—Pues ya está. No sé si ha quedado
bien del todo, pero desde luego
tengo mi cuarto mucho
mejor —dijo orgulloso Juan Gordal. —La verdad es que hacía falta. Aunque
no las tengo todas conmigo de que
una pared con
esas irregularidades esté bien —respondió
nuestro protagonista —No empieces tú a putear, ¿eh?Lo cierto es que Francisco Gordal sintió un leve remordimiento. Aprovechando aquellos díasde vacaciones, su hermano se había lanzado a hacer por su cuenta y riesgo una labor muynecesaria, repintando su habitación cuyas paredes estaban en un estado lamentable. Ademáshabía movido y trasladado muebles y otros enseres ordenando mucho mejor su habitación. Nose merecía bromas absurdas nique le pasaran por la cara lo que quizás no le había salido tan bienen su empeño.
—Bueno, esta noche podrás dormir mejor de lo que lo has hecho en prácticamente toda tu vida adulta. —Claro que sí. Mañana me ayudarás a meter dentro de mi habitación este armario, ¿verdad? —Y habrá que sacar los pedazos del otro, que estaba tan mal que se ha deshecho. —LosmueblesenMadridhayquesacarlosdeterminadosdíasesperaosaquevenganquesinoponenmulta meheinformadodeellohayquedejarlosenlosdepósitosdevidirioypapeldemodoquepuedanrecogerlos nosédondelospodemostenerhastaentonces... —intervino Doña Marta Palacios.
Nuestros protagonistas vieron aquel pasillo lleno de enormes fragmentos de madera y restos de
la pintura y yeso que habían utilizado, y se dieron cuenta de que su pequeña obra estaba lejos de
concluir.
—A ver si cada vez que arreglamos un cuarto hay que llenar todo de mierda —dijo nuestro protagonista.—¡Coño, pues aguantad un poco que yo lo he tenido durante años en mi cuarto! —gritó Juan. —En eso tienes razón. A ver si nos acordamos de sacarlo.
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