)

 

 

—Otra vez una cosa
muy sencilla y 
cómo le saca 
provecho John 
Carpenter—comentó 
Juan
 Godal a nuestro 
protagonista.
 —Y logra muy
 bien construir
un mundo propio
 con muy poco, un 
sólo escenario, dos grupos y una historia típica de peligro exterior y asedio.


La película de la que hablaban era Fantasmas de Marte, un relato de ciencia-ficción y terror
ambientado en el año 2176 en un marte terraformado al 84%. En una colonia minera de este
mundo un grupo de policías deben custodiar a la banda de un peligroso criminal, pero cuando
llegan encuentran el lugar arrasado por una extraña catástrofe. Posteriormente empiezan
a sufrir el ataque de los mineros muertos que han sido poseídos por los fantasmas de una
antigua civilización marciana. La película narra la aventura del grupo humano formado
por policías y delincuentes que ahora deben unirse para resistir el ataque de los fantasmas
y encontrar una forma de escapar y establecer contacto con las autoridades.

 —Ese matriarcado que domina el planeta es una idea curiosa—dijo Juan
 —Y los personajes, sobre todo el criminal Desolación Williams. Podrían haberse sacado más
 episodios y aventuras de ese mundo—respondió Fran.
 —Era el rapero Ice Cube, debió preferir centrarse en otras cosas y quizás por ello lo dejaron en
 vez de buscar a otro. 
 —Y el final es muy abierto, creo que esa era la idea pero por lo que fuera no resultó.
 —No es muy conocida. Yo creo que mereció mejor suerte.
 —Quizás un argumento muy trillado y que la vieron como una más.
 —También John Carpenter repite su esquema característico, de un grupo en un entorno limitado 
y un peligro desconocido que acecha.
 —Es casi una actualización de La Cosa.
 —Bueno, desde luego yo la recomendaría a todo el mundo.

Ficha de la película, aquí.

Un quinceañero muy particular

 


Aquel día Fran, Carolina y los tíos Paco y María Cristina acudieron al Retiro
y en concreto a los Jardines de Cecilio Rodríguez y observaron un espectáculo
curioso. Al parecer era la época del celo de los pavos reales y en el centro de
aquella explanada se amontonaban hasta cinco machos de esa especie extendiendo
la cola y haciendo la rueda.

 —Una hembra para cinco machos y 
pasa de todos—dijo Fran.
 —Seguro que a ti te recuerda algo, ¿eh sobrino?—preguntó el tío Paco.
 —Aparte de todo hacen como un movimiento tembloroso y suena como una especie 
de cascabel—añadió Carolina.

Aún observaba nuestro protagonista el comportamiento que describía su hermana
cuando la tía Marian Cristina encontró algo curioso: un pavo visiblemente más joven
que todos los que le rodeaban intentando extender una cola que aún no le había crecido
del todo.

 —Ese pobre quiere competir y no tiene ni la cuarta parte de herramientas—dijo la tía.
 —Este es como el crío que daba ternurita—observó Carolina.
 —Pues a base de esa lástima es el que al final se las lleva de calle—sentenció el tío Paco
 —Eso en el mundo humano sería pederastia—refirió nuestro protagonista.
 —Pero son animales, no me seas como los veganos esos que separan los gallos de las 
gallinas para que no las violen—repuso Carolina
 —En todo caso, un documentalista medianamente hábil sacaría un episodio curioso de todo 
esto—propuso nuestro personaje.
 —Bueno, parece que el pobre quinceañero no da más de sí y se retira —dijo la tía María Cristina.
 —Eso es al revés que en el mundo humano, sería el que cerraría el local —sentenció el tío Paco.
 —Y en su casa se la machacaría—concluyó Fran. 


jueves, 17 de julio de 2025

Cumpleaños 2025

 

 

—¡Joder!—dijo
 nuestro 
protagonista—. 
Parece mentira 
los años que
 voy cumpliendo.
 —Bueno, no te 
quejes, que sigues
 siendo el más joven aquí —le contestó Carolina.
 —Y además también esta edad tiene sus ventajas. Tienes dinero, puedes tomar 
decisiones...—respondió Juan.

Aquel año, como siempre, los Gordal Palacios estaban reunidos para celebrar tan
importante ocasión. Fran hacía balance de lo que había conseguido a su edad.

 —El Marcelo tiene una niña y una casa, Julián está en México... Bueno, yo trabajo y tengo
 casa, pero sigo sin cumplir mis ilusiones.
 —Bueno, pero sigues aquí para perseguirlas —dijo Carolina—. Además vas a recibir todos
 los regalos que querías.
 —Y por lo menos ahora, con una fuente de ingresos, puedes comer y tener una base para
 intentar desarrollar tus fantasías.

En ese momento llamaron a la puerta. Juan abrió con mucha alegría. Era Coralia, que
traía un regalo muy especial a nuestro protagonista:

 —¡Pero si es una tarta tres leches! —dijo este.
 —Era lo que querías y yo no fallo—respondió ésta.
 —¡Joder, Juan, ya puedes cuidar a esta mujer!
 —Y tú conseguirte una.
 —Vale, tarea pendiente para antes del próximo cumpleaños. Pero bueno, ya veo que unos 
han llegado, otros se han ido... Pero los cumpleaños se siguen celebrando.
 —Para eso están y peor si no se celebran, Fran —sentencio Carolina.


Molestia del verano

 

 

—¡Joder las moscas!
—dijo nuestro 
protagonista mientras
 volvía a espantar a
 otra de un 
manotazo—. Hemos 
mirado bien que no 
hubiera nada raro aquí ¿verdad? 
 —No, no había nada. Yo creo que es simplemente que es verano.


Los dos hermanos habían salido al parque a leer aquel día tan bueno en esa extensión de
hierba. Desde que llegaron, por alguna razón, un enjambre de moscas los merodeaba. Fran
casi no había podido pasar una página sin que esos insectos lo molestaran.

 —Me gustaría tener un rabo de vaca para espantarlas —dijo Juan.
 —No parece muy efectivo. Las vacas siempre están rodeadas de moscas. Claro que no
 paran de cagar y revolcarse.
 —Pero por lo menos ellas están allí comiendo hierbas y a su bola sin inmutarse por nada.
 —Yo creo que tienen tantas que ya ni les prestan atención.

En aquel momento Fran observó cómo aquellos insectos se acercaban a una lata de
coca-cola abandonada en el parque.

 —Les debe atraer el azúcar —comentó nuestro protagonista.
 —Pues a ver si nos dejan en paz y se van allí.
 —Podríamos también comprarles una coca-cola en los chinos de enfrente y a ver si así 
nos dejan en paz.
 —Bueno, ya se morirán al acabar el verano.
 —O buscarán refugio en casa.
 —Pero entonces podremos echarles insecticida. 



El cómic incunable

 


Juan Gordal parecía un niño abriendo sus regalos el día de los reyes. Por su
cumpleaños se había comprado con dinero de la Tía María Cristina un ejemplar
de Los ojos del gato, el tebeo fantástico de edición limitada que Jodorowsky
y Moebius habían imaginado tras algunos reveses.

 —Tengo entendido que hacen un juego muy particular 
con  las viñetas y usan tácticas
 narrativas insólitas ¿no?—preguntó Fran.
 —Cógelo si quieres y léelo, que se lee en dos minutos.
 Pero por favor, mucho cuidado,
 ni lo dobles, ni te sientes sobre él...—dijo Juan.
 —Sí, ya sé que es difícil de encontrar, pero tendré 
cuidado—respondió nuestro 
personaje y se encaminó a la estantería a coger el cómic.

Juan pegó un grito estridente cuando Fran comenzó a sacar el tomo de la estantería.
Nuestro héroe casi se cayó al suelo del susto.

 —¡¡¿Qué pasa?!!—preguntó Fran.
 —Que estás forcejeando para sacarlo—respondió Juan—. ¡Quita! Ya lo saco yo.

Cuando Fran tuvo el tomo en sus manos se echó en el sillón y Juan volvió a poner el
grito en el cielo.

 —¡¿Qué?! —preguntó nuestro protagonista.
 —No puedes leerlo ahí porque se te va a doblar. Siéntate a la mesa.

Nuestro héroe se sentó a la mesa comenzando a lamentar el haberse interesado por ese
tebeo. Pero obedeció. Y al pasar la primera página Juan volvió a gritar.

 —¿Pero qué coño haces? ¿Quieres romper las páginas?
 —No —replicó Fran—. Mejor voy a ver si consigo un incunable del siglo XV, que será más 
fácil de leer.